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Ingenuos

No sabemos qué fue lo que pensaron los habitantes originarios de nuestro territorio cuando vieron aproximarse a la costa del actual Puerto San Julián a las naves comandadas por Magallanes. Todo hace pensar que desconocían por completo ese tipo de embarcaciones. Que nunca antes habían visto algo parecido. Es –imagino- como si hoy viéramos descender una nave desde el cielo con una forma extraña a nuestro conocimiento ¿Sentiríamos temor, desconfianza, curiosidad? ¿Nos dejaríamos encantar por su presencia a punto de no ofrecer resistencia? No existe registro alguno que dé cuenta de cómo se sintieron los primeros habitantes de este suelo frente a esos hombres barbudos que viajaban en esas naves flotantes. Si sabemos que a ellos los vieron grandes e ingenuos. Tal vez haya sido es la razón por lo que ya no quedan casi huellas de esa raza.

Insulsa

Ya limpié mi invernáculo. Desmalecé lo que había quedado de la temporada anterior. Ordené un poco mi patio quitando las hojas muertas. Ya empecé a tirar algunas semillas de flores con la esperanza de sumar en el verano alguna especie más a las que ya tengo aclimatadas. Me queda empezar a preparar los almácigos. Pero no he tenido tiempo para ello. En eso estoy atrasado. Todos los años digo lo mismo: apenas termine el invierno, apenas ese manto blanco que cubre de frío mi patio desaparezca y el sol me entregue una par de horas de luz en el día, voy a sembrar. Pero siempre pasa algo y pierdo estos días. O mejor dicho ocupo estos días en otras cosas que surgen inesperadas. A veces pienso que, si no fuera por lo inesperado, qué insulsa sería ésta vida.

Las huellas del frio

Se nos fue otro invierno. Por momentos parecía esos caminos interminables en los que uno se cree perdido. Pero no, por suerte el mundo sigue girando, y la primavera ya comienza de a poco a sentirse. Aunque debo reconocer que cada vez se me hace más duro transitar los sombríos días de agosto esperando a que las jornadas de sol se alarguen, a que las temperaturas bajo cero dejen de escarchar nuestro estado de ánimo.  Me salvan las lecturas.  Y el sentarme a escribir.  Y el pensar que, en medio de tanta penumbra, tal vez se esté engendrando un nuevo libro. 

Sólo lo sentí

Hoy volví a presentir la guerra muy cerca de mí.  El vuelo rasante de un ave de guerra pasó por mi cielo. Sentí el estruendo, seco y explosivo.  Mi nieto, sentado en la mesa tomando su sopa de letras, levantó la vista.  Hoy sentí la muerte muy cerca de mí.  La imagen del chico sirio que dio vuelta al mundo volvió a mi cabeza.  Hoy sentí el miedo muy cerca de mí. Era mediodía y no lo esperaba. Tampoco las aves que anidan en la bahía sabían de él.  El recuerdo de Malvinas me nubló la vista: los chicos muriendo de frio en las islas.  La estúpida guerra sobrevoló  de nuevo por mi techo.  No fue un simulacro, el Mirage de la Fuerza Aérea vino a despedirse.  No traía consigo la amenaza cierta de descargar su furia. Vino a despedirse, a  decir que se iba., y a recordarnos que por estos lados, muy cerca de aquí, hubo una guerra.  Trajo a mi memoria un sueño muy loco en el que mi nieto, con su uniforme verde, golpeaba mi puerta y decía...

Transcurrir

Afuera cae nieve arrastrada por el viento.  El día es soleado y, aun así, está nevando.  Hace frío, pero no alcanza para que se forme la alfombra blanca que nos recuerde que todavía estamos en invierno.  Mis álamos supuran brotes ocres que nada dicen de ese follaje verde que pronto llegará. Como nada dice, este opaco día, que la primavera está, por ahí, pronta a llegar. 

Derrotada

-Terminé derrotada -dice y deja caer su humanidad en el diván que, por la manera en que amortigua su llegada, parece que supiera que es el depositario de eso, que no es un despojo, pero tampoco hace pensar en algo íntegro.  -No puede ser tan mentirosa -agrega mientras termina de acomodarse con las manos sosteniéndole la nuca- no soporto más esa manera de engañosa de mostrar ese fraude que es su persona. A esta altura ya debería darse cuenta de que nadie compra ese personaje de mosquita muerta que fabrica cada vez que aparece. Ni siquiera como astucia de supervivencia se la podemos dejar pasar. No se merece la indulgencia de los débiles. No soporto tener que lidiar todo el tiempo con sus desvaríos.  Dice todo esto y se queda pensando en silencio.  Él no sabe qué hacer. Sí decirle que cambie de peluquería o dejar que todo siga así.

Libre

Dice que en el establecimiento hay que respetar el uniforme. Que, si no lo hace, no se le va a permitir el ingreso. Que no está dispuesto a tolerar este tipo de situaciones que promueven el desorden y que fomentan la desobediencia entre el alumnado. Lo dice y no lo mira a la cara. Mira el escritorio en el que tiene desplegado un sinnúmero de carpetas. El alumno si lo mira. Lo hace de manera desinteresada. Lo mira y piensa en cómo será verse uniforme. En dejar que su singularidad se diluya y se vuelva uno más en eso que asemeja a una tropa. El rector sigue con su perorata. Dice que si no cumple con las normas puede quedar libre. El alumno, mientras tanto, sigue pensando. Está en otro lado pero vuelve. Le gustó esa opción que le ofrece el sistema. O trae uniforme o queda libre. No duda. Agradece haber nacido en un país en el que se puede optar, entre ser uniforme, o quedar libre.