No te preocupes, dijo, ella suele andar así, como distraída de
esta vida. Uno puede ir dando clarinadas como tero y ella hará como nada. Hubo
un tiempo en el que tuve la ligera sospecha de que algún problema la acuciaba o
que –tal vez- acarreaba alguna sordera o miopía de niña que le impedía darse
cuenta de mi estruendoso pasar. Pero no, nada de eso parece ser. Dijo esto y se
quedó pensativo, refregándose el mentón con la mano, con la mirada un poco
triste de quien arrastra una nostalgia de esas que ya pintan a melancolía.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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