Amar es una decisión. Parece una afirmación y en parte lo es, pero lo escribo desde la interrogación. Desde la idea de que el amor enceguece, anula y nos vuelve un poco irracionales. De chico, crecí en la idea del amor a Dios, que nos exigía fidelidad a sus preceptos. Un amor, si se quiere, un poco perverso, que nos amenazaba con castigos inconfesables para los que nos dejáramos tentar por los deseos terrenales. Después vino el amor a la patria y a la bandera, amor loco si lo habrá. Juráis defenderla hasta perder la vida y algunos miles de mi generación, la perdieron. Pasé parte de mi infancia y de mi adolescencia con esa idea de amor. Lo demás era sacrilegio. Tal vez sea por eso que nos acostumbramos a ocultar nuestros deseos, a disfrutar a escondidas, a dejarnos invadir por la culpa cuando nuestra imaginación nos proponía ir más allá de lo convencional.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
Parece que a más de uno se nos dio por hablar de amor. Por suerte yo, algún día me di cuenta, y ahora lucho por no esconder mis deseos ni amar a nadie ni a nada de una forma que no me sea natural. A veces fracaso, claro. Saludos.
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