Se multiplican los témpanos. La calma es absoluta. Se multiplican también las aves en la bahía. El clima es de fiesta. Incluso la presencia de algún carancho no desentona, le imponen un ritmo distinto al paisaje. Los teros, con su alboroto, los alejan de sus incipientes nidos. El invierno parece haber quedado definitivamente atrás. Vivo en una ciudad, frente a un lago, por el que –como naves de hielo milenario- transitan hasta confundirse con él, desprendimientos glaciarios.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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