Cuando pongas tus pies sobre la tierra, recién ahí, tus cosas van a empezar a funcionar, me dice mientras hace girar la cucharita en la taza de café como si lo estuviera endulzando. Pienso en decirle que puede que tenga razón, pero que aquí, en medio de esta mole de cemento, tengo pocas probabilidades de encontrar un espacio en el que decidirme a aterrizar mí existencia.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña