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Despacio

Despacio. Así era su andar. Daba la impresión de que media cada paso que daba. Muchas veces llegué a pensar que andaba como si no fuera a ningún lado. Como si en ese andar no hubiera un destino.  -Buen día, -amigo, decía al pasar y no esperaba a que yo le respondiera.  –Buen día, respondía yo  Nunca supe si alcanzaba a escucharme, porque, así como veía su silueta aparecer en la distancia y pensaba que a ese ritmo nunca llegaría hasta mí, también sucedía que, cuando menos lo imaginaba, él ya había cruzado, me había saludado y había seguido su derrotero hacia ningún lado. Me hubiera gustado saber de dónde venía., cómo se llamaba, hacía dónde iba.  Hace ya una semana que no lo veo venir.  Me quedo esperando hasta tarde, pero no aparece.   

Sobreviviente.

Me sentía un sobreviviente. Uno de los tantos o de los tan pocos que habían atravesado ese oscuro tiempo en el que, como un aliento inquisidor, reinó sobre nuestras cabezas la permanente amenaza de ser excluidos del sistema. Me sentía también, de alguna manera, un privilegiado. No integrar esa inmensa mayoría de resignados que habían alimentado esa absurda idea de que fuera de ello no había existencia y seguir vivo, me entusiasmaba. Un entusiasmo estúpido, si se quiere. Porque es cierto también que, así como en algún tiempo todo reino tiene su hegemonía, también sucede que, ineludiblemente, toda hegemonía es arrasada por el tiempo. Y es el tiempo el que manda. El que excluye. Me sentía un sobreviviente. En un tiempo en el que no había lugar para los que osaran sentirse así.

Despierto

Era aún muy temprano. No estaba teniendo un buen sueño. Desperté sobresaltado. Hice el intento de seguir durmiendo, pero no lo logré. O tal vez sí. No lo tengo claro. La sensación de que había soñado mi despertar me quedó latiendo en la conciencia. Me esforcé para salir de ese estado en el que el cuerpo parecía alejado de mí. Abrí los ojos. Sentí el cuerpo pesado, como si no hubiera descansado. Me quedé un rato entre las sábanas, hasta que decidí levantarme. Afuera el sol estaba pleno. Reinaba una calma absoluta. Miré el reloj de pared. Faltaban unos quince minutos para las seis de la mañana. Muy temprano. Pensé en volver a la cama, a intentar dormir un poco más. Fue ahí que me acordé del sueño. En cómo, cuando el avión se sacudía en medio de la tormenta, me caía porque no llevaba el cinturón puesto. En lo que me costaba levantarme y volver a mi butaca. En cómo el avión iba descendiendo en picada directo a impactar en la pista. Padre nuestro, alcanzaba a rezar, antes de q...

Ingenuos

No sabemos qué fue lo que pensaron los habitantes originarios de nuestro territorio cuando vieron aproximarse a la costa del actual Puerto San Julián a las naves comandadas por Magallanes. Todo hace pensar que desconocían por completo ese tipo de embarcaciones. Que nunca antes habían visto algo parecido. Es –imagino- como si hoy viéramos descender una nave desde el cielo con una forma extraña a nuestro conocimiento ¿Sentiríamos temor, desconfianza, curiosidad? ¿Nos dejaríamos encantar por su presencia a punto de no ofrecer resistencia? No existe registro alguno que dé cuenta de cómo se sintieron los primeros habitantes de este suelo frente a esos hombres barbudos que viajaban en esas naves flotantes. Si sabemos que a ellos los vieron grandes e ingenuos. Tal vez haya sido es la razón por lo que ya no quedan casi huellas de esa raza.

Insulsa

Ya limpié mi invernáculo. Desmalecé lo que había quedado de la temporada anterior. Ordené un poco mi patio quitando las hojas muertas. Ya empecé a tirar algunas semillas de flores con la esperanza de sumar en el verano alguna especie más a las que ya tengo aclimatadas. Me queda empezar a preparar los almácigos. Pero no he tenido tiempo para ello. En eso estoy atrasado. Todos los años digo lo mismo: apenas termine el invierno, apenas ese manto blanco que cubre de frío mi patio desaparezca y el sol me entregue una par de horas de luz en el día, voy a sembrar. Pero siempre pasa algo y pierdo estos días. O mejor dicho ocupo estos días en otras cosas que surgen inesperadas. A veces pienso que, si no fuera por lo inesperado, qué insulsa sería ésta vida.

Las huellas del frio

Se nos fue otro invierno. Por momentos parecía esos caminos interminables en los que uno se cree perdido. Pero no, por suerte el mundo sigue girando, y la primavera ya comienza de a poco a sentirse. Aunque debo reconocer que cada vez se me hace más duro transitar los sombríos días de agosto esperando a que las jornadas de sol se alarguen, a que las temperaturas bajo cero dejen de escarchar nuestro estado de ánimo.  Me salvan las lecturas.  Y el sentarme a escribir.  Y el pensar que, en medio de tanta penumbra, tal vez se esté engendrando un nuevo libro. 

Sólo lo sentí

Hoy volví a presentir la guerra muy cerca de mí.  El vuelo rasante de un ave de guerra pasó por mi cielo. Sentí el estruendo, seco y explosivo.  Mi nieto, sentado en la mesa tomando su sopa de letras, levantó la vista.  Hoy sentí la muerte muy cerca de mí.  La imagen del chico sirio que dio vuelta al mundo volvió a mi cabeza.  Hoy sentí el miedo muy cerca de mí. Era mediodía y no lo esperaba. Tampoco las aves que anidan en la bahía sabían de él.  El recuerdo de Malvinas me nubló la vista: los chicos muriendo de frio en las islas.  La estúpida guerra sobrevoló  de nuevo por mi techo.  No fue un simulacro, el Mirage de la Fuerza Aérea vino a despedirse.  No traía consigo la amenaza cierta de descargar su furia. Vino a despedirse, a  decir que se iba., y a recordarnos que por estos lados, muy cerca de aquí, hubo una guerra.  Trajo a mi memoria un sueño muy loco en el que mi nieto, con su uniforme verde, golpeaba mi puerta y decía...