Dulce companía

Relación II

Se quedó unos minutos parada, con las espaldas apoyadas sobre la puerta, los brazos caídos a un costado del cuerpo, la cabeza tirada hacia tras y los ojos cerrados. Se aguantó las ganas de llorar respirando bien fuerte y conteniendo el aire en sus pulmones. No vale la pena llorar por este infeliz pensó y en su cabeza dio vueltas un pensamiento recurrente en estas situaciones “cuidado con lo que dices, mira que siempre terminas arrepintiéndote”. Dio unos pasos hacía la cocina y buscó una bolsa de residuos, de esas negras y grandes tipo consorcio. Empezó con la ropa. Metió todo lo que fue encontrando, en la cómoda, en el placard, en el piso. Sobre la mesita de luz, el portarretratos los mostraba juntos, sonrientes, hasta se podría decir felices, saltando entre las olas del mar. Tomo el cuadro y pensó en tirarlo, pero su mano se fue sola hacía uno de los cajones de la cómoda y guardó allí lo que no dejaba de ser un buen recuerdo.


Relación


Ya vas a venir con el caballo cansado, le dijo y cerró de un portazo un capitulo más en esa relación que venía con más idas que vueltas, pero de la que ella no sabía como salir.


Sembrar

Uno cosecha lo que siembra, repetía el tipo en la oficina cada vez que a alguno de sus compañeros les pasaba algo malo. Siembra vientos y cosecharas tempestades, acotaba, si lo que al otro le estaba pasando era realmente  complicado. Y así, con estas frases cortas, estos dichos populares catalogados como refranes o enseñanzas populares, el tipo te metía el dedo en la herida cuando vos menos lo esperabas. A él no solían pasarle cosas. Mas de uno estaba como esperándolo, como diciendo: ya vas a venir vos con un drama de aquellos y en vez  de una voz de consuelo te vas a encontrar con una sentencia, te vamos a decir todos a coro y a viva voz: ¡Uno cosecha lo que siembra! Pero no, a este tipo no le pasaba nada. Todos los días, las semanas, los meses y años de su vida eran como si nada. Como si se hubiera subido a uno de esos caballitos de las calesitas y a pesar de dar vueltas y vueltas, nunca iba a encontrar un solo obstáculo. Y él insistía con su sentencia. No perdonaba. Todos éramos victimas de nuestros propios actos. Lo malo que nos pasaba era solo una consecuencia de algo que en nuestro pasado habíamos hecho mal. Nos lo teníamos merecido. Y él seguía la vida como si nada, hasta que un día la contadora Gonzales, no pudo más y lo encaró en la cocina mientras se preparaba un café y mirándolo muy fijo a los ojos le dijo: A vos Pertutti nunca vamos a poder decirte que estás cosechando tu siembra, porque se nota a las claras que vos en esta vida nunca sembraste nada y desde ahora guardate todos esos comentarios de mala muerte que haces, porque por  lo menos para mí, vos sos nada. Y él arrebato personal de la contadora, pasó a ser refrendado por todos en la oficina. Y el tipo no habló más, no se metió más con los problemas ajenos. Es más, creo que desde ese día pasó a ser como caballo de calesita.

Mirada complice

Cuando uno ve todo lo que falta por hacer, parece imposible  imaginarse, que en poco tiempo, de esa trama de lana saldrá una manta que abrigará del frio a quien sabe quien. Las mujeres se muestran laboriosas. Mientras algunas siguen hilando, otras ovillan y otras preparan los husos para continuar la tarea. Todas tienen dibujada en sus rostros una sonrisa que las acompaña y dejan ver –de vez en cuando- una mirada cómplice, como un código secreto que solo ellas conocen y que sin necesidad de decir nada, va dándole curso a la tarea. Estamos preparando todo para mandar a la Fiesta nacional del poncho, me comenta, la que con sus gestos lidera el proceso. Pido permiso y tomo unas fotos, para luego seguir  mi recorrido por esta callecita norteña en la que me aguardan gratas sorpresas.

Sabor a mar (Final)

Después venía la distancia. Caminar juntos hasta la costa y una vez allí, ella se quedaba con su cámara en la mano esperándolo. Dejó de temer por las olas que lo podían mojar. De a poco perdió ese miedo a que el mar un día se lo llevara definitivamente. Se sacó de encima esa tensión que el esperarlo le ocasionaba. Superó la tentación de bajar a acompañarlo, de recostarse a su lado e intentar sentir algo de eso que el tan apasionadamente le contaba que sentía. Un día como si nada tomó su cámara y empezó de nuevo a sacar fotos a las gaviotas, a los lobos, los cormoranes, los barcos y a ese bicho raro que se obstinaba en permanecer tan cerca del mar escuchando sonidos que sus ojos no podían ver. 

Sabor a mar VI

Ella, no entendía de sonidos ni de composiciones musicales, solo miraba y lo dejaba hablar, esperando volver a la cama, para poder saborear ese aroma a mar que él desprendía de su cuerpo, que, como un  afrodisíaco perfume,  le despertaba sentimientos que nunca antes había sentido. Sabía a mar y ella, que acostumbrada a respirar esos aromas desde la distancia costera, de pronto se encontró sumergida en lo más profundo de esa existencia, que se le ofrendaba como un gran océano para navegar. 

Sabor a mar V

Ya en su casa, preparó un café que nunca llegaron a tomar. Él decía que no había una ola igual a otra, que en  el sonido del agua deslizándose entre las piedras, uno podía percibir una de las composiciones más hermosas que el oído humano hubiera escuchado jamás. Que había probado estar una hora escuchando y después dos, y tres y cuatro, hasta seis horas sin que se repita una nota igual. Que el director de esa gran obra, era seguramente alguien muy sensible, para construir esa armonía musical con agua y piedras.

Sabor a mar IV

Fue así como se encontró con él. Bueno, más que un encuentro, para ella fue casi como un rescate. Nunca le había prestado atención, hasta que vio como el mar subía y se acercaba hacia eso que parecía un cuerpo desvanecido en la costa, al que no le faltaba mucho para terminar siendo arrastrado por una ola. Fue la única vez que bajó hacía el mar. Corrió hacia él desesperada y cuando se disponía a zamarrearlo, la ola golpeo contra sus piernas y lo despertó. Él se puso de pie como si nada hubiera pasado. Ella se frenó de golpe pero ya estaba demasiado cerca como para evitarlo. Te puedo ser útil en algo le dijo, como para salir del paso y no quedar como una estúpida entrometida. No me vendría mal un lugar en donde secar un poco estos pantalones, dijo él, mientras una nueva ola terminaba de empapar sus pies. Vivo a dos cuadras de acá, si te parece, venite a casa y te secas un poco, ya se está poniendo frio y si te quedas ahí parado, lo menos que te vas a agarrar es una pulmonía, dijo ella, ahora un poco más tranquila.

Sabor a mar III

Ella lo mira desde la emplanada. No lo entiende pero lo acompaña. Lo observa como quien cuida a alguien en la distancia, como dejándolo hacer su juego. Ella no ve el mar, ni las olas, ni siente las vibraciones que él dice sentir. A ella si  le gusta ver a las gaviotas pescar, a los lobos marinos nadando por la costa, a los cormoranes que se posan sobre el muelle petrolero. También disfruta mucho el quedarse contemplando  los buques que esperan su carga cerca de la costa. Se pasa muchas horas, con su cámara fotográfica, registrando cada uno de esos momentos.

Sabor a mar II

Debe ser por eso que insiste en volver a esta playa, a esperar que suba la marea, a recostarse  y cerrar los ojos y sentir las olas que rompen muy cerca de él y  luego percibir ese deslizarse del agua en retroceso. A veces suele aparecer con las zapatillas mojadas, incluso con los pantalones salpicados con agua, porque se ha descuidado o  el mar lo ha tomado por sorpresa o simplemente se ha dejado acariciar por una de esas tantas olas que insisten en venir hacia él.

Sabor a mar

Las olas golpean suavemente la costa. El agua tapa las piedras y luego se desliza suavemente en retroceso. Hay en este movimiento como un contrasentido. Cuando la ola rompe sobre la costa el sonido es abrupto, suena como un cachetazo en la cara, te despierta y te obliga a prestarle atención. Cuando el agua retrocede, sucede todo lo contrario, el agua se filtra suavemente entre las piedras y el sonido es  tan relajante que uno puede pasarse horas tirado en la playa y perder noción del tiempo, del espacio y de uno mismo también.  Esto no pasa en las playas de arena, allí uno disfruta del mar, de sus olas, pero no hay nada parecido a lo que uno percibe cuando el agua retrocede en una playa de piedras.

Apuesta

No fue fácil. Lo viví casi como un tirarse a la pileta, sin ver antes si había agua. Pero lo hice. Me puse a trabajar y terminé un texto de los tantos que tengo escrito y lo mandé. Un par de semanas más tarde, miré el listado de participantes y los más de ciento cincuenta participantes me sorprendieron. Bueno me dije, ya está, por lo menos di ese pasó que tanto me costaba dar y mandé unos de mis cuentos a un concurso, no hay que hacerse ilusiones en esto de pensar que lo que uno escribe puede interesarle a alguien más. Y mi vida siguió su curso, hasta que un día, como si nada me llegó el mail que consignaba brevemente: “tenemos el enorme agrado de comunicarte que tu cuento " Apuesta " se hizo acreedor de una de las cinco Primeras Menciones del Certamen Palabras escritas – Palabras dichas El Escriba 2011, por lo que pasará a formar parte de una antología que reunirá a todos los que hayan obtenido mención.” Después vino el libro y los reconocimientos de la Editorial. Ya pasaron dos meses y recién hoy puedo sentarme a comparir la noticia.. Lo hago desde el lugar del agradecimiento, a mi blog y a todos los que de vez en cuando se pasan por él y me dejan algún comentario. Lo que completan ese proceso tan simple y tan complejo a la vez, que es escribir, esos que al leer nos dan esa sensación de plenitud que alimenta ese deseo de seguir escribiendo.

Planes

Ayer, después de un largo invierno, salí a mi patio. Preparamos una melga de tierra y sembramos papas. Acomodamos un poco los ajos, que ya asoman con fuerza. Limpiamos los cursos de agua de las vertientes para que el agua circule. Podamos algunos sauces que dan a la calle. Conectamos las mangueras de riego. Un día primaveral. Termino la jornada cansado, pero feliz. Mañana, me digo, voy a empezar a preparar los primeros plantines, seguir la poda de los rosales y comenzar a preparar el invernáculo para la temporada. Hago planes, confiado en que el invierno ya fue y que los días por venir, van a  tener la calidez que ha tenido esta jornada. Hoy, 20 de septiembre, me levanto temprano, corro las cortinas de la ventana y afuera, el señor invierno, me dice, aun estoy acá, no me ido, tus planes no son mis planes. Y si bien,  me sorprende el cambio, porque debo dejar mis planes de lado, no dejo de alegrarme, por esta nieve que cae lentamente y que muy bien le vienen a mis plantas.

Saber

¿Cuándo lo viejo pasará a ser antiguo? ¿Cuándo, el pasado se volverá  historia y sus fantasmas  dejaran de golpear a la  puertas de tus sueños?



Mensajes

La capuchina, parece desentendida del tiempo, sigue floreciendo y sus anchas hojas verdes se desplazan presumidas por el jardín. Ya es otoño, le dice mi álamo y le hace llegar, cotidianos mensajes en amarillas hojas que ella no quiere leer…



Ventana

Viniendo de Cachi hacia Salta, encontré está ventana, desde donde se puede apreciar el Parque Nacional Los Cardones y el Nevado de Cachi; el paisaje es tan imponente que necesité de este enmarcado para no desbordar emocionalmente.



Agüero

Es domingo, la tarde apenas comienza, afuera el sol entibia tenuamente la jornada y un pichón de Garza Bruja, hace una pausa frente a casa. Será solo una causalidad o traerá algún agüero...?



Elogio a la fertilidad…

Hay en el noroeste argentino, un amor y un respeto por la pachamama, que a uno lo atrapa. Es un amor religioso que se profesa cotidianamente, en las calles, entre los sembrados y en medio de las soledades más oscuras, siempre está ella. Es un amor que pide perdón por los maltratos a los que la madre tierra ha sido sometida y que agradece la eterna entrega, que da frutos y que alimenta de vida nuestra existencia.

Evadirse

Sumergirse en la realidad, puede -a veces- ser una manera de evadirse de ella..



Mensajes del tiempo

Voy subiendo, el paisaje conmueve por si mismo, no hay espacio ni distancia comparable, la soledad suma inmensidad y uno solo piensa en tocar el cielo con las manos. Ya estoy en lo más alto, no hay nada que me haga pensar que los más de cuatro mil metros de altura en los que me encuentro puedan exigirme algún esfuerzo adicional. Siento que ha valido la pena llegar hasta aquí, para ver este cielo y estos montañas, desde donde me siento distinto a todo lo que he sentido hasta aquí. Giro y de pronto la encuentro a ella, como aferrada a este paisaje, refugiada entre esas misma piedras en las que sus manos tallan imágenes ancestrales. Y no puedo, sino detenerme, parar, dejarme transportar a ese pasado que late en medio de la quebrada de Humahuaca.

Pancito criollo

Hay pancito criollo, me dice, venga acérquese, vamos a tomar unos mates. Cuando se camina por la calle principal de Corral Quemado, el perfume de los hornos de barro lo invade a uno y se activa de alguna manera esa memoria ancestral, que despierta recuerdos de tiempos remotos de una existencia –que por mas que no haya sido real- sigue como alojada en algún lugar de nuestra memoria. El aroma del pan asándose, el de las ramas de jarilla que se usan para cubrir la tapa del horno y ese gustito a copa que tienen los mates cebados, no se consiguen en otro lugar, para disfrutarlos hay que volver -aunque sea de pasada- a este remoto lugar en el norte catamarqueño.


Puertas cerradas

Encontré, en mi andar por Cachi, muchas puertas como esta, bien enmarcadas, prolijas y bien conservadas. Me puse a pensar cuantas historias habrá detrás de ellas. Me dieron ganas de golpear, para ver si alguien me atendía, pero no lo hice. Claro que uno ve el candado bien puesto de afuera y difícil que alguien pueda abrir de adentro. Debe haber sido eso, lo que hizo que no golpeara, la idea de saber que nadie real me iba a atender o el temor a despertar a algún fantasma, que seguramente espera que mi curiosidad me lleve a su encuentro.

Vueltas III

Vas a cobrar un sueldo por mes, le dijo su tío, libre de gastos, que se lo podes mandar a tu mujer. Pasaron tres años. Más de una vez pensó en traer a su familia con él. Pero las nenas son muy chicas y si bien la vida en el campo patagónico tiene cosas lindas, hay tiempos en los que el viento y el frio lo hacen todo insoportable.  Hoy,  como casi todos los días de mayo, el día pinta apacible. Frio si, pero con sol y sin viento. Siente el ladrido de sus perros y se levanta. Encenderá la cocina a leña con algunas brazas que quedaron de anoche. Se tomará unos mates. Preparará su caballo y junto a sus perros, irá hasta el puesto, en donde esperará a su patrón y al resto de la peonada. Las vacas viejas, los novillos y las vaquillonas que no están preñadas serán cargadas en el camión jaula  y llevadas al matadero. Las demás, volverán a la vega a pasar el invierno. Al final de la jornada, él pasará a buscar su bolso con algunas pilchas, cobrara su mensualidad y le pedirá a su patrón que lo pase a dejar en el pueblo. Allí comprará su pasaje de vuelta. Y cuando ya esté sentado en el colectivo, cerrará los ojos y agradecerá una vez más, que la vida tenga estas vueltas. 

Vueltas II

Mañana, cuando parta hacía su pueblo, en donde lo esperan su mujer y sus dos hijas, sabe que más de una noche no dormirá, pensando en ellos. Que a esa felicidad, que inunda su existencia, cuando vuelve a casa, después de tantos meses de trabajo en el sur, solo la perturba, ese temor de que a sus animales les pase algo. Que el invierno sea más duro de lo pensado. Que, como pasó en el 94, la nieve tape hasta los techos de los campos, sepultando todo y que los operativos de rescate se lleven a los hombres y mujeres, dejándolos por semanas solos. Es muy feo, eso de quedarse solo. De estar a la buena de Dios, piensa y la imagen de su familia vuelve a su mente ¿Cuanto tiempo anduvo él a la buena de Dios? ¿Cuanto tiempo lo aguantó su compañera viviendo- si se puede decir a eso vivir- con lo justo? Hasta que vino al mundo su primera princesa. Ya no podía seguir así. Rejuntando miserias para sobrevivir. No era eso lo que él quería y cuando parecía que la angustia lo terminaba arrastrando a lo más profundo de ese pozo del que no sabía como salir, surgió esta oportunidad. Un tío, que él no recordaba, lo mandó a buscar. Mire m`hijo, hay trabajo con sueldo y obra social, casa y comida y lo demás lo pone usted, le dijo. Y él, que se había pasado toda su vida en el campo, haciendo de todo un poco, lo único que no entendió fue la palabra sueldo. 

Vueltas

Hacía mucho frío. Hubiera querido quedarse un poco más entre las sabanas. Afuera, el sol, también se negaba a aparecer. Claro, ya estamos en mayo, los días se acortan y uno –entre el frio y la falta de sol- estira un poco su descanso. Afuera, todo está calmo. Los perros esperan en su refugio  que la casa despierte. Solo queda una jornada más de trabajo y ya podrá irse. Fueron cuatro días de duro trabajo. Juntar las vacas y llevarlas hasta el potrero, podría decirse que fue lo más complicado. No saben lo que es meterse en esa esta vega que bordea el río y en la que uno no sabe en que momento se hunde entre las bardas con caballo y todo. Pero es también lo que más se disfruta. Cabalgar entre estas soledades. Sin espacio ni tiempo que te imponga obligación alguna. Solo dejarse andar. Respirar bien fuerte a veces, para espantar la nostalgia. Para no dejar que ese vacío se llene de recuerdos. Para centrarse y no perder la chaveta, como dicen en el pueblo. Es ese, tal vez, el único esfuerzo que se le exige. Lo demás, parece ya programado. Su caballo, va y viene desde el casco de la estancia, como en automático. Y pensar que mi patrón, con tremendo GPS en su camioneta, más de una vez se ha confundido de huella y ha terminado dando vueltas, sin sentido, por el campo, piensa. Está orgulloso de su caballo, como lo está de sus perros. Cuando está solo con ellos, se siente como un rey. Su caballo y sus perros, están a su servicio. Lo hacen todo bien. Y él, como buen monarca, les corresponde también como debe ser. Buen alimento, un buen refugio, nunca exigirles más de lo que pueden dar. Confía en ellos y se siente querido por ellos.


Aproximación

Vamos a remar un poco, me dice y con eso alcanza. Buscamos los remos, los chalecos y bajamos caminando hacia la bahía redonda,. Allí nos espera nuestro canobote. El día pinta plomizo. No hay viento y eso en si es también una invitación a salir pasear por la bahía. Vamos hacia los caballos, que están pastando en la vega que se forma sobre el borde este, que da sobre el campo de doma. Remamos entre patos, flamencos, coscorobas, cauquenes y otros bichos que eligen este lugar para pasar el verano. Estos son los momentos en lo que me siento más pleno que nunca. En los que, el aproximarme tan amigablemente a la naturaleza, se vuelve una necesidad vital.

Safar

Cuantas veces te lo tengo que decir, le gritó, zamarreándolo de la chaqueta, no quiero verte nunca más jugando con esos atorrantes, que lo único que saben hacer es estar todo el día vagando por el barrio. Él, se mantuvo quieto. Conocía esa mirada y sabía que cualquier cosa que hiciera o dijera, podía desatar en ella una furia aún mayor. Si abría la boca,  era seguro que ella, se la tapaba de un cachetazo. Si intentaba safar de sus manos y salir corriendo, las consecuencias podían llegar a ser mayores. Ella, a pesar de los años, de que estaba un poco excedida de peso y que, de tanto fumar, se había ido quedando cada vez más lenta, era seguro que lo alcanzaba antes de llegar a la puerta. Y allí, al lado de esa puerta descarada por el oxido, colgando del perchero, entre los abrigos, había un cinto. Si, un cinto, de cuero y con una hebilla de bronce, bien gruesa, que ella conservó como único recuerdo, cuando su padre murió.  Y a él le dolía todo el cuerpo de solo imaginarse recibiendo una paliza con ese recuerdo paternal ¿Entendiste no?  Vociferó, acercando tanto su cara, que él solo podía distinguir sus ojos  y sentir que  literalmente le escupía sus amenazas en el rostro. Apretó los labios, se mantuvo en silencio, dejó que de a poco ella fuera aflojándose. Contuvo la respiración y el sonido del timbre llegó. Como la campana salvadora de los boxeadores que están al borde la knock out o como cuando no hiciste la tarea y suena, anunciando el final de la clase, justo antes de que estén por llamar. Porque él,  tuvo la suerte de llamarse Andrés Zurita y de que en su aula haya cuarenta alumnos que, cuando pasaban lista para entregar los trabajos, no tuvieron su misma suerte alfabética.  Esa misma suerte que ahora tocaba a tiempo el timbre de su casa y que la obligaba a ella a bajar los brazos, a aflojarse un poco, a tratar de recuperar la compostura, a mostrarse nuevamente gentil y buena persona, como la conocían todos en el barrio. A ser la mujer trabajadora, que se había quedado sola en la vida, que trabajaba y se ganaba el sustento y lo criaba a él, que se esforzaba para que siempre hubiera un plato de comida en la mesa y para que él tuviera una vida distinta a la de su padre. Andá al baño a  lavarte la cara y te pones a hacer la tarea, después vamos a seguir esta conversación, le dijo. Se acomodó un poco el pelo y fue a ver quien llamaba. El, entró al baño, cerró la puerta. Se miró al espejo. No necesita lavarse la cara. Estaba bien. Sus ojos se había acostumbrados a no llorar. Le pareció escuchar que ella discutía con alguien. En realidad, no discutía. Ella suplicaba, pedía por favor que la consideraran, que le dieran un poco más de plazo. Que entendieran su situación. Pensó en salir del baño para escuchar más claramente. Por un momento, sintió hasta un poco de pena por ella. El visitante se fue. La casa recuperó ese silencio, que ella cultivaba casi macabramente. Esperó unos segundos y no dudó. Apoyó sus pies sobre la tapa del  inodoro, abrió el ventiluz, acomodó su delgado cuerpo, giró sobre si mismo y se dejó caer hacía el patio trasero. Luego corrió. Sus amigos del barrio lo vieron pasar. Él, ya no volvería a jugar nunca más en esa esquina.