Ya no se lo encuentra tan seguido. De ser la insignia más importante de
tantas generaciones, de pasar a ser la divisa más atractiva del mercado, de
estar como un emblema tatuada en tantos cuerpos, ya no se la encuentra tan
seguido. Tal vez, sea solo un síntoma de cómo hemos naturalizado la violencia,
de cómo nos resulta más fácil ver una película de guerra que una que hable del amor,
de aceptar –sin que nada nos conmueva- la vigencia de un mundo sin paz.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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