Me fui del mar a la cordillera. Dejé sus costas saladas en las que crecí, para asentarme frente al dulce oleaje lacustre. Me fui sin saber como sería volver. Volví sin saber que parte de mi sigue aquí, que nunca partió.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña