Ir al contenido principal

Olvido II

Arrancó el auto. Puso marcha atrás y dio un volantazo para que gire. Salió tan apurado, que recién cuando asomó en la calle y miró hacia los costados para ver si tenia el paso libre, se dio cuenta de que no le había dicho nada a su esposa. Mejor así, pensó, la llamo desde la comisaría, no tiene sentido que venga conmigo. Unas quince cuadras lo separaban de la seccional segunda. Los autos se cruzaban en zigzag, el transito era un caos, cada semáforo una eternidad. El estomago comenzó a hacérsele un gran nudo. Por momentos le faltaba el aire. Bajó un poco el vidrio y el aire frío lo alivió un poco. Adonde aprendiste a manejar pelotudo, le gritó un tipo desde una camioneta todo terreno. Frenó, lo dejó pasar, por un momento pensó que se lo llevaban puesto. Otro semáforo. Creyó verla cruzando la calle. Sintió la angustia que le recorría el cuerpo. Como no se había dado cuenta de que ella no los había llamado. Era lo único que tenían. Más de una vez, si no fuera por su pequeña hija, las discusiones con su esposa hubieran terminado de otra manera. 


Comentarios

  1. Muy bueno el Olvido II. En un rato, el mundo a contramano.

    ResponderBorrar
  2. ...

    ¡Auchh!, ¿Qué le sucedió?

    ¡Caray!, aquí en mi país estas cosas son tan frecuentes. Me resistó a tomarlo como algo común.

    Espero el desenlace.

    Te mando un saludo mi querido oveja negra.

    Mafalda

    ResponderBorrar
  3. estoy de vuelta querido y listísimo para leer estos textos q escriben q, como los caminos q nos muestras, no tienen fin.

    ps. y claro, también listo para el mundial!

    ResponderBorrar
  4. Uau, aunque no entendí un jocara, me gustó el movimiento del relato mientras el tránsito agudizaba sus conflictos y le llevaban a reflexiones íntimas

    Salud

    Estercita

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

A veces

Hay esperas que calman. Y hay veces en los que, la calma, nos desespera…

Sabor amargo

Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...

Padre cielo XVII

No ha sido fácil levantarse. Las tapas de entrada y el guiso de lenteja rociado con un malbec hicieron lo suyo para que mi sueño tuviera una profundidad que no le conocía. Desayunamos y nos preparamos para regresar. Antes damos una vuelta y nos encontramos con esta hermosa construcción que oficia de templo de Dios. El Dios del colonizador, que ha decretado por los siglos de los siglos la vigencia de este espacio como el lugar en donde lo espiritual puede trascender. El templo artificial a los pies del templo natural. Pienso en todo lo que el hombre a destruido para imponer a su Dios y en lo noble y generosa que se nos ofrece la madre naturaleza como santuario para que nos demos una oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos. Levanto mis ojos hacia la montaña y agradezco, no de rodillas, de pie, este ritual me quiere caminando.