Dulce companía

Cocido

Hundió el cuchillo sin odio, sin desprecio, incluso me animo a decir con cierto placer. La sangre brotó densa, pesada, como si antes de salir ya estuviera coagulada. El verla así le provocó repugnancia, asco y por un instante creyó que las náuseas lo iban a desbordar. Pero pudo contenerse. ¡Mozo! -grito desde la mesa, concentrando la atención de todos los comensales- le dije bien clarito que al bife de chorizo lo quería cocido.

Presente

Desperté
en un barco encallado
en el que oscuras ilusiones correteaban fantasmales
jugando con el alma de un destino muerto
Entre oxidadas esperanzas
cansado de remar viento
de marea baja
me sentí heredero
de un pasado glorioso que nunca existió

Pronostico

Dicen que pronto nevará. Que la nieve que caerá será tanta que borrará de un plumazo al otoño. Que el invierno está ahí nomás golpeando la puerta, exigiendo, en un acto apresurado y loco, anticipar su llegada para blanquear este dorado paisaje que mis otoñales álamos pintan despreocupados de cualquier pronostico.


Naturaleza

El animal yace ya sin vida a un costado del camino. Mi cuerpo siente el viento frío que viene del oeste. Los cóndores descienden armoniosos sobre la estepa como si nada ni nadie pudiera perturbar o interferir en el banquete que les espera. Si no fuera por el frío podría quedarme horas parado contra el alambrado observando esta escena que de vez en cuando nos regala la naturaleza.

La nada

Escribir sobre la nada. Dejar que las palabras vayan, desinteresadas de cualquier propósito, poblando la inabarcable hoja en blanco. Contar la historia que no se ve, o que sólo ven esos atentos ojos, de ese par de guanacos, que observan expectantes lo que se les aparece en el medio de esa nada.
Imaginar que no es un click de una cámara fotográfica el que se va a disparar. Imaginar la mira telescópica y al cazador que junta adrenalina y que siente el frío gatillo sobre el tembloroso dedo, dudando en qué momento presionar sobre él. Y dejarlo todo así. Dejarle al lector la libertad de imaginar qué fue lo que pasó.  Si, finalmente, ese inescrupuloso cazador disparó o no. Y si lo hizo, si logró dar en blanco.
O tal vez falló. Tal vez, la imagen, así como se ve, lo perturbó. Le hizo creer que tenía frente a sí a ese ser mítico de dos cabezas, del que tantas historias cuentan los puesteros, y la bala de la carabina se perdió en ese cielo azul, y su retumbar volvió como un eco ensordecedor que vuelve de la nada.


Solo

-No debe estar bien, pensó. -Si está volando sola no debe andar bien. Pero el ave no parecía tener problema alguno. Volaba con la decisión de quien tiene ya establecido un rumbo. Incluso, me animo a decir que, lo hacía con cierta displicencia. Como si la ausencia de otras aves volando con ella le facilitara el desplazarse. Como si no sintiera nostalgia por la bandada.


Atrapados

No sabe si seguir o quedarse ahí esperando a que su tropilla pegue la vuelta. Los caballos avanzan decididos. Tienen ese andar que a él lo hace pensar que por momentos no galopan, que por momentos flotan. Que el contacto con el agua ha despertado en ellos una capacidad anfibia que hasta ahí nunca habían podido mostrar. Aunque el borde costero está ahí nomas, estos matungos no van hacía él. Todo lo contrario: su rumbo se orienta hacia lo profundo. No queda mucho por hacer, salvo esperar que prevalezca el instinto y que sus caballos salgan solos del agua. Pega unos gritos tratando de llamar su atención. Pero no sucede nada. Hay algo que los ha enceguecido, piensa. Hay algo en este espejo de agua que los tiene atrapados.

Despacio

Despacio. Así era su andar. Daba la impresión de que media cada paso que daba. Muchas veces llegué a pensar que andaba como si no fuera a ningún lado. Como si en ese andar no hubiera un destino. -Buen día, -amigo, decía al pasar y no esperaba a que yo le respondiera. –Buen día, respondía yo y nunca supe si alcanzaba a escucharme. Porque, así como veía su silueta aparecer en la distancia y pensaba que a ese ritmo nunca llegaría hasta mí, también pasaba que, cuando menos lo imaginaba, él ya había pasado, me había saludado y había seguido su derrotero hacia ningún lado. Me hubiera gustado saber de dónde venía. O cómo se llamaba. O, hacía dónde iba. Hace ya una semana que no lo veo venir. Me quedo esperando hasta tarde pero no aparece.  

Sobreviviente.

Me sentía un sobreviviente. Uno de los tantos o de los tan pocos que habían atravesado ese oscuro tiempo en el que, como un aliento inquisidor, reinó sobre nuestras cabezas la permanente amenaza de ser excluidos del sistema. Me sentía también, de alguna manera, un privilegiado. No integrar esa inmensa mayoría de resignados que habían alimentado esa absurda idea de que fuera de ello no había existencia y seguir vivo, me entusiasmaba. Un entusiasmo estúpido, si se quiere. Porque es cierto también que, así como en algún tiempo todo reino tiene su hegemonía, también sucede que, ineludiblemente, toda hegemonía es arrasada por el tiempo. Y es el tiempo el que manda. El que excluye. Me sentía un sobreviviente. En un tiempo en el que no había lugar para los que osaran sentirse así.


Despierto

Desperté sobresaltado. No estaba teniendo un buen sueño. Era aún muy temprano. Hice el intento de seguir durmiendo, pero no lo logré. O tal vez sí. Tal vez estaba de nuevo transitando eso que parecía una pesadilla. Mejor despertar, me dije. No sin dar antes unas vueltas en la cama, opté por levantarme. Afuera el sol estaba ya a pleno y reinaba una calma casi absoluta. Miré el reloj de pared y faltaban unos quince minutos para las seis de la mañana. Muy temprano, pensé. Pero no voy a volver a acostarme. No. Mejor sigo despierto.


Ingenuos

No sabemos qué fue lo que pensaron los habitantes originarios de nuestro territorio cuando vieron aproximarse a la costa del actual Puerto San Julián a las naves comandadas por Magallanes. Todo hace pensar que desconocían por completo ese tipo de embarcaciones. Que nunca antes habían visto algo parecido. Es –imagino- como si hoy viéramos descender una nave desde el cielo con una forma extraña a nuestro conocimiento ¿Sentiríamos temor, desconfianza, curiosidad? ¿Nos dejaríamos encantar por su presencia a punto de no ofrecer resistencia? No existe registro alguno que dé cuenta de cómo se sintieron los primeros habitantes de este suelo frente a esos hombres barbudos que viajaban en esas naves flotantes. Si sabemos que a ellos los vieron grandes e ingenuos. Tal vez haya sido es la razón por lo que ya no quedan casi huellas de esa raza.


Insulsa

Ya limpié mi invernáculo. Desmalecé lo que había quedado de la temporada anterior. Ordené un poco mi patio quitando las hojas muertas. Ya empecé a tirar algunas semillas de flores con la esperanza de sumar en el verano alguna especie más a las que ya tengo aclimatadas. Me queda empezar a preparar los almácigos. Pero no he tenido tiempo para ello. En eso estoy atrasado. Todos los años digo lo mismo: apenas termine el invierno, apenas ese manto blanco que cubre de frío mi patio desaparezca y el sol me entregue una par de horas de luz en el día, voy a sembrar. Pero siempre pasa algo y pierdo estos días. O mejor dicho ocupo estos días en otras cosas que surgen inesperadas. A veces pienso que, si no fuera por lo inesperado, qué insulsa sería ésta vida.

Las huellas del frio

Se nos fue otro invierno. Por momentos parecía esos caminos interminables en los que uno se cree perdido. Pero no. Por suerte el mundo sigue girando. Y la primavera comienza de a poco a sentirse. Aunque debo reconocer que cada vez se me hace más duro transitar los sombríos días de agosto esperando a que las jornadas de sol se alarguen y que el bajo cero nos deje. Me salvan las lecturas. Y el sentarme a escribir. Y el pensar que en medio de tanta penumbra tal vez se esté engendrando un nuevo libro. 

Sólo lo sentí

Hoy sentí la guerra muy cerca de mí. Sentí el estruendo, seco y explosivo. El vuelo rasante de un ave de guerra pasó por mi cielo. Mi nieto, sentado en la mesa tomando su sopa de letras, levantó la vista. Hoy sentí la muerte muy cerca de mí. La imagen del chico sirio que dio vuelta al mundo volvió a mi cabeza. Hoy sentí el miedo muy cerca de mí. Era mediodía y no lo esperaba. Tampoco las aves que anidan en la bahía sabían de él. El recuerdo de Malvinas me nubló la vista. Los chicos muriendo de frio en las islas. La estúpida guerra sobrevoló mi techo. Vino a despedirse. No era un simulacro. No traía consigo la amenaza cierta de descargar su furia. Vino a despedirse. A decir que se iba. Trajo a mi memoria un sueño muy loco en el que mi nieto, con su uniforme verde, golpeaba mi puerta y decía contento: volví abuelo, volví. Hoy sentí de nuevo un poco de angustia. El vuelo rasante duró unos segundos y no alcancé a verlo. Sólo lo sentí.