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Infancia

Con Hernán crecimos juntos en un barrio obrero. Allí el consumo de alcohol era la manera que muchos encontraban de amortiguar un poco los efectos del desarraigo. Pero nuestras vidas no estaban centradas en eso. Nuestras vidas eran compartir la escuela y hacer juntos las ocho cuadras que separaban el colegio de nuestras casas. Juntarnos en la canchita del barrio en cuanta ocasión se  presentara y nada más. Dos chicos de barrio. Eso éramos y nada hacía pensar que podíamos hacer lo hicimos esa tarde en mi casa.

En la mesa de su casa nunca faltó el vino. A veces faltaba el pan o la sopa que su madre preparaba, pero la jarra con vino no. El padre de Hernán solía servirse medio vaso que  completaba con soda y recién ahí podían empezar a comer. Era ese también el único momento en el que se podía tomar alcohol, pero Hernán, con sus doce años, no sólo no tomaba sino que no parecía interesado en hacerlo.

En mi casa, en cambio, todo era distinto. En mi casa se tomaba cerveza y, en un mueble grande que teníamos en el comedor, mi madre guardaba anís, ginebra y un licor de menta que, no sé si por su color o por su aroma que respiraba a escondidas en cuanta oportunidad tenía, a mí me llamaba mucho la atención. De todas las bebidas que había en casa, esta era la que más me intrigaba. Pero yo tampoco era de tomar. No digo que no me interesara, lo que digo es que, si bien, a esa edad, ya había probado una que otra sidra en navidad y algún vaso de cerveza, no era en mí lo cotidiano.

Lo que a mí me interesaba de las bebidas eran los aromas, los colores, las formas de las botellas y divertirme con las payasadas que hacía mi tío cuando se pasaba de copas.

Hernán era distinto. Creo que él odiaba el vino o mejor dicho lo que el vino hacía sobre su padre o lo que su padre era capaz de hacer cuando tomaba.

Recuerdo que salimos de la escuela y volvimos caminando como solíamos hacerlo siempre. Cuando llegábamos a casa, yo solía quedarme solo hasta las tres de la tarde esperando a que mi madre volviera del trabajo. A Hernán, en cambio, su madre lo esperaba siempre con el almuerzo listo, solo debía caminar una cuadra más y ya estaba con su familia.

-No querés pasar un rato a casa, le dije, así te devuelvo la revista que me prestaste.

-Bueno, dijo y se quedó parado al lado mío esperando que abriera la puerta.

Nuestra casa no era grande. En la sala, mi madre había colocado un viejo sillón que heredó de mi abuelo, una mesa que usábamos para todo y un aparador con puertas de vidrio que le trajo un tipo, con el que estuvo en pareja un par de años y que, cuando se fue, fue tan violenta la despedida que no se debe haber animado a reclamarlo.

Cuando entramos yo pasé derecho al baño. Al salir lo vi, parado frente al aparador como pasando revista a todas las botellas que mi madre tenía prolijamente ordenadas en cada vitrina. Tenía dibujada una sonrisa como una mueca de satisfacción que no le conocía.

-¿Esto toma tu mamá?

-Si, a veces, toma una copita, dije, medio sonrojado, como si su pregunta me hubiera incomodado.

-¿Y vos, también tomás?

-De esas que vez ahí, no, dije, mi madre se daría cuenta enseguida y se molestaría mucho.

-A mí me gustaría probar de esta, dijo y agarró la botella de ginebra. Con este vidrio marrón es muy difícil que alguien se dé cuenta si falta un poco ¿no?

Estaba pensando en decirle que no, que en cualquier momento mi madre podía llegar, que esas bebidas eran muy fuertes, pero no alcancé a esbozar nada y la botella ya estaba sobre la mesa. La destapó, pasó su nariz por el pico olfateando el aroma como si fuera un eximio catador, tomó un trago y me la pasó.

No recuerdo cuanto tomamos, tal vez hayan sido dos, tres o cuatro tragos, lo que si recuerdo es que, en medio de una inconciencia total, sentí como si la casa se moviera toda, como cuando el avión agarra uno de eso pozos de aire y parece que toda tu humanidad va a salir por la garganta. No sé de dónde saqué fuerzas y me arrastré hasta el baño. Ahí estaba Hernán, de rodillas, agarrado con sus dos manos del inodoro. Hacía unas arcadas demoniacas que potenciaron mis nauseas. Traté de contenerme, de aguantar un poco, pero no pude. No sé si fue la atmosfera rancia que reinaba en todo el baño, la cara babosa de Hernán o esa mezcla amarillenta de deshechos que flotaba dentro del inodoro, pero no aguanté más, apoyé mis rodillas en el piso y me dejé ir.

Así nos encontró mi madre. Desparramados en el baño. No dijo nada. Lo ayudó a Hernán a pararse. Preparó café y llamó por tu teléfono a su madre para decirle que estaba conmigo en casa haciendo un trabajo que nos habían pedido en la escuela. Cuando estuvo un poco mejor lo acompañamos hasta su casa. Caminamos sin decir nada, con las cabezas gachas y una palidez indisimulable.

Al otro día pasó a buscarme y fuimos a la escuela como si nada hubiera sucedido. Despues la vida nos fue llevando por distintos carriles hasta dejar de vernos.

Hace poco supe de él. Me contaron que vive en el estadio municipal. Allí hace de sereno del lugar. Aunque tuve la intención de ir a verlo, no junté voluntad para hacerlo. La vida no nos trata a todos por igual. No sé si quiero conocer al Hernán que es ahora o prefiero quedarme con los recuerdos de la infancia, de esos tiempos en los que éramos felices sin pronunciar la palabra felicidad.

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