Dulce companía

Control

Es difícil de explicar. Si uno no lo vivencia. Si no lo siente en su cuerpo. Si uno, no duerme por esa sensación que lo invade que en cualquier momento se le vuela el techo. Resulta complicado tratar de hacer entender, lo que es, soportar un día completo de viento desplegando toda su energía a una velocidad superior a los 130 kilómetros por hora. Me obligó a permanecer en Río Gallegos, todo el santo día, a la espera de que se pudiera transitar. Pero contrariamente a todos los pronósticos, cuando la noche llegó, el viento no paró. Recién, a la madrugada, pude salir. Ahora estoy aquí, en casa, mirando la bahía que se ha evaporado y en la que –para mi sorpresa- ya no solo las aves eligen este lugar para empollar sus huevos y criar sus pichones, sino que, unas yeguas, se han puesto de acuerdo para traer al mundo a sus potrillos. Todo está en calma. El viento ya es historia. La naturaleza sigue su curso. Por suerte, pienso, hay cosas que el hombre nunca va a lograr controlar.

Sentido

Llevo varios días tratando de construir una imagen. Hay formas que se escurren como el agua de las manos, que no se dejan moldear, pero que están y que uno, a veces, hasta sueña con ellas. Cuando me pasa esto, suelo buscar en el silenció la oportunidad para tratar de ver mejor, para desentrañar el porqué de esa imposibilidad que me apabulla  Como si estuviera pescando. Si, creo que es eso lo que hago. Me quedo en la orilla de mi existencia, en silencio, mirando el mar, mientras imagino que de sus profundidades, vienen hacia mí, esas imágenes que necesito construir, para darle un poco de sentido a este tiempo que me toca vivir.


Destino


No podemos hacer nada por usted, me dice ella, mirándome con sus ojos cansados. Si quiere le tomo el reclamo y cuando la encontremos se la enviamos a su domicilio, es lo mejor, estamos desbordados y esto no parece que fuera arreglarse, me sugiere y yo, me sonrío, con esa risa del desconsuelo. Intenta consultar una vez por teléfono, pero esta vez no la atiende nadie. Agacha la cabeza, hace como si fuera a tomar nota en un formulario y se queda en silencio esperando. Pienso en preguntarle si es seguro que envían las valijas a domicilio, pero no puedo hacerlo, no puedo hacer ni decir nada, solo asumir que estoy varado en este aeropuerto y que –con o sin valija- mi destino como pasajero, es tan pasajero, que no está en manos de una aerolínea…

No habrá ninguna igual

La celebración del pasado puede ser una obstinada desestimación del presente. El tiempo hace pagar -cuando ya es definitivamente tarde- ese desprecio. (Una subjetividad que se inventa, Once,49)

Comentarios

Ya es tarde para volver… A veces algo superior nos puede y no podemos luchar contra ello.... Pues no vuelvas... Nada mas sanador que sentir eso de dejarse llevar! Y si es así, no hay necesidad de volver... ¿Volver adonde? Los riesgos de dejarse llevar... Pero... ¿querés volver? Sin permiso... igual que como te fuiste... regresa. Yo me dejo ir con tus imágenes.

Las palabras rebotan en su cabeza. Trata de darles un orden, un sentido, de aprovecharse de ellas para armar un camino que le permita salir del pozo emocional en el que se encuentra. Tal vez tenga razón Jasonia, se dice temerosamente, tal vez, ya sea tarde para volver. Siente el peso de los años sobre sus espaldas y es allí en donde esa idea de la fuerza superior, cuya existencia sugiere WinnieO, que nos puede y contra la cual no podemos luchar, adquiere una dimensión concreta y es allí en donde comienza a anidar la propuesta de Ariana de decidirse a no volver, pero no como una fatalidad o como imposición de un poder superior, sino simplemente como una decisión propia. Y es en ese momento en el que comienza a sentir que el aire que respira le despeja una poco la mente y reconoce que no ha sido tan malo eso de dejarse llevar, que –como dice Magah- algo de sanador tuvo en su vida y que no necesita volver. Gira el rostro, cansino y envejecido,  respira y contiene el aire en sus pulmones y vuelve a mirar para adelante. Puede entender los riesgos de dejarse llevar, que Candorosa le achaca, y no, dice, en realidad -Miralunas- no quiero volver, aunque me resulte tentadora la idea que aporta Sonia, de pegar la vuelta así como si nada, este, creo, es el momento de imitar a Mafalda y dejarme ir…


No sé

Me dejé llevar. No voy a negar que –aunque sea por un momento- creí en ella. Me tomó de la mano una tarde de esas en la que –aunque llovía torrencialmente- yo sentía el sol sobre mi piel. Debe haber sido el calor de sus manos, o la forma en que me miraba, o la firmeza de sus palabras. Me dejé llevar y a hora no sé como volver.

Todo

Ya va a volver, siempre hace lo mismo, ya va a volver, pensaba, mientras miraba el noticiero de la media noche ¿Adonde va a ir? Vació la tercera o cuarta botella de cerveza en el vaso y depositó la botella sobre la mesa ratona ¿Como va a decir que no pasa nada? ¿Acaso depende solo de mí? Y pensar que siempre me decía: vos sos todo para mi, mi amor, sos todo lo que tengo en la vida…


Nada

Estas molestas por algo, preguntó él. No, dijo ella y siguió tecleando palabras sin sentido en su computadora. El bajó el volumen del televisor. Me vas a decir que no te pasa nada, insistió, ya un poco molesto. Si, dijo ella, es eso, me pasa nada y estoy como cansada de eso, que ya no pase nada. El portazo hizo temblar al departamento y él solo atinó a subir el volumen del televisor.

Ángel

No se porqué lo hace. Siempre busca ir un poco más allá. Lo veo y me da vértigo. Envidio su espíritu aventurero. Se miraba y se veía como esos banderilleros que esperan a los aviones sobre la pista. Parada sobre la realidad, haciendo señas para que el tenga un aterrizaje perfecto. Siempre fue así. Recordó el día que se conocieron. El venía bajando de un cable carril y ella lo esperó con los brazos abiertos y lo ayudó al salir. Ella, lo miró y se dejó contagiar por la emoción que el transmitía al descender del cerro, él sintió que nada mejor podía pasarle – después de vivir una experiencia como esa- era encontrar un ángel con los pies sobre la tierra.

Soledad

¿Podes creer? Es todo para nosotros. Cuando me ofreciste un viaje a la soledad nunca hubiera imaginado encontrarme con algo así ¿Seguro que no va a venir nadie a sacarnos de aquí? No lo puedo creer, volvió a decir y él siguió en silencio, esperando que ella se cure de esa necesidad de hablar. 

Volar

Anda vos. Yo preparo unos mates y espero, dijo ella. Dale,  no es tan difícil como parece, contestó él, tratando de entusiasmarla. No, no, prefiero quedarme aquí, a ras del suelo. Yo no te niego a vos el derecho a volar de vez en cuando, pero no te olvides -que en una pareja- siempre es bueno que alguien tenga los pies sobre la tierra.

Rutina

No estoy convencido de lo que voy a hacer. Tal vez ese sea el problema. Algo me dice que esta vez debo esperar un poco. Terminó el café de un sorbo y se quedó mirándola a los ojos, como esperando que le dijera algo. No lo tomes a mal, pero estoy cansada de que siempre me salgas con lo mismo, dijo ella, con sus ojos puestos en la taza de café, mientras hacia girar la cucharita de un lado para otro –como endulzando- sin que ello tuviera sentido. Pensó en pararse, dejar todo, irse sin decirle nada, simplemente pararse y dejarla sentada sola jugando con su cucharita en la taza de café. Entonces ella levantó la vista, lo miró fijo a los ojos, como solía hacerlo cuando iba a decirle algo importante y agregó: está bien querido, no vayas, en club no te van a decir nada, en los cuarenta años de casados que llevamos nunca faltaste a la reunión de los viernes, es hora –creo- de que comiences a romper con tu rutina.

Caprichos

Es un capricho de la naturaleza, dijo la madre ¿Y nadie le dice nada? Preguntó la hija, acostumbrada a que la reten por caprichosa.

No lo pienses más

Caminó tres cuadras sin rumbo. Con un frío que penetraba en su cuerpo hasta los huesos. Encendió un cigarrillo y –casi como un reflejo- comenzó a toser. Si no deja de fumar su problema pulmonar puede complicarse, le había dicho el medico. Estoy en eso doctor, fue su respuesta, sabiendo que no estaba haciendo nada. Confió en usted, ya sabe que como paciente no ha sido el más disciplinado y que de nada sirven mis cuidados si usted no pone algo de esfuerzo. Escuchó resignado. Estaba en uno de esos días en los que –si no fuera por el frío- no sentía su cuerpo. El caminar lo aliviaba.  Cada tanto respiraba profundamente por la nariz y aguantaba el aire por varios segundos. De lejos se podía ver el vapor que desprendía por su boca. Volvió a toser. Apagó el cigarrillo. Se frotó las manos y sintió como si el sudor le flotara entre los dedos. Ya falta menos, llego a casa y me meto en la cama. Este, es el último invierno que lo paso acá. Pensar que vine solo por tres meses.

Plantado

Dijo que volvería. Que la esperara. Que su ausencia no se prolongaría más de lo necesario. Que no iba a dejar de pensar en él. Que todo lo que habían imaginado juntos –a su regreso- sería posible. El, imaginó la espera como una pausa en su existencia. Construyó para si un mundo en el que el tiempo no existía.  Alimentó la espera con todo lo que tenía hasta que devino en esperanza. En el barrio todos sabían que lo habían dejado plantado.

Olvido (Final)

Tranquilo mi amor. No hagas ningún esfuerzo. Todavía estas bajo los efectos de los sedantes. Cuando logró que sus ojos vieran claramente, quiso cerrarlos de nuevo. La sala era amplia. Con un brazo y una pierna enyesados, estaba como momificado. No logramos explicarnos que te pasó, dijo su madre, en un tono de reproche. Menos mal que fue contra un camión de mudanzas y que no hubo que lamentar victimas. Giró un poco la vista y la pudo ver. Su hija parada al lado de la cama. Eso lo alegró. Intentó hablar y ahí se dio cuenta de que una sonda ingresaba por su boca. Tranquilo mi amor, volvió a decirle su esposa. Todo va estar bien. Dicen los médicos que con rehabilitación en dos años podes volver a caminar. Las chicas del estudio te mandan saludos y dicen que te cuides, que en la oficina todo va a seguir funcionando como si vos estuvieras ahí. Nosotras ya nos tenemos que ir. Viste como son las terapias intensivas, quince minutos por turno y no dan un segundo de más. La doctora que te atiende es amorosa, me dijo que apenas pueda, te pasa a sala común, para que estemos más tiempo juntos. Todos han sido tan buenos. Para nosotras ha sido una prueba de fuego, pero acá estamos, más unidas que nunca. Viste esa frase que siempre usabas con los clientes de que ante una dificultad un tiene que buscar la oportunidad, bueno, creo que somos tus mejores alumnas. Esto que te ha pasado nos da la oportunidad de demostrarnos cuanto te queremos. Cerró los ojos lentamente y en su mente quedó como congelada la imagen de su madre, su esposa y su hija, abrazadas, con lagrimas en los ojos, junto a su cama.

Olvido XVI

Se vio llegando a la escuela de la mano de su madre. Esperando en el patio, mientras ella hablaba con la maestra. No se que va a decir tu padre cuando le cuente que vas a tener que rendir matemáticas, le decía, mientras caminaban rumbo a su casa. Es lo último que nos podes hacer, insistía ella, ante su persistente silencio. Todo lo que hacemos es pensando en vos, en que tengas una vida mejor. No te das cuenta lo difícil que está todo. Como vas a ser contador si andas mal en matemáticas. Aunque tu padre no te lo diga, el sueño de su vida es que un buen día su hijo –ya recibido- continúe la historia familiar del Estudio Contable, como lo hizo él con tu abuelo. Pero a vos se ocurre andar mal en matemáticas. No se como se lo voy a contar a tu padre. Mejor no le digo nada. Le voy a ahorrar una amargura. Voy a llamar a Marita para que te de clases de apoyo y seguro que recuperas. Levantó la vista y vio a su madre que lo llevaba como amarrado a su sudorosa mano y que no paraba de hablar.

Olvido XV

Pero la vida siguió igual, sin que nada lo hiciera pensar en que algo podía cambiar. La angustia le recorría el cuerpo mientras manejaba rumbo a la comisaría. Lo último que le podía pasar era esto, que por un olvido, le pasara algo a su hija. Albergaba en ella la esperanza de que un día rompiera el lazo que entre su madre y su esposa construían a su alrededor, dejando muy poco margen para que él pudiera intervenir. La idea de que su hija quedara atrapada en ese circulo vicioso que su esposa tan bien replicaba y que su madre arrastraba orgullosa, lo aterrorizaba. La idea del divorcio llevaba más de cuatro años dando vueltas en su cabeza. Estaba dispuesto a sacrificar su casa, el estudio, incluso a perder a sus padres, que nunca avalarían en él una decisión así. Pero no daba ese paso por miedo a perder a su hija. Voy a tomar ese pasaje y retomo dos cuadras más allá, por la principal, pensó y de un volantazo giró a la derecha, soportando el bocinazo del colectivero que justo iniciaba la marcha cargados de pasajeros. Puso tercera y aceleró. Lo último que alcanzó a ver –antes de impactar- fue un cartel pintado sobre la caja de un inmenso camión que decía Mudanzas Don Pepe.



Olvido XIV

Su madre, su esposa y su hija estaban de lleno metidas en su existencia. El, como un espectador de teatro a veces y otras simplemente como un asistente de utilería, veía desarrollarse un guión del que no participaba. Este domingo podríamos hacer otra cosa, le dijo una mañana, mientras desayunaban y ella –sin mirarlo- mientras le preparaba una tostada con manteca a su hija, contestó: ¿que estas insinuando? ¿Vas a dejar a tus padres solos un domingo? Ni se te ocurra, con todo lo que ellos hacen por nosotros. Su madre retiraba al mediodía a su hija de la escuela. Le preparaba el almuerzo. Le ayudaba con las tareas y la dejaba mas tarde en el instituto de ingles, de donde ellos la pasaban a buscar. Los sábados salían las tres juntas de shopping y casi siempre volvían tarde. Hoy vimos una hermosa película. No sabes lo caro que está todo. Nos encontramos con la esposa del Contador Gonzáles y tomamos la merienda juntos. Estoy tan cansada ¿Te preparo algo para cenar? El, tirado en el sillón,  cambió una vez más de canal. Apretó el botón del control remoto y por su mente volvió a pasar la idea de hacer clic en mute y de que ella callara. Hacer clic y que su vida cambiara.

Olvido XIII

Salida suspendida, decía el mensaje de texto que envió a sus amigos, luego de que su madre le dijera al oído: no vas a dejarla sola, justo hoy, en un momento tan especial. El cumpleaños pasó a segundo plano. Todo comenzó a girar de nuevo en torno a ella. Seguro que es nena, dijo su mamá y ella asintió. Su padre tenia dibujada en el rostro una sonrisa que el no le conocía. Se quedaron charlando hasta tarde los cuatro juntos. No hace falta que vayas a la oficina, dijo su padre, haciendo con ella una concesión que a él nunca le había otorgado. Estoy embarazada, no enferma dijo ella y todos sonrieron aprobando la ocurrencia. A al semana veinte, ecografía mediante, llegó la noticia de que sería una nena y su madre que los acompañaba a todos los controles, se puso a llorar de emoción.  Pensaron que se iba a desmayar, pero no, respiró profundamente, contuvo el aire en sus pulmones, levanto su mirada como mirando el cielo –aunque solo se podía ver el techo del consultorio- y dijo: este es un regalo de Dios, yo sabía que El, de alguna forma me iba recompensar y se confundió con ella en un fuerte abrazo.

Olvido XII

Cuando llegó a su casa, estaba todo preparado. La única diferencia con otros cumpleaños la aportaba su esposa. Junto a su madre, las dos paradas en la puerta, lo esperaban sonrientes. Feliz cumple hijo, dijo su madre y le entregó un regalo. Un hermoso pulóver, como las otras prendas que le acostumbraba regalar. Ella lo tomó del brazo y lo acompañó hasta la mesa. Todo muy simple. Una torta, con dos velas numéricas que destacaban los treinta años. Su padre sentado en el frente, se paró a saludarlo. Este gesto –que solo se daba para su cumple- era para él muy importante. Esto no va a durar más de una hora, se dijo para si mismo, después salgo y me veo con Martín y Pepe, que seguro me han organizado un festejo en serio. Sonriente se dispuso a cumplir con el ritual. Su madre encendió las velas. Su padre preparó la cámara fotográfica para dejar testimonio de este momento. Sopló las velitas de los treinta y todos cantaron el cumpleaños feliz. Después vino un silencio. Y ella se acercó lentamente. Llevaba algo en la mano. Pensó que le iba a  leer algo. Pero no. No era un papel, era un sobre, que ella entrego sonriente. Este es mi regalo para vos mi amor, le dijo y lo beso cariñosamente en la boca. Me lo confirmaron hoy, vas a ser padre.

Olvido XI

Faltaban pocos días para su cumpleaños numero treinta. Pensó, que tal vez, esta era una buena oportunidad para volver a encontrarse con sus amigos. Desde que apareció ella en su vida, todo había pasado a un segundo plano. Los festejos siempre los organizaba su madre. Invitaba a sus amigos y a medida que fue creciendo, la fiesta siempre terminaba en algún boliche del centro, en donde se daba permiso para mirar la vida desde otro lado. Probar a ser otro o –como muchas veces pensaba- probar a ser ese que nadie conocía, pero que celosamente guardaba en su interior. Estás desconocido, le decía algún amigo, al verlo divertirse con tanta naturalidad. Pero la fiesta terminaba y al otro día, aparecía de nuevo ese joven responsable, que religiosamente cumplía con todas las obligaciones: buen hijo, buen alumno, buen profesional, buen ciudadano…Después de la cena con mis padres, voy a salir a tomar algo con mis amigos dijo y ella, giró el rostro, cargó varias carpetas en sus manos, se puso de pie y caminado hacia la oficina que usaban de archivo contestó: Si querido, me parece que te va a hacer bien salir un poco. Esta es una buena excusa para encontrarte con ellos y volver a recordar viejos tiempos. Deben pensar que te tengo secuestrado. Dibujó en su rostro una sonrisa y se perdió entre los estantes cargados de biblioratos. 

Olvido X

Ese año pasó volando. Ella terminó la carrera. Fijaron fecha de casamiento. El ocho de agosto, es buena fecha, de paso nos ahorramos una fiesta y es el mejor regalo que voy a tener para mi cumpleaños, le dijo una tarde en el estudio, en donde comenzó a trabajar apenas recibida. A tu mamá le encantó el departamento y me dijo que estaba muy bien que sea de dos dormitorios, porque seguro que pronto se va a agrandar la familia. El, acompañaba el monologo de ella, casi sin hacer comentarios. De la alumna sencilla y tímida que un día levantó la mano en la clase para hacerle una consulta, ya no quedaba nada. En su casa, ella, con la complicidad de su madre, ocupaba todo el espacio familiar. En el estudio, con la complicidad de su padre, había comenzado a hacerse cargo de clientes importantes, clientes que él alguna vez creyó que –con el paso del tiempo- iba a heredar, pero que ahora, ella tomaba sin que medie explicación alguna. Una mañana fría de agosto, se casaron. Muy pocos invitados. Sus tíos de Entre Ríos no pudieron viajar. Están complicados con la siembra, dijo ella, seguro que apenas puedan van a venir a conocerte. Después no se habló más de ellos. Ni de nada que tuviera que ver con su pasado. Una vez, hablando de sus amigos de la secundaria, le preguntó si no tenía fotos de esos tiempos, de sus amigas o amigos de la infancia. Y ella, cruzándole el brazo por la espalda, le dijo muy suavemente al oído: mi amor, yo voy a ocuparme de mi pasado cuando no tenga futuro.

Olvido IX

Que suerte que tuviste hijo, esta chica es lo mejor que nos pudo haber pasado, dijo su madre, mientras le servía el desayuno. La veo y no puedo dejar de pensar que Dios está haciendo justicia conmigo, agregó y se quedó parada a su lado, mirando al techo. Sus ojos –casi lagrimeando- reflejaban ese estado, entre tristeza y felicidad. Tristeza que acarreaba desde ese día que volvió de la clínica -adonde fue a internarse para que naciera su hermanita- con las manos vacías. Nadie explicó nada. El, con sus ocho años, tenía ya muy claro lo que era un embarazo y nunca le explicaron lo que realmente pasó. El tampoco se animó a preguntar. Tristeza que la acompañó durante todos estos años, hasta que apareció ella. Ahora todo parecía distinto. Sos como una hija para mí, le dijo su madre una tarde de domingo, mientras tomaban el te y ella, sonrió y –como completando un cuadro- aseveró: y ustedes son como los padres que el destino me quitó. Y todos sonrieron. El, que en todos estos se la pasó pensando en como salir de esa estructura familiar tan rígida, sentía en estos momentos que estaba más atrapado que nunca. Ella, con esos gestos tan familiares, lo tenía confundido, era como la hermana, que él se había quedando esperando hace más de veinte años.

Olvido VIII

Después, todo pasó muy rápido. Cuando pudo enfriar la cabeza, ella ya estaba sentada en la mesa de su casa. Su madre preparaba el almuerzo. Su padre leía el diario. El, nada, solo trataba de explicarse que había pasado. Como un trampolín, la vida no le había permitido detenerse ni un minuto a pensar. Ella, lo esperó –una tarde- en su departamento de veinte metros cuadrados en el barrio de caballito. Lo nuestro va a ser para siempre le dijo, con un convencimiento, que él, solo pudo mover la cabeza, confirmando lo que parecía indiscutible. Quiero terminar mi carrera, me falta un año, recibirme y después nos casamos, formamos una familia y no nos para nadie, insistió ella. El, la recorría con sus dedos por la espalda y cuando iba a esbozar uno de sus tantos pensamientos, ella lo interrumpía con alguna de sus tantas certezas. Quiero conocer a tus viejos. Mis tíos se van a poner muy contentos cuando les cuente. Un año pasa rápido y ahora que vos vas a estar conmigo, estudiar me va a resultar más fácil. El no  había pensado en casarse, ni en llevarla a su casa, ni se le cruzaba por la cabeza en conocer a sus tíos, pero asentía, cada comentario de ella. Mis padres fallecieron cuando yo tenía ocho años, dijo ella, mientras buscaba la forma de hacerse un bocado de los tallarines caseros que la madre de él preparaba todos los domingos como un ritual religioso. Fue en un accidente de transito, cerca de Colon, chocaron con un tractor. Nadie la interrumpía. Me criaron mis tíos, a ellos les debo todo, son muy buenas personas.

Olvido VII

¿Hola? ¿Con el profesor Bardacci? Si dijo él, que no le gustaba que le dijeran profesor y que no atendía llamadas no identificadas, pero que  esta vez –por que ya estaba cansado del reposo médico- atendió y aceptó que le cambiaran el titulo que tanto le había costado lograr. Disculpe que lo moleste, dijo ella, es que… Sintió como si una bocanada de aire invadiera sus pulmones. Llevaba tres días en cama, en los que la fiebre lo había tenido al borde del delirio. Respiró fuerte por su nariz, para darse cuenta que no estaba imaginando lo que pasaba. No, no es molestia. Es que… Se acuerda que le dije si podía llamarlo, dijo ella. Si, dijo él y trato de disimular el temblor que recorría su cuerpo. Quedaron en verse en un café sobre Coronel Díaz y Paraguay. Ella llegó –más abrigada de lo que él la había soñado- abrazando sus carpetas. Lo saludo como si nada hubiera pasado. Pidió un café con leche, dos medias lunas y un jugo de naranja exprimido. El, endulzó su café con sacarina y se quedó contemplándola. Pensé que no iba a atender mi llamada, dijo ella. Pensé en que no me ibas a llamar nunca pensó él, pero sus labios no se animaron a pronunciarlo. Es que estuve un poco resfriado, contestó.  Después ella sacó sus  apuntes y él se ocupó de aclarar las dudas acerca de Teoría y técnica impositiva II.


Olvido VI

Ella miraba por la ventana. Los rayos iluminaban su rostro y dejaban ver su silueta debajo del camisón blanco. El permanecía sentado en su cama. Su cuarto, en el que había pasado toda su vida, conservaba cada uno de sus recuerdos. Un par de escarpines, que su madre colgó un día en la puerta. El disfraz del hombre araña desplegado sobre una de las paredes. La patineta, que tanto le gustaba usar y con la que un día –al derrapar sobre una cornisa- terminó con un brazo quebrado. Allí estaban, como testimonio de cada momento importante que le había tocado vivir. Todo siempre ordenado, aún hoy -cuando ya había cumplido veintiocho años- por su madre. Ella sonreía. Como agradeciendo el momento que estaban pasando. El, no podía dejar de pensar en como explicarle a sus padres, quien era esa desconocida que ocupaba –casi desnuda- su cuarto. Entonces sintió que llamaban a su puerta ¿Estas bien hijo? Preguntó su madre. Y despertó. Miró a su derredor y todo estaba como si no hubiera estado soñando, todo igual, menos ella, que ya no estaba. Que insistía en aparecer en sus sueños, como una pesadilla que el disfrutaba. Estoy bien mamá.  Creo que tuve un mal sueño, mintió y se dijo que no iba a poder seguir viviendo así.

Olvido V

La primera en notar el cambio fue su madre. Parece que tu hijo está noviando, comentó una mañana, mientras le servia el desayuno a su esposo. Y él abrió el diario y sin hacer ninguna acotación, se sumergió en las noticias del día. Los tres meses pasaron como si nada. Un buen día, dejó la clase y todos los alumnos le agradecieron su paso por el aula.  Uno a uno lo fueron saludando. Ella esperó hasta el final. Se acerco lentamente, como midiendo cada paso. Extendió su mano, que el tomó tímidamente y mirándolo –como solía hacerlo siempre- a los ojos, le susurró: ¿cuando no entienda algo, puedo molestarlo Contador? Cuente conmigo, para lo que necesite, aunque usted es muy buena alumna, no creo que vaya a necesitar de mi, pero anote mi teléfono por favor y no dude en llamar si considera que hay algo en lo que pueda ayudarle. Si me devuelve la mano, voy a poder anotarlo, dijo  ella y dibujó una sonrisa en su rostro. Disculpe, dijo él -casi sin poder soltarle la mano-  es que, estoy un poco emocionado, ustedes han sido muy buenos alumnos. Metió sus papeles en el maletín y dejó el aula.

Olvida IV

Cuando le ofrecieron la suplencia en la Facultad de Ciencias Económicas, primero pensó en decir que no. Nunca se interesó en la enseñanza. El que sabe, sabe y el que no enseña, repetía, casi como una muletilla, cada vez que le preguntaban porque no daba clases. Sus notas -siempre destacadas-  su buena relación con el decano y el respeto que el apellido de su padre imponía en el medio, eran toda una carta de presentación. Pero no, no se veía frente a una clase impartiendo conocimientos contables. Se sentía muy cómodo trabajando en el estudio de su padre y nadie discutía que con el tiempo todo iba a quedar bajo su mando. Me lo pidió de favor el decano y es solo por tres meses, se justificó cuando tuvo que explicar, que ese día, se retiraba más temprano de la oficina. El Contador Bardacci va a tomar por estos meses la cátedra de Finanzas de Empresas, es un profesional recibido en esta casa con todos los honores, así que descuento que todos van a saber sacarle provecho, dijo el Decano y lo dejo frente a una docena de jóvenes alumnos. Ella lo miraba con especial atención, con la mano sobre el mentón y los anteojos casi sobre la punta de su nariz y esos ojos que no solo miraban sino que se dejaban ver. Alguna consulta sobre el tema preguntó y ella como si lo hubiera estado esperando, levanto la mano y con una voz suave pero muy firme se dejó escuchar; yo profesor. Contador señorita, aclaró él y sintió una turbulencia hormonal que atormentaba su cuerpo.


Olvido III

Llevaban ocho años de casados. Laura nació una madrugada de noviembre. A pesar de las insistentes propuestas del obstetra, no hubo cesárea. Si voy a ser madre, necesito saber lo que es parir, decía su esposa, ante cualquier insinuación de programar una cirugía para facilitar el parto. Sentado frente al ecodoppler, él se limitaba a asentir todo lo que le decían, como si entendiera algo. Mire como mueve la cabecita, esas son las piernas, ahora parece que saludara, va a ser una niña hermosa. Todos comentarios que su esposa disfrutaba, pero que a él no le resultaban significativos. Estaba ahí, casi se podría decir por protocolo. Vivía cansado. Su mujer dejó de ir al estudio contable al tercer mes de embarazo y él tenía que cargar con todo. No era fácil mantener a los clientes conformes. No había plata que alcance. La decisión de armar el estudio propio, nunca lo había terminado de convencer. Pero su mujer insistió tanto que no le dejó alternativa. Después vino la noticia del embarazo. La felicidad de su esposa era tan desbordante, que se dejó contagiar y pudo –no son esfuerzo- disimular su sorpresa. No era algo que estuviera planeado. En los dos meses de casados, nunca había conversado con ella sobre tener hijos. Equivocado, él suponía que se cuidaba. Pasaron muchas noches y él nunca se decidió a preguntarle por las tabletas de pastillas anticonceptivas que ella siempre dejaba sobre la mesita de luz.

Olvido II

Arrancó el auto. Puso marcha atrás y dio un volantazo para que gire. Salió tan apurado, que recién cuando asomó en la calle y miró hacia los costados para ver si tenia el paso libre, se dio cuenta de que no le había dicho nada a su esposa. Mejor así, pensó, la llamo desde la comisaría, no tiene sentido que venga conmigo. Unas quince cuadras lo separaban de la seccional segunda. Los autos se cruzaban en zigzag, el transito era un caos, cada semáforo una eternidad. El estomago comenzó a hacérsele un gran nudo. Por momentos le faltaba el aire. Bajó un poco el vidrio y el aire frío lo alivió un poco. Adonde aprendiste a manejar pelotudo, le gritó un tipo desde una camioneta todo terreno. Frenó, lo dejó pasar, por un momento pensó que se lo llevaban puesto. Otro semáforo. Creyó verla cruzando la calle. Sintió la angustia que le recorría el cuerpo. Como no se había dado cuenta de que ella no los había llamado. Era lo único que tenían. Más de una vez, si no fuera por su pequeña hija, las discusiones con su esposa hubieran terminado de otra manera. 


Olvido

Acostumbrada como estaba a manejarse sola, dejó la clase de ingles y caminó por las calles de la ciudad sin un rumbo cierto. Lo hacia de vez en cuando. No les gustaba quedarse fuera del instituto esperando que algunos de sus padres pasaran a buscarla. Caminaba y mandaba mensajes de texto. Voy por San Martín. Ya pasé la plaza. Entré al kiosco de la esquina. Sus padres también estaban acostumbrados a esto. No les extrañaba encontrarla a tres o cuatros cuadras del instituto. En sus trabajos, tomaban nota de que había que pasar a buscarla, cuando llegaba el mensaje de texto. Hoy te toca a vos le decía él y ella –un poco rezongando- buscaba la llave del auto y salía de la oficina. Ese día no llamó, no mandó ningún mensaje. El cierre de la auditoria del principal cliente del estudio los tenía muy atareados. Pensó en detenerse. Miró para atrás, para ver si el auto de sus padres aparecía. Tomo el celular y recién ahí se dio cuenta de que su mensaje no había sido mandado. Intentó llamar y la voz de la operadora la anotició de que no contaba con crédito para hacerlo. La tarde era fría pero apacible. La gente pasaba a su lado sin prestarle atención. Fue entonces cuando lo vio. Apoyado en la pared de un negocio al otro lado de la calle. Manos en el bolsillo. Las piernas cruzadas. Con una ligera sonrisa en su rostro. Por un momento pensó en que le conocía, pero no. Intentó disimular su soledad. Empezó a caminar. Volvió su mirada para tratar de ubicarlo y él ya no estaba. Es de la policía contador, dijo la secretaría cuando transfirió la llamada. 


Tormenta

Me cuesta encontrar la ruta. Estoy como detenido en el tiempo. Atrapado en una inmensa manta blanca. La sensación de no ir hacia ningún lado me invade y debo esforzarme para que el vértigo no se apodere de mí. El transcurrir monótono va minando mis esperanzas de salirme, de que el clima cambie, de que amaine el temporal en el que terminé atrapado. Bajo un cambio. Me olvido de pensar en ese futuro, por ahora tan incierto. Se que voy a pasar este momento. Más por intuición que por certeza, sigo deslizándome sobre la huella. No es la primera ni la ultima tormenta que me toca atravesar. Se que depende mí y que puedo como nunca volver a confiar en lo que puedo dar. Mañana, me digo, voy tener que contarle a alguien esto.

Cambios

Siempre dijo ser el amor de su vida. Tal vez por eso lo dejó. No estaba preparada para vivir un amor en bajada.

Oveja negra

Es difícil no sufrir, no sentir la distancia con los demás, no pensar en el por qué te ha tocado a tí este camino de soledad ¿Cual es el precio que se paga por ser diferente?, por no confundirse entre las majadas de ovejas blancas, por distinguirse entre tanta uniformidad. Hay días en los que, en sueños, me veo correteando entre el montón, pero al despertar, vuelvo a mi realidad. Es ahí cuando me digo: acepta tu destino, haz tu propio camino, vale pena intentar ser uno mismo.

Regalo

Levantarse. Correr las cortinas. Esperar el amanecer. Poner la pava. Encender la computadora. Sentir que el invierno se acerca. Las luces de la ciudad aun sienten la noche. La nube que juega a quedarse. La luna que agradece a esa oscura realidad que le permite seguir iluminada en el horizonte. Los primeros mates me sacan el sueño. No pierdas nunca la capacidad de contemplar y asombrarte de las pequeñas cosas que te regala la vida, me dijo un amigo una vez. 

Marea baja

Me encanta estar en tus costas viendo a las aguas bajar. Tirar piedras que rebotan -haciendo sapito- y resisten por un segundos antes de sumergirse en el mar. Dejar que los sonidos de tu oleaje -al mezclarse entre las piedras- me relajen. Me gusta sentir que tu encanto me embriaga y dejarme soñar.

Erosionado

Pensar que en mi memoria llevo el registro de estos muros recién construidos. Cuatro décadas mas tardes, parecen haber envejecido. Ya no pueden disimular las consecuencias que en sus paredes dejan los vientos patagónicos. La erosión progresiva va dejando las hileras de bloques sin juntas que las sostengan. Se me ocurre pensar,  que representan de alguna forma las otras construcciones que fuimos haciendo a lo largo de nuestra corta vida. Un testimonio de cómo la intemperie social -que nos caracteriza a los sureños- puede desgastar hasta las voluntades mas sólidas.

Partir

Me fui del mar a la cordillera. Dejé sus costas saladas en las que crecí, para asentarme frente al dulce oleaje lacustre. Me fui sin saber como sería volver. Volví sin saber que parte de mi sigue aquí, que nunca partió.

Paciencia

Se necesita tener paciencia y ganas de mantener el fuego constante, me dice y levanta con sus dos manos la bota de vino con la humedece su garganta. Si hay mucho fuego, corres el riesgo  de que se queme por fuera y quede crudo por dentro. Arrima un par de leños que encienden lentamente. Hay que estar atentos y no descuidarse. Mientras gotea grasa de los garrones la cosa va bien, pero no puedes confiarte. Como con las mujeres, si no le das un poco de calor, puede que te quedes solo con la mesa puesta.

Cielo de otoño

Miro el cielo de otoño y me queda claro que es de otoño, no por el cielo mismo, sino por las hojas amarillas de los álamos. Debe ser esta –de todas las estaciones- la que más me contagia de nostalgia. La que me dispone a caminar más lento. A contar mis pasos. A intentar demorar, de alguna forma, que el otoño me llegue a mí. Pero es  también, la que más me calma. La que me permite contemplar -sin prejuicios- la belleza de este cielo.


Conservar

Todo lo que alguna vez imaginé, me parece poco. No se si será el paisaje de fondo o el frío otoñal que acaricia nuestras almas, pero no recuerdo haberte sentido tan cerca. No necesito trinar. No necesito volar. Quisiera –tal vez egoístamente- conservar de alguna manera este momento. Detener el tiempo. Darle a mis sentimientos una tregua. Despejar las angustias que el futuro siembra en mí, para pensar -por un instante- que esto puede ser siempre así.

Pasado

Horno da barro, confundido en la montaña, disimulas tu existencia. Te mantienes aferrado a la tierra que te dio vida. Los  fantasmas de un pasado que resiste, juegan en tu interior y llaman al fuego que te enciende para alimentar esperanzas...

Barrer

Es temprano. La ciudad está convulsionada. El rally comienza a atravesarla. El mundo sigue -por todos los medios- el transcurrir de la carrera. Parece imposible estar ajeno a un acontecimiento de tanta magnitud. Ella, no ha sido anoticiada o no ha querido enterarse. Barre la vereda pausadamente. Su ritmo, se acopla al paisaje. No barre, es como si danzara o como si esa escoba se prolongara en sus manos para acariciar a la madre  tierra.

Resuelta

Daba vueltas y vueltas. La seguía muy de cerca y ella siempre hacia como si no le interesara. El, imaginaba que un día –así como si nada- sus ojos le entregarían toda su mirada. Ella, más natural, ya sentía la proximidad del invierno y preparaba su partida hacia lugares más calidos. Acostumbrada a su cercanía, sentía que su existencia ya estaba resuelta.

Certeza

¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.  

Metáfora

Se respira naturaleza. Camino entre los nogales y me dejo arrullar por el canto de los pájaros. Cada paso que doy me impulsa con una energía que en pocos lugares he percibido. Hacia fondo las sierras de los comechingones se muestran con todo su atractivo. Doy unos pasos más y sin previo aviso estoy en medio de un lugar que  me obliga a parar. En mi cabeza dan vuelta imágenes que buscan palabras y siento la necesidad de parar porque siento que esas palabras están a mano en este preciso lugar. Busco entre el follaje un lugar para sentarme y trato de imaginar el momento en el que tantas voluntades sintieron lo mismo que yo y decidieron ponerle nombre a esa extraña costumbre de los hombres de juntar palabras para dibujar sentimientos. La Plaza de los Poetas puedo leer. El paisaje que se observa podría ser una metáfora de cómo –a pesar de la maleza- la escritura sobrevive y crece.

Dudas

El teléfono sonó un rato después de que la ambulancia se llevó al abuelo. Necesito hacer una consulta, dijo el médico que recibió al paciente. Si lo escucho le dije, a pesar de que mi función era solo administrativa. El cuadro es muy complicado, perdió mucha sangre y su hígado está muy dañado. En síntesis, podemos intentar hacer algo, pero con muy pocas probabilidades de que sobreviva. Lo escuché con atención y pregunté que podíamos hacer. En principio derivarlo, me dijo, para lo cual me tienen que dar la autorización y hacerse cargo de los gastos. Por eso nos llama doctor, pregunté. No, no, contestó un poco nervioso, mi duda es si realmente vale la pena destinar la poca plata que ustedes manejan para lo que parece un caso perdido, dijo y no agregó nada más. Fueron algunos segundos en los que a mi mente vino la imagen del interno. Tipo mañoso, complicado y que poco hacia para entenderse con los demás abuelos. Prepare tranquilo la derivación contesté, ya le acerco la autorización y colgué. Un par de meses después, entró al hogar de ancianos caminando, con muchos kilos menos y una sonrisa que –hasta ese momento- no le conocíamos.