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Respirar

—Respirar, de eso se trata la vida — dijo eufórico como si estuviera anunciando la buena nueva—. La gente se ha olvidado de lo básico, está tan ocupada en llenarse los bolsillos, la panza y los hogares de cosas que no tienen sentido, que ha dejado de lado, algo tan simple, como es el hecho de respirar. Respiro y luego existo —insistió dándole a sus dichos un tono filosófico. Yo, mientras inhalo por la nariz y exhalo por la boca, dejo que el viento ventile mi perruna existencia.  

Obstinada

Repetía, todo el tiempo, que nada la haría cambiar de idea.  —Yo soy así, nací así y voy a morir así —decía cada vez que alguien la cuestionaba por lo arriesgado de sus pensamientos—. Yo —agregaba—, no necesito cambiar, soy feliz así.  Y uno se quedaba en silencio, mirando por la ventana, para evitar una discusión sin sentido. El día de su sepelio, nadie quiso hablar para despedirla. Algunos por respeto a sus convicciones. Otros por comodidad, para no tener que esforzarse en pensar algo que valiera la pena decirse. Y otros, tal vez los más, por temor. Déjenla irse así, me dijo un amigo, en silencio, no vaya a ser cosa que, al decir algo, vayamos a perturbar eso que, como un aura, aún anda dando vueltas entre nosotros.

Cambiar

La mujer que me vendió los cerezos fue tajante al asegurar que, de nada servía plantar una docena de ellos si no me llevaba uno que haga de polenizador, uno que cumpliera la función de proveer flores para facilitar la polenización de los otros y con ello la abundancia de frutos.  Pero no espere de él otra cosa, me dijo, este árbol sólo dará flores.  Una década más tarde, las mejores cerezas me las da él.  ¿Habrá cambiado con el pasar del tiempo? Vaya uno a saber.  ¿Cambiará uno también con el pasar de los años?

Pequeñas historias en el inmenso sur

Tierra manuscrita, tierra escrita en Lexicon 80, en Word: la desmesura de la Patagonia es inabarcable. El hombre común tiene límites que no puede traspasar. Los ojos del hombre común, del cronista, del narrador, no tienen anchura suficiente para aprehender la inmensidad;  Pigafetta atrapó gigantes pero no pudo describir la tierra más allá de la costa. Hudson y Darwin regresaron a su isla pequeña-pequeña para lidiar hasta la muerte con la nostalgia por la extensión. Por más que escribieron no pudieron conjurar la extraña sed que los acechó hasta el fin de sus días.  El hombre escribe, teje letras, pero la tierra siempre se resistirá a ser narrada. No se ha dejado ensillar nunca, desde 1520. Sin embargo, un hombre insiste en su porfía. Tiene un paraíso en su interior; tiene aves, arena, caballos, arreos. El único remedio (el mismo) es escribir, tirar de ese hilo azul unido al carretel ensartado en un poste del pasado. Al cabo de un tiempo el hombre se da cuenta de q...

Calle

A veces, la calle, no dice nada, es solo cemento abandonado. Y algunas veces, cuando te veo pasar, parece querer decirlo todo.

Antología suicida

Esta antología de cuentos es apenas una muestra breve del trabajo realizado durante ocho meses en el grupo “Los suicidas” del primer año de la Escuela de Escritura Online de Casa de Letras. A partir de consignas de escritura, los integrantes del grupo fueron elaborando ejercicios narrativos que, en algunos casos, terminaron siendo cuentos de buena factura. Estos ocho relatos son una muestra de eso. Para leer entrá en  Antología suicida !!!

La literatura en Calafate

La literatura en Calafate