Cuando siento que ya no me queda lugar en tierra firme, salgo a remar.
Es como huir de esa multitud de almas que se han puesto de acuerdo para llegar todas juntas y ocupar cada centímetro de esta bendita ciudad.
Y a los deseos de que se sientan bien, a las ganas de atenderlos, se le suman esos sentimientos contradictorios de quien se siente extraño en su lugar.
Y es ahí, cuando aparecen esas ganas de recuperar soledad, esa nostalgia por ese tiempo que ya fue y que irremediablemente no volverá.
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