Ansiedad de mí, siento, dijo la chica que atiende la panadería mientras envolvía las medialunas. De no poder encontrarme. De terminar con mi existencia desparramada en la cama como si fuera una frazada que no cubre a nadie ya con su calor. Son veinte pesos, dice y se queda esperando que busque en mi bolsillo la plata para pagarle.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña