Cuando salgo de casa la veo. Está parada en uno de los postes del alambrado vecino. Me acerco lentamente y tomo la primera foto. Sigo caminando, ya estoy a no más de seis metros, la puedo apreciar plenamente. Estoy pagado digo. Ahora activo el video y sigo acercándome. Levanto los ojos por encima de la cámara y me sorprendo. Está mirándome. Los cuatro metros que nos separan parecen menos. Me detengo. La idea de que se iba a volar, desaparece de mi cabeza. Su pose desafiante logra incomodarme. Recuerdo que se trata de un ave rapaz y el entusiasmo por fotografiarla es remplazado por el temor a ser atacado. Mientras saboreo la emoción de este encuentro cercano con la naturaleza, retrocedo suavemente y ella sigue inmutable. Ya en mi casa, la miro por la ventana y pienso que el temor ha sido todo producto de mi imaginación.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
estupendo encuentro... La naturaleza raras veces nos ataca. Si ella pudiera hablar no diría lo mismo...
ResponderBorrarSaludos.