Otra parada más. Esta vez es para ver guanacos. Tomé varias fotos, pero esta es la que mas me impactó. En pocos segundos me sentí como transportado diez mil años para atrás. Los mismos guanacos y en mi lugar, ese otro que los contempla y que registra la imagen para luego dejarla grabada en las cuevas en las que vivía. A pesar de que pude muchas veces apreciar pinturas rupestres , como la de Cueva de las manos, o las de Punta Walichu: o en Lago Roca, es la primera vez que me pasa esto de percibir el contexto en el que fueron realizadas. Una imagen incompleta que solo en mi imaginación puedo restaurar. El Tehuelche ya no está. El guanaco parece multiplicarse por miles. En la ruta hay que tomar algunas precauciones para no sufrir un accidente. El verlos cruzar frente a uno es también impactante.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña