Dulce companía

Eterno


La muerte de alguien cercano me recuerda que soy un ser temporal. Las otras muertes, la de los que no conozco, la que son tapas de diarios o las que simplemente suceden en guerras, accidentes o lo que sea, no me son indiferentes; pero no impactan en mí de la forma en la que lo hace la muerte de un conocido. Siempre me acuerdo de Hugo, un pibe de mi barrio que, cuando murió, tendría unos diez años. Jugando con una bicicleta aurora a saltar en unas lomas se descabezó. No recuerdo el funeral, ni que hayamos acompañado a la familia al cementerio. Sí que, una brisa de tristeza, nos quedó dando vueltas a todos por bastante tiempo. Después murieron mis abuelos, un tío al que quería mucho, mi padre y, cada tanto, cuando me empiezo a andar por la vida como si fuera dueño de ella, me desayuno con la noticia de que, alguien con el que compartí y que de alguna manera conocí, se murió, así, sin siquiera dar aviso. Y es ahí cuando me quedo como en pausa. Cuando adquiere otro sentido los encuentros, los abrazos, las llamadas y todo aquello que no hacemos por andar por la vida como si fuéramos eternos.

Fonoteca por Malvinas


Congelados, heridos, cubiertos de petróleo, quemados, conmocionados, deshidratados, izados uno por uno a mano, con sogas y arneses, empezaban a ser desvestidos y luego abrigados y atendidos. Lloraban de felicidad. Otros no. Apenas se movían. Estaban a punto de congelarse y por eso se limitaban a mirar y a asentir, con movimientos lentos. El frío los había afectado tanto que ni siquiera podían cerrar los ojos. Los vi y pensé sí yo había brindado ese mismo espectáculo de desprotección y fragilidad.

Texto extraído de la pag.137 de la novela Puerto Belgrano – Juan Terranova 


Damascos

Hay angustias merecidas, pensé alguna vez, como la que sentí ese día en el que, subidos a su planta de damascos,  nos sorprendió el vecino y nos amenazó con acusarnos con  nuestro padre, a la noche, cuando este regresara del trabajo. El vecino nunca apareció. Tal vez lo haya dicho sólo para asustarnos. Pero en ese momento no sabíamos eso. El día se hizo largo. Recuerdo que me la pasé encerrado en mi habitación. Sufriendo, anticipadamente, por el castigo que mi padre nos propinaría. El temor se disipó no bien se apagaron las luces de la casa y todos nos fuimos a dormir. La angustia duró un poco más. Cada vez que alguien golpeaba la puerta de casa imaginaba que era mi vecino el que aparecería.

Lejos

Como si fueran mazazos las decisiones políticas golpean contra los habitantes de este lejano sur. Nada muy distinto a lo que sucede con otras regiones del país. Pero, pareciera que -en nuestro caso-, por estar más lejos, el golpe fuera más duro. Algunos ya preparan sus maletas: así no se puede vivir aquí, dicen indignados. Y es muy probable que muchos se vayan. Ya nos pasó más de una vez que, así como aparecen oleadas de inmigrantes que llegan buscando un mejor futuro, cuando las papas queman, del mismo modo en que llegaron, se van. Y está bien que así sea. Nadie debería ser obligado a quedarse en un lugar que no tiene nada para ofrecerle. 

 

Monopolio

Extraño a algunos amigos. Dejé de estar en contacto con ellos hace ya unos cinco meses. Lo hice voluntariamente. Promediaba una fresca mañana de mayo cuando decidí desactivar mi cuenta de Facebook. Para no tener que dar muchas explicaciones, prometí volver. Marqué la opción en la que se asegura que tal decisión es temporaria. Desde ese momento perdí el contacto con la mayoría de mis amigos. Unos trescientos cincuenta, sí no mal recuerdo. Por fuera de la red sólo conservo el trato con no más de una decena de ellos. El resto quedó atrapado en la realidad virtual, alimentando el perverso monopolio de la amistad que parece estar construyendo Facebook. 

Desprenderse

Necesitamos desprendernos. Dejar atrás la masa. Iniciar en algún momento nuestro propio viaje. Aunque sintamos que vamos a la deriva, que estamos siendo arrastrados por fuerzas que no controlamos, que nuestro rumbo depende de cómo sople el viento; siempre es mejor desprenderse, pienso, mientras observo el témpano que navega solitario por el lago.


Narcisos

Hoy coseché mis primeros narcisos. Contrariamente a lo que suele suceder, este año, empezaron a florecer antes. Corté media docena de flores y las puse en la mesa.  Estarán ahí, dejándose contemplar, por unos cuantos días. Aunque mi gato no piense lo mismo.  

Deseo

A veces me atraviesa -como si fuera viento del oeste- un deseo de no aferrarme a lo que más quiero; de desarraigarme de este árido tiempo en el que la nada se vuelve -cada día que transcurre- aún en más nada; y los pájaros no vuelven a su nido.

Abril

El frío, la humedad, la noche que le roba segundos al amanecer, la quietud que invita a reposar; y los días de abril que se van.
 

Dice

Dice que la gente no ve un tornado, sino lo que éste hace; y que lo mismo nos sucede con determinadas personas...

Eclipse

El sol, la luna, el agua y yo, intentando mantener mis pies sobre la tierra humedecida; solo, con mi incapacidad de descifrar este universo y su misteriosa forma de sorprendernos, contemplando un eclipse más que nos regala el universo.

Algo de mí

Algo de mí se fue con él. No sé si algún pensamiento, un sentimiento o algún deseo de esos que uno no sabe cómo compartir. Algo de mí se fue con él. No sé bien qué. Sé que me quedé, unos segundos, contemplando cómo se alejaba. Tenía el viento soplando fuerte sobre mis espaldas, como si me empujara a salir corriendo, a carretear para levantar vuelo.


Refugio

Los que carecen de imaginación, se refugian en la realidad..., dice y se queda contemplativo esperando mi reacción. 




Cocido

Hundió el cuchillo sin odio, sin desprecio. Incluso, me animo a decir, con cierto placer. La sangre brotó densa, pesada, como si antes de salir ya estuviera coagulada. El verla así le provocó repugnancia, asco. Por un instante creyó que las náuseas lo iban a desbordar. Pero pudo contenerse. 
-¡Mozo! -grito desde la mesa, concentrando la atención de todos los comensales- le dije bien clarito que al bife de chorizo lo quería cocido.