Cuando vino al mundo la llamaron Témpora Aristela Ríos. Dicen que las Témporas nos hablan de las estaciones climáticas; que se acostumbraba a calcularlas para saber cuándo sería el mejor tiempo para la siembra. También leí que se la asocia con la sien, es decir con la inteligencia o esa capacidad de razonar que nos diferencia del resto de las especies. Hasta no hace mucho, las Cuatro Témporas figuraban en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica, indicando los tiempos de ayuno, de plegaria y de penitencia. Hacer Témporas significaba hacer una pausa para agradecerle a Dios los beneficios recibidos.
Y Témpora es un poco de todo eso: siempre laboriosa y a la vez respetuosa de la Pacha que todo nos da; reflexiva y a la vez comprometida con su fe en Dios. Si hay alguien en esta tierra que pueda dar fe de ayunos, plegarias y penitencias, seguro, es Doña Témpora Ríos, como la reconocen en Corral Quemado. De esos ríos que acostumbran a inundar los surcos, recorrer acequias, como José Lino, de quien ahora pienso, heredó el caudal que riega con vida todo en su camino.
El pensar en ella, en ese andar sin pausa que hace ochenta años viene sosteniendo, despertó en mí muchos sentimientos. Busqué en mi memoria mis propios recuerdos y los que me contara ella y también mis abuelos: me encontré con muchos y muy lindos momentos vividos en todo este tiempo.
Entonces me dije: no se puede hablar de Témpora en tiempo pasado. No importa ni cómo, ni cuando, pero el estar presente, allí en donde hicieran falta sus brazos o una voz de aliento, ha sido siempre su noble objetivo.
Debe ser por ello que para homenajearla, hay que alzar la voz en tiempo presente. Porque Témpora, es presente. A la par de su madre, Felipa Alancay, en ese poco tiempo compartido; junto a sus hermanos, creciendo de golpe, haciendo de todo sin tener respiro: sacudir vellones de lana, acomodar el uso, tensar la urdimbre, construir abrigos, amasar el pan, lavar las pocas ropa con agua del río; pisar ese barro que será el adobe que armará paredes y con lo que construirá muy buenos refugios; juntar esos yuyos que curarán resfríos.
Viajando hacia el sur, a lomo de mula, en tren, en barco y un colectivo; con Juan, Magdalena y Jorge sus primeros hijos, a la par de Laureano, a buscar futuro, en ese paramo con nombre de mujer, lejano y desconocido. Empezar de nuevo, era el desafío. Aquí junto al mar, al lado de un médano, nacieron más hijos. Así llegué yo, Rubén, Rafael y Helvecía, Eduardo y más tarde a Waldo lo trajo el destino.
Vivir a ese ritmo que impone el petróleo. Saber que hay tres turnos, que debe tener la casa ordenada, la ropa planchada, y la comida a horario para su marido. Hacer otra vida, otros sacrificios.
Presente en la lucha social y política, cuando la realidad le exigió compromiso. Soportando estoica la afrenta gratuita, la innoble traición, y el oprobioso olvido. Peleándole al viento, a la soledad y al frío. Sumando su esfuerzo a los que como ella muy lejos del pago buscan un destino.
Presente en su fe que no le da respiro. Rezando oraciones, novenas, rosarios, pidiendo el auxilio de Dios y la Virgen, cuando la vida en este desierto se vuelve un suplicio. Armando pesebres para que vuelva a nacer el niño. Sembrando su trigo para que no falte trabajo, ni paz, ni pan entre sus vecinos.
Presente de vida que tiene sonidos de nietos jugando por esos pasillos. Presente, que es también futuro, en cada bisnieto que llega en este nuevo siglo. Presente en lo simple como las empanadas de cada domingo.
Y será por ello, que hoy en tu cumpleaños, para celebrarte, para agradecer el verte tan plena; toda la familia que te quiere mucho: ¡PRESENTE! decimos.
Caleta Olivia , 18 de septiembre de 2016.
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