Como todos los años el primero en florecer es el ciruelo. Tiene esa virtud, la de anticiparse a la primavera. Más nunca hemos podido disfrutar de sus frutos. Ya sea por que el viento de los meses venideros castiga duramente a sus flores o porque los pájaros se aprovechan de su intemperie para devorarse sus incipientes frutos. Si uno lo mira a la distancia causa buena impresión y hasta puede convencer de que el próximo invierno va a terminar alimentando algunos frascos de dulce. Pero no. Parece que su existencia no necesita devenir en frutos. Por si acaso, el zorzal patagónico, ya se reservó un lugar cerca de él.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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