La bahía amaneció congelada y cubierta de un manto de nieve. El día se presenta soleado y en el lago, un témpano de hielo milenario se deja ver imponente. No resisto la tentación, agarro la cámara fotográfica, me calzo unos cobertores con puntas que me van a permitir caminar sobre el hielo y salgo. Inicio la caminata, sobre esa agua escarchada, dispuesto a acercarme lo más posible al bloque de hielo que se muestra como un velero. A unos trescientos metros de la costa me doy vuelta y contemplo la ciudad que mantiene la quietud propia del invierno. A mi derecha, por encima de las lomadas, se levanta imponente la cordillera. Son solo unos segundos que permanezco parado, suficientes como para que el hielo comience a crujir y el vértigo me recorra todo el cuerpo. Es hora de volver a tierra firme.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña