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Mostrando las entradas de 2016

Refugio

Los que carecen de imaginación, se refugian en la realidad..., dice y se queda contemplativo esperando mi reacción. 

En la vía

Y el tren nunca pasó...

Cocido

Hundió el cuchillo sin odio, sin desprecio. Incluso, me animo a decir, con cierto placer. La sangre brotó densa, pesada, como si antes de salir ya estuviera coagulada. El verla así le provocó repugnancia, asco. Por un instante creyó que las náuseas lo iban a desbordar. Pero pudo contenerse.  -¡Mozo! -grito desde la mesa, concentrando la atención de todos los comensales- le dije bien clarito que al bife de chorizo lo quería cocido.

Presente

Desperté en un barco encallado en el que  oscuras ilusiones  correteaban fantasmales jugando con el alma  de un destino  muerto Entre oxidadas  esperanzas cansado de remar  viento de marea baja me sentí heredero de un pasado glorioso que nunca existió

Pronostico

Dicen que pronto nevará. Que la nieve que caerá será tanta que borrará de un plumazo al otoño. Que el invierno está ahí nomás golpeando la puerta, exigiendo, en un acto apresurado y loco, anticipar su llegada para blanquear este dorado paisaje que mis otoñales álamos pintan despreocupados de cualquier pronostico.

Naturaleza

El animal yace ya sin vida a un costado del camino. Mi cuerpo siente el viento frío que viene del oeste. Los cóndores descienden armoniosos sobre la estepa como si nada ni nadie pudiera perturbar o interferir en el banquete que les espera. Si no fuera por el frío podría quedarme horas parado contra el alambrado observando esta escena que de vez en cuando nos regala la naturaleza.

La nada

Escribir sobre la nada. Dejar que las palabras vayan, desinteresadas de cualquier propósito, poblando la inabarcable hoja en blanco. Contar la historia que no se ve, o que sólo ven esos atentos ojos, de ese par de guanacos, que observan expectantes lo que se les aparece en el medio de esa nada. Imaginar que no es un click de una cámara fotográfica el que se va a disparar. Imaginar la mira telescópica y al cazador que junta adrenalina y que siente el frío gatillo sobre el tembloroso dedo, dudando en qué momento presionar sobre él. Y dejarlo todo así. Dejarle al lector la libertad de imaginar qué fue lo que pasó.  Si, finalmente, ese inescrupuloso cazador disparó o no. Y si lo hizo, si logró dar en blanco. O tal vez falló. Tal vez, la imagen, así como se ve, lo perturbó. Le hizo creer que tenía frente a sí a ese ser mítico de dos cabezas, del que tantas historias cuentan los puesteros, y la bala de la carabina se perdió en ese cielo azul, y su retumbar volvió como un eco ensorde...

Solo

-No debe estar bien, pensó. -Si está volando sola no debe andar bien. Pero el ave no parecía tener problema alguno. Volaba con la decisión de quien tiene ya establecido un rumbo. Incluso, me animo a decir que, lo hacía con cierta displicencia. Como si la ausencia de otras aves volando con ella le facilitara el desplazarse. Como si no sintiera nostalgia por la bandada.

Atrapados

No sabe si seguir o quedarse ahí esperando a que, su tropilla, pegue la vuelta. Los caballos avanzan decididos. Tienen ese andar que a él lo hace pensar que no galopan, que flotan como si fueran caballitos de mar. Que el contacto con el agua ha despertado en ellos una capacidad anfibia que hasta ahí nunca habían podido mostrar. Aunque el borde costero está ahí nomas, estos matungos no van hacía él. Todo lo contrario: su rumbo se orienta hacia lo profundo. No queda mucho por hacer, salvo esperar que prevalezca el instinto y que sus caballos salgan solos del agua. Pega unos gritos tratando de llamar su atención. Pero no sucede nada. Hay algo que los ha enceguecido, piensa. Hay algo en este espejo de agua que los retiene, una fuerza desconocida que los llama, que una trampa que los mantiene atrapados.

Despacio

Despacio. Así era su andar. Daba la impresión de que media cada paso que daba. Muchas veces llegué a pensar que andaba como si no fuera a ningún lado. Como si en ese andar no hubiera un destino.  -Buen día, -amigo, decía al pasar y no esperaba a que yo le respondiera.  –Buen día, respondía yo  Nunca supe si alcanzaba a escucharme, porque, así como veía su silueta aparecer en la distancia y pensaba que a ese ritmo nunca llegaría hasta mí, también sucedía que, cuando menos lo imaginaba, él ya había cruzado, me había saludado y había seguido su derrotero hacia ningún lado. Me hubiera gustado saber de dónde venía., cómo se llamaba, hacía dónde iba.  Hace ya una semana que no lo veo venir.  Me quedo esperando hasta tarde, pero no aparece.   

Sobreviviente.

Me sentía un sobreviviente. Uno de los tantos o de los tan pocos que habían atravesado ese oscuro tiempo en el que, como un aliento inquisidor, reinó sobre nuestras cabezas la permanente amenaza de ser excluidos del sistema. Me sentía también, de alguna manera, un privilegiado. No integrar esa inmensa mayoría de resignados que habían alimentado esa absurda idea de que fuera de ello no había existencia y seguir vivo, me entusiasmaba. Un entusiasmo estúpido, si se quiere. Porque es cierto también que, así como en algún tiempo todo reino tiene su hegemonía, también sucede que, ineludiblemente, toda hegemonía es arrasada por el tiempo. Y es el tiempo el que manda. El que excluye. Me sentía un sobreviviente. En un tiempo en el que no había lugar para los que osaran sentirse así.

Despierto

Desperté sobresaltado. No estaba teniendo un buen sueño. Era aún muy temprano. Hice el intento de seguir durmiendo, pero no lo logré. O tal vez sí. Tal vez estaba de nuevo transitando eso que parecía una pesadilla. Mejor despertar, me dije. No sin dar antes unas vueltas en la cama, opté por levantarme. Afuera el sol estaba ya a pleno y reinaba una calma casi absoluta. Miré el reloj de pared y faltaban unos quince minutos para las seis de la mañana. Muy temprano, pensé. Pero no voy a volver a acostarme. No. Mejor sigo despierto.