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Mostrando las entradas de 2011

Relación II

Se quedó unos minutos parada, con las espaldas apoyadas sobre la puerta, los brazos caídos a un costado del cuerpo, la cabeza tirada hacia tras y los ojos cerrados. Se aguantó las ganas de llorar respirando bien fuerte y conteniendo el aire en sus pulmones. No vale la pena llorar por este infeliz pensó y en su cabeza dio vueltas un pensamiento recurrente en estas situaciones “cuidado con lo que dices, mira que siempre terminas arrepintiéndote”. Dio unos pasos hacía la cocina y buscó una bolsa de residuos, de esas negras y grandes tipo consorcio. Empezó con la ropa. Metió todo lo que fue encontrando, en la cómoda, en el placard, en el piso. Sobre la mesita de luz, el portarretratos los mostraba juntos, sonrientes, hasta se podría decir felices, saltando entre las olas del mar. Tomo el cuadro y pensó en tirarlo, pero su mano se fue sola hacía uno de los cajones de la cómoda y guardó allí lo que no dejaba de ser un buen recuerdo.

Relación

Ya vas a venir con el caballo cansado, le dijo y cerró de un portazo un capitulo más en esa relación que venía con más idas que vueltas, pero de la que ella no sabía como salir.

Sembrar

Uno cosecha lo que siembra, repetía el tipo en la oficina cada vez que a alguno de sus compañeros les pasaba algo malo. Siembra vientos y cosecharas tempestades, acotaba, si lo que al otro le estaba pasando era realmente  complicado. Y así, con estas frases cortas, estos dichos populares catalogados como refranes o enseñanzas populares, el tipo te metía el dedo en la herida cuando vos menos lo esperabas. A él no solían pasarle cosas. Mas de uno estaba como esperándolo, como diciendo: ya vas a venir vos con un drama de aquellos y en vez  de una voz de consuelo te vas a encontrar con una sentencia, te vamos a decir todos a coro y a viva voz: ¡Uno cosecha lo que siembra! Pero no, a este tipo no le pasaba nada. Todos los días, las semanas, los meses y años de su vida eran como si nada. Como si se hubiera subido a uno de esos caballitos de las calesitas y a pesar de dar vueltas y vueltas, nunca iba a encontrar un solo obstáculo. Y él insistía con su sentencia. No perdonaba. Todos é...

Mirada complice

Cuando uno ve todo lo que falta por hacer, parece imposible  imaginarse, que en poco tiempo, de esa trama de lana, saldrá una manta que abrigará del frio a quién sabe quien.  Las mujeres se muestran laboriosas. Mientras algunas siguen hilando, otras ovillan y otras preparan los husos para continuar la tarea. Todas tienen dibujada en sus rostros una sonrisa que las acompaña y dejan ver –de vez en cuando- una mirada cómplice, como un código secreto que solo ellas conocen y que sin necesidad de decir nada, va dándole curso a la tarea.  -Estamos preparando todo para mandar a la Fiesta nacional del poncho -comenta la que con sus gestos lidera el proceso.  Pido permiso y tomo unas fotos, para luego seguir  mi recorrido por esta callecita norteña en la que me aguardan gratas sorpresas.

Sabor a mar (Final)

Después venía la distancia. Caminar juntos hasta la costa y una vez allí, ella se quedaba con su cámara en la mano esperándolo. Dejó de temer por las olas que lo podían mojar. De a poco perdió ese miedo a que el mar un día se lo llevara definitivamente. Se sacó de encima esa tensión que el esperarlo le ocasionaba. Superó la tentación de bajar a acompañarlo, de recostarse a su lado e intentar sentir algo de eso que el tan apasionadamente le contaba que sentía. Un día como si nada tomó su cámara y empezó de nuevo a sacar fotos a las gaviotas, a los lobos, los cormoranes, los barcos y a ese bicho raro que se obstinaba en permanecer tan cerca del mar escuchando sonidos que sus ojos no podían ver.  

Sabor a mar VI

Ella, no entendía de sonidos ni de composiciones musicales, solo miraba y lo dejaba hablar, esperando volver a la cama, para poder saborear ese aroma a mar que él desprendía de su cuerpo, que, como un  afrodisíaco perfume,  le despertaba sentimientos que nunca antes había sentido. Sabía a mar y ella, que acostumbrada a respirar esos aromas desde la distancia costera, de pronto se encontró sumergida en lo más profundo de esa existencia, que se le ofrendaba como un gran océano para navegar. 

Sabor a mar V

Ya en su casa, preparó un café que nunca llegaron a tomar. Él decía que no había una ola igual a otra, que en  el sonido del agua deslizándose entre las piedras, uno podía percibir una de las composiciones más hermosas que el oído humano hubiera escuchado jamás. Que había probado estar una hora escuchando y después dos, y tres y cuatro, hasta seis horas sin que se repita una nota igual. Que el director de esa gran obra, era seguramente alguien muy sensible, para construir esa armonía musical con agua y piedras.

Sabor a mar IV

Fue así como se encontró con él. Bueno, más que un encuentro, para ella fue casi como un rescate. Nunca le había prestado atención, hasta que vio como el mar subía y se acercaba hacia eso que parecía un cuerpo desvanecido en la costa, al que no le faltaba mucho para terminar siendo arrastrado por una ola. Fue la única vez que bajó hacía el mar. Corrió hacia él desesperada y cuando se disponía a zamarrearlo, la ola golpeo contra sus piernas y lo despertó. Él se puso de pie como si nada hubiera pasado. Ella se frenó de golpe pero ya estaba demasiado cerca como para evitarlo. Te puedo ser útil en algo le dijo, como para salir del paso y no quedar como una estúpida entrometida. No me vendría mal un lugar en donde secar un poco estos pantalones, dijo él, mientras una nueva ola terminaba de empapar sus pies. Vivo a dos cuadras de acá, si te parece, venite a casa y te secas un poco, ya se está poniendo frio y si te quedas ahí parado, lo menos que te vas a agarrar es una pulmonía, dijo ella, a...

Sabor a mar III

Ella lo mira desde la emplanada. No lo entiende pero lo acompaña. Lo observa como quien cuida a alguien en la distancia, como dejándolo hacer su juego. Ella no ve el mar, ni las olas, ni siente las vibraciones que él dice sentir. A ella si  le gusta ver a las gaviotas pescar, a los lobos marinos nadando por la costa, a los cormoranes que se posan sobre el muelle petrolero. También disfruta mucho el quedarse contemplando  los buques que esperan su carga cerca de la costa. Se pasa muchas horas, con su cámara fotográfica, registrando cada uno de esos momentos.

Sabor a mar II

Debe ser por eso que insiste en volver a esta playa, a esperar que suba la marea, a recostarse  y cerrar los ojos y sentir las olas que rompen muy cerca de él y  luego percibir ese deslizarse del agua en retroceso. A veces suele aparecer con las zapatillas mojadas, incluso con los pantalones salpicados con agua, porque se ha descuidado o  el mar lo ha tomado por sorpresa o simplemente se ha dejado acariciar por una de esas tantas olas que insisten en venir hacia él.

Sabor a mar

Las olas golpean suavemente la costa. El agua tapa las piedras y luego se desliza suavemente en retroceso. Hay en este movimiento como un contrasentido. Cuando la ola rompe sobre la costa el sonido es abrupto, suena como un cachetazo en la cara, te despierta y te obliga a prestarle atención. Cuando el agua retrocede, sucede todo lo contrario, el agua se filtra suavemente entre las piedras y el sonido es  tan relajante que uno puede pasarse horas tirado en la playa y perder noción del tiempo, del espacio y de uno mismo también.  Esto no pasa en las playas de arena, allí uno disfruta del mar, de sus olas, pero no hay nada parecido a lo que uno percibe cuando el agua retrocede en una playa de piedras.

Apuesta

No fue fácil. Lo viví casi como un tirarse a la pileta, sin ver antes si había agua. Pero lo hice. Me puse a trabajar y terminé un texto de los tantos que tengo escrito y lo mandé. Un par de semanas más tarde, miré el listado del concurso y los más de ciento cincuenta participantes me sorprendieron. —Bueno —dije— ya está, por lo menos di ese pasó que tanto me costaba dar y mandé unos de mis cuentos a un concurso. No hay que hacerse ilusiones en esto de pensar que lo que uno escribe puede interesarle a alguien más. Y mi vida siguió su curso. Hasta que un día, como si nada, me llegó el mail que consignaba brevemente: “tenemos el enorme agrado de comunicarte que tu cuento " Apuesta " se hizo acreedor de una de las cinco  Primeras Menciones del Certamen Palabras escritas – Palabras dichas El Escriba 2011 ,  por lo que pasará a formar parte de una antología que reunirá a todos los que hayan obtenido mención.” Después vino el libro y ...

Planes

Ayer, después de un largo invierno, salí a mi patio.  Preparé una melga de tierra y sembré papas. Acomodé un poco los ajos, que ya asoman con fuerza. Limpié los cursos de agua de las vertientes para que el agua circule. Podé algunos sauces que dan a la calle. Conecté las mangueras de riego. Un día primaveral. Terminé la jornada, cansado, pero feliz. —Mañana —dije—, voy a empezar a preparar los primeros plantines, seguiré con la poda de los rosales y comenzaré a preparar el invernáculo para la temporada. Hice planes, confiado en que el invierno ya fue y que, los días por venir, van a tener la calidez que ha tenido esta jornada. Hoy, 20 de septiembre, me levanté temprano, corrí las cortinas de la ventana y afuera, el señor invierno, me dijo; aún estoy acá, no me ido, tus planes no son mis planes. Y si bien me sorprende el cambio, porque debo dejar mis planes de lado, no dejo de alegrarme, por esta nieve que cae lentamente y que muy bien le vienen a mis plantas.

Saber

¿Cuándo lo viejo pasará a ser antiguo? ¿Cuándo, el pasado se volverá  historia y sus fantasmas  dejaran de golpear a la  puertas de tus sueños?

Mensajes

La capuchina, parece desentendida del tiempo, sigue floreciendo y sus anchas hojas verdes se desplazan presumidas por el jardín. Ya es otoño, le dice mi álamo y le hace llegar, cotidianos mensajes en amarillas hojas que ella no quiere leer…

Ventana

Viniendo de Cachi hacia Salta, encontré está ventana, desde donde se puede apreciar el Parque Nacional Los Cardones y el Nevado de Cachi; el paisaje es tan imponente que necesité de este enmarcado para no desbordar emocionalmente.

Agüero

Es domingo, la tarde apenas comienza, afuera el sol entibia tenuamente la jornada y un pichón de Garza Bruja, hace una pausa frente a casa. Será solo una causalidad o traerá algún agüero...?

Elogio a la fertilidad…

Hay en el noroeste argentino, un amor y un respeto por la pachamama, que a uno lo atrapa. Es un amor religioso que se profesa cotidianamente, en las calles, entre los sembrados y en medio de las soledades más oscuras, siempre está ella. Es un amor que pide perdón por los maltratos a los que la madre tierra ha sido sometida y que agradece la eterna entrega, que da frutos y que alimenta de vida nuestra existencia.

Evadirse

Sumergirse en la realidad, puede -a veces- ser una manera de evadirse de ella..

Mensajes del tiempo

Voy subiendo la cuesta. El paisaje es tan agreste que conmueve por sí mismo. No hay espacio ni distancia comparable. La soledad sumada a la inmensidad, hace que sienta que puedo tocar el cielo con las manos. Ya estoy en lo más alto.  Siento que ha valido la pena llegar hasta aquí, para ver este cielo y estas montañas, en donde me siento distinto a todo lo que he experimentado hasta aquí. Giro y, de pronto, la encuentro a ella, refugiada entre esas mismas piedras en las que sus manos tallan imágenes ancestrales, como aferrada al paisaje. Me acerco, la miro, respiro profundo y es como si me transportara al pasado, a ese tiempo ancestral que late vivo en medio de la quebrada.

Pancito criollo

Hay pancito criollo, me dice, venga acérquese, vamos a tomar unos mates. Cuando se camina por la calle principal de Corral Quemado , el perfume de los hornos de barro lo invade a uno y se activa de alguna manera esa memoria ancestral, que despierta recuerdos de tiempos remotos de una existencia –que por mas que no haya sido real- sigue como alojada en algún lugar de nuestra memoria. El aroma del pan asándose, el de las ramas de jarilla que se usan para cubrir la tapa del horno y ese gustito a copa que tienen los mates cebados, no se consiguen en otro lugar, para disfrutarlos hay que volver -aunque sea de pasada- a este remoto lugar en el norte catamarqueño.

Puertas cerradas

Encontré, en mi andar por Cachi, muchas puertas como esta, bien enmarcadas, prolijas y bien conservadas. Me puse a pensar en cuántas historias habrá detrás de ellas. Me dieron ganas de golpear, para ver si alguien me atendía, pero no lo hice. Claro que uno ve el candado bien puesto de afuera y difícil que alguien pueda abrir de adentro. Debe haber sido eso, lo que hizo que no golpeara, la idea de saber que nadie real me iba a atender o el temor a despertar a algún fantasma, que seguramente espera que mi curiosidad me lleve a su encuentro.

Vueltas III

 —Vas a cobrar un sueldo por mes —reiteró su tío— libre de gastos. A esa plata se la podés mandar a tu mujer. Pasaron tres años. Más de una vez pensó en traer a su familia con él. Pero las nenas son muy chicas. Y si bien la vida en el campo tiene cosas lindas, hay semanas en las que el viento y el frio lo hacen todo insoportable.   Hoy, como casi todos los días de mayo, el día pinta apacible. Frio sí, pero con sol y sin viento. Siente el ladrido de sus perros y se levanta. Encenderá la cocina a leña con algunas brazas que quedaron de anoche. Se tomará unos mates. Preparará su caballo y, junto a sus perros, irá hasta el corral, en donde esperará a su patrón y al resto de la peonada. Las vacas viejas, los novillos y las vaquillonas que no están preñadas, serán cargadas en el camión jaula y llevadas al matadero. Las demás, volverán a la vega. adonde pasaran el invierno. Al final de la jornada, buscará su bolso con algunas pilchas, cobrará la mensualidad y le ped...

Vueltas II

Está previsto que hoy terminen con los trabajos. Mañana emprenderá el regreso hacía su pueblo. Allí lo esperan su mujer, sus dos hijas y unos tres meses en lo que todo será felicidad. Pero regresa solo. El caballo y los perros se quedan en el campo. El único temor que le rondará será que a sus animales les suceda algo grave. Que el invierno se presente más duro de lo acostumbrado. Que, como ocurrió en el 94, la nieve tape hasta los techos de las estancias, sepultando todo. Que los operativos de rescate se lleven a los hombres y mujeres, dejando a los animales por semanas solos en el campo. —Es muy feo, eso de quedarse solo, a la buena de Dios —piensa y la imagen de su familia le da vueltas por la cabeza. ¿Cuánto tiempo anduvo él a la buena de Dios? ¿Cuánto tiempo aguantó su compañera viviendo- si se puede decir a eso vivir- con lo justo? Hasta que vino al mundo su primera princesa. Ya no podía seguir así, rejuntando miserias para sobrevivir. No era eso lo que él había imagina...

Vueltas

El sol parecía negarse a aparecer. Hacía mucho frío. Hubiera querido quedarse un poco más entre las sábanas. Estamos en mayo, los días se acortan y –entre el frio y la falta de sol- a más de uno le dan ganas de estirar un poco el descanso. Afuera, todo está calmo. Los perros esperan en su refugio a que la casa despierte. Solo queda una jornada más de trabajo y ya podrá irse. Fueron cuatro días de dura faena. Juntar las vacas y llevarlas hasta el potrero, para trabajar con ellas implicó todo un esfuerzo. Lo más complicado fue meterse en esa vega que bordea el río. Andar a tientas, sin saber en qué momento se hundiría entre las bardas, con caballo y todo. Cabalgar, entre esas soledades, es lo que más disfruta. Sin espacio ni tiempo. De vez en cuando, respirar fuerte para espantar la nostalgia. Para no dejar que ese vacío que siente, se llene de recuerdos. Para centrarse y no perder la chaveta, como dicen en el pueblo. Es ese el único esfuerzo que se le exige. Lo demás, parece ya programa...

Aproximación

Vamos a remar un poco, me dice y con eso alcanza. Buscamos los remos, los chalecos y bajamos caminando hacia la bahía redonda,. Allí nos espera nuestro canobote. El día pinta plomizo. No hay viento y eso en si es también una invitación a salir pasear por la bahía. Vamos hacia los caballos, que están pastando en la vega que se forma sobre el borde este, que da sobre el campo de doma. Remamos entre patos, flamencos, coscorobas, cauquenes y otros bichos que eligen este lugar para pasar el verano. Estos son los momentos en lo que me siento más pleno que nunca. En los que, el aproximarme tan amigablemente a la naturaleza, se vuelve una necesidad vital.

Zafar

-Cuántas veces te lo tengo que decir, -dijo zamarreándolo de la remera- no quiero verte más en esa esquina jugando con esos atorrantes, que lo único que saben hacer es estar todo el día vagando por el barrio.   Andrés se mantuvo quieto. Conocía esa mirada, sabía que cualquier cosa que hiciera o dijera podía desatar en su madre una furia aún mayor. Si abría la boca,   se la podía tapar de un cachetazo. Si intentaba zafar de sus manos, salir corriendo, las consecuencias podían llegar a ser mayores. A pesar de los años, de que estaba un poco excedida de peso, y que, de tanto fumar, se iba quedando cada vez más lenta, la distancia era tan corta que lo iba a alcanzar antes de llegar a la puerta. Y allí, al lado de esa puerta descascarada por el óxido, colgando del perchero, entre los abrigos, había un cinto. Un cinto de cuero con una hebilla de bronce bien gruesa que ella conserva como único recuerdo de su padre ya muerto.   Y a Andrés, de solo imaginar la paliza que recibiría...