Ya estamos del otro lado. Me doy vuelta y la vuelvo a contemplar. Me gusto estar un poco en vos. Recorrerte y respirar tu soledad. No tenes nada que envidiarle a las multitudes agobiantes que se ofrecen como refugio para los desamparados. Tu soledad reconforta mi alma. En mi lento peregrinar hacia vos, crucé las aguas que brotan del hielo milenario con la unica idea de caminar y encontré en este transitar mucho más.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña