Dulce companía

Antología suicida

Esta antología de cuentos es apenas una muestra breve del trabajo realizado durante ocho meses en el grupo “Los suicidas” del primer año de la Escuela de Escritura Online de Casa de Letras. A partir de consignas de escritura, los integrantes del grupo fueron elaborando ejercicios narrativos que, en algunos casos, terminaron siendo cuentos de buena factura. Estos ocho relatos son una muestra de eso. Para leer entrá en Antología suicida!!!

Espera

No esperes nada, me dijo, en un tono que sonó a sentencia. La espera es un artilugio que te suspende como quien congela una imagen. Deja que las cosas pasen, que el devenir vaya imponiéndote el ritmo que tu existencia deba tener. Prueba olvidarte del tiempo y olvidarte también, en algún lugar, tu agenda, tus obligaciones y tus esperas. Si al hacerlo, sientes vértigo, respira fuerte, contiene el aire en tus pulmones y disfruta -por esos mínimo segundos- de eso que, simplemente está ahí, y que no espera.


Lo que no te mata

Me temblaban las mandíbulas. No lo podía controlar. Podía sentir el traqueteo de mis dientes rebotándome en la boca y  nada podía hacer, salvo esperar a que pase. No era miedo, ni nada que se le pareciera. Tal vez un poco de impotencia o de bronca contenida. Que jodido es  cuando el que te tiene que cuidar te agrede. Lo inesperado. Lo impensado. Por suerte pasa y uno siente algo de eso que te dicen cuando aseguran que lo que no te mata te fortalece.


Plata

Ansiedad de mí, siento, dijo la chica que atiende la panadería mientras envolvía las medialunas. De no poder encontrarme. De terminar con mi existencia desparramada en la cama como si fuera una frazada que no cubre a nadie ya con su calor. Son veinte pesos, dice y se queda esperando que busque en mi bolsillo la plata para pagarle.

Entender

Hagamos como si fuera un juego. Aflojémonos un poco y pensemos en cualquier cosa. La vida está resultando bastante complicada como para tomársela en serio. Y encima, si te pones serio, puede que con ello solo la estés arruinando un poco más ¿Qué no me entiendes? Bueno, el no entender puede ser un buen síntoma. Puede hacer bien el no entender o por lo menos el aceptar que hay cosas que escapan a la comprensión de uno. Yo a veces tampoco te entiendo, pero hago como si nada.


Distraída

No te preocupes, dijo, ella suele andar así, como distraída de esta vida. Uno puede ir dando clarinadas como tero y ella hará como nada. Hubo un tiempo en el que tuve la ligera sospecha de que algún problema la acuciaba o que –tal vez- acarreaba alguna sordera o miopía de niña que le impedía darse cuenta de mi estruendoso pasar. Pero no, nada de eso parece ser. Dijo esto y se quedó pensativo, refregándose el mentón con la mano, con la mirada un poco triste de quien arrastra una nostalgia de esas que ya pintan a melancolía.  


Vivo

Demasiada controlada tu vida, me dijo, con esa voz que casi parecía un susurro. Tienes que soltarte un poco, dejar que las cosas pasen, soltar amarras sin tener que andar hurgando en los pronósticos que anticipan tormentas. Las tormentas más bellas, las que más nos enriquecen, son aquellas que no esperamos, que no sabemos que vendrán, que nos toman por sorpresa. Ahí se aprende en serio a vivir, insistió, ahora con un tono más imperativo. Eso sí, dijo, ahora en un tono más reflexivo, ten en cuenta que la mejor tormenta es aquella de la que sales vivo.   


Letra por letra

¿Cómo haces para escribir tan bien? le  pregunté mientras repasaba esos textos escritos en un ajado cuaderno que funcionaba como bitácora de viaje.

No es muy complicado, dijo,  lo hago como todo el mundo: letra por letra.


La seguí

No te olvides de salir, dijo, en un tono que sonó a sentencia. No podes vivir encerrado leyendo. El mundo no está en los libros, el mundo está afuera y el afuera te exige salir, insistió. Pensé en contarle de un hermoso viaje que había hecho leyendo una novela de la Restrepo, que había estado en otro país, con otros paisajes y otras gentes, que ella –en su afán de andar afuera- jamás conocería, pero desistí de hacerlo. Preparé el termo, la mochila –metí dos libros sin que se diera cuenta- y la seguí.


Siento que volví

Ahora estoy bien, me dice, me estoy recuperando, puedo hacer lo que quiero, atenderme a mí. De tanto cuidarlo a él me estaba yendo también yo. Ahora siento que volví. Comer lo que me gusta. Salir a caminar. Mirar el sol que a veces se asoma en medio de la tormenta. 


Soñar

Puede ser solo un intento. Quizás el último de los tantos que hice en esta búsqueda de lo que parece inhallable. No lo hago con esa voluntad de quien se anticipa derrotado. Tampoco con la fuerza de aquellos tiempos en los indagaba con pasión. Voy tanteando en la oscuridad, sintiendo en mis manos las formas de lo irreconocible, ya sin el temor de otros tiempos en los que me estremecía ante lo desconocido. Las yemas de mis dedos presienten una vibración que mi memoria transforma en imágenes. No es un sueño, no. O por lo menos eso creo en este momento.


Sin fe

Me sentí como la pieza de un rompecabezas que nunca fue armado. Desencajado, lejano, esperando –ya casi sin esperanzas- que alguien encuentre ese encastre que me permita sentir lo que es estar con otro. Me sentí como quien llega, en un viaje sin sentido, a un lugar equivocado. Por un instante me sentí en el tiempo de los que no tienen tiempo, vacío, como sin fe. 


Puedo

Puedo esperar. Dejar que el día siga su curso. Darle la espalda las urgencias que golpean mi puerta. Olvidarme de los días que vendrán y de los que se fueron sin más. Puedo hacer como si no estuvieras tan presente en mis pensamientos. Sentir, aunque sea por un instante, que no hay nada más que ese retumbar de mi corazón que marca el ritmo de mi existencia.


Sin sentdo

-¿Qué haces?, dijo,  en un tono que sonó amenazador.
-Nada, respondí, solo estoy tratando de darle un sentido a las palabras.
-¿De dónde sacaste esa idea de darle sentido a las palabras? Las palabras no necesitan que le des sentido, las palabras tienen o no tienen sentido.

Arranqué despacio la hoja del cuaderno, con mis manos temblorosas hice un bollo con ella y la tiré en el tacho de basura.


En medio de la tormenta

No hay un puerto seguro donde amarrar la conciencia. La deriva no es tan mala como la pintan. La tentación por llegar a tierra firme puede resistirse. Desanclar tu existencia tal vez sea algo más que una necesidad, tal vez, no tengas otra alternativa. No hay vientos que soplen a favor...

La dejo que siga hablando. No hay prédica que se arraigue en mí cuando estoy en medio de la tormenta.

Tierra

Cuando pongas tus pies sobre la tierra, recién ahí, tus cosas van a empezar a funcionar, me dice mientras hace girar la cucharita en la taza de café como si lo estuviera endulzando. Pienso en decirle que puede que tenga razón, pero que aquí, en medio de esta mole de cemento, tengo pocas probabilidades de  encontrar un espacio en el que decidirme a aterrizar mí existencia.

Te vas

La realidad se ha vuelto tan difusa, tan poco palpable, tan artificial, tan producto de tanta herramienta tecnológica; que a veces, prefiero zambullirme en esta soledad lacustre, quizás con las esperanza de encontrar en ella algo que alimente este desesperado deseo de experimentar algo más real. Pero vos, hastiada de tanta reflexión sin sentido, simplemente te vas. 


Distancia

Me acostumbré a tomar distancia. No como nos enseñaban en las escuela cada vez que formábamos fila. No para evadirme de la realidad que muchas veces me apabulla con mensajes indescifrables. Ni siquiera como un ingenuo intento de alimentar ese sentimiento ermitaño que me acosa en las mañanas de invierno. Si, creo, por esa rara necesidad de querer –con mi limitada mirada- abarcarlo todo.


Andar

Tengo la impresión que estás buscando en el lugar equivocado. No voy a negar que el verte tan cerca me inquieta un poco, que despierta en mí un raro recuerdo de esos tiempos en los que me sentía –como tantos otros- tan vulnerable que tu sola presencia nos auguraba el peor final. Pero eso es solo un recuerdo, no voy a dejar que perturbe este andar desinteresado que tanto me ha costado encontrar.


Espera

Despacio, me dijo, debes ir más despacio. Este invierno pronto dejará de estar entre nosotros y tus piernas entumecidas irán de a poco recuperando el ritmo. Me dijo eso mientras encendía unas ramas secas en la salamandra. No tiene sentido apurarse ahora, dijo y dejó que su cuerpo se acomodara lentamente en la reposera. Lo miré con los ojos bien abiertos, como tratando de abarcar toda esa existencia en mi mirada. El cielo seguía encapotado. No he podido acostumbrarme a eso de vivir los momentos como una espera.


Migrar

Cuando deje de volar por necesidad y comience a volar por placer, seguro que se van a dar cuenta. Cuando deje de volar y decida a permanecer en este lugar, decidido a soportar en soledad la intemperie del que deja la bandada, seguro que nada ni nadie se conmoverá.


Hay días...

Hay días en los que el tiempo se me escurre de las manos, que cada minuto pasa como pasa el viento, que termino la jornada como si nada significativo me hubiera pasado y hay días en los que cada segundo es un milagro.

Imagen

Despreocupado, silencioso, como sin rumbo. Acostumbrado a transitar sin brújula mí inexplicable existencia, a permanecer cerca de la costa pero sin sentirme tentado a amarrar mí destino a sus pobres matorrales. Así anduve un tiempo que no puedo mensurar por esa loca costumbre de no tener calendario. La deriva fué mi seguridad. No lo esperé, ni siquiera pude imaginar que una fría mañana de invierno iba a quedar congelado en esta imagen que habla más de lo que fui que de lo que añoraba ser.


Desconfiado

Me dice que tengo que ser más desconfiado, que actuando así como lo vengo haciendo no voy a llegar a ningún lado, que no es que los tiempos hayan cambiado, no, que tal vez hoy la utilería y los escenarios sean diferentes pero que los roles y las conductas que estos representan siguen siendo igual de siniestras que en el pasado. La miro y hago como si la estuviera escuchando, como -incluso- si asintiera o acordara con todo lo que me acaba de decir y le invito un mate, un poco lavado, que ella toma como si estuviera bueno.



A veces pierdo

Vivo lidiando contra ese deseo de hacer de mis días una rutina, como si ello fuera a tranquilizar a los fantasmas que me rondan, como si el volverme repetitivo fuera a calmar los tormentosos sueños que me esperan al dormir. Por suerte, pierdo la batalla.


Pensar


Si no puedes dejar de pensar me dijo, estas perdido. Toda tu existencia va a quedar atrapada en ese entramado fatídico que es la memoria.  Recuerda que no somos lo que recordamos, que el pensamiento es solo una ilusión que se alimenta –casi narcóticamente- de la realidad inventada por los que no tienen ninguna consideración hacia tu persona. Tu persona es mucho más que pensamientos, trasciende incluso los restos que algún día tu parientes velaran tristemente en un ajustado ataúd.  Prueba dejar de pensar. Aunque sea por un momento.  Resiste el vértigo que ello seguramente te acarreará y déjate caer a ese vacío que te lo dará todo.

Es tarde


No creas que ha sido fácil me dijo, todo lo que he tenido que pasar para llegar hasta aquí. Quizás algún día pueda contártelo. Cuando logre disipar ese temor que me acecha, que se ha quedado rondándome como un fantasma, seguro que voy a poder narrarte, no solo por lo que he pasado sino también lo que he sentido. Tenía la mirada extraviada. Sus ojos parpadeaban mientras intentaban abarcar todo el espacio circundante. El ambiente era cálido, con buena temperatura pero ella parecía por momentos temblar de frio. No te hagas problema le dije, como para tranquilizarla, lo importante ahora es que estás aquí y que estas bien. Si me dijo, tomó mis manos con sus sudorosas y frías manos. Pensé en huir, en salir corriendo, en abandonarla, pero ya era tarde, mis extremidades se endurecieron inmovilizándome y ella se abandonó sobre mi cuerpo.


Eternidad


Puedes probar, me dijo, puedes intentar darle a tu existencia ese segundo de eternidad que dura la eternidad; o puedes seguir así: pausadamente en calma, deslizando pensamiento que no van a ningún lugar, que no necesitan tampoco ir a ningún lugar, que se presienten efímeros, que se pueden dejar pasar, como esa eternidad, que sin que nos demos cuenta, se nos va descuidadamente de las manos.


Déjalo


No pierdas el tiempo, ocúpalo en otra cosa. Deja que las cosas pasen, que caigan esas hojas amarronadas, que la próxima tormenta aliviane a ese cerezo, los desabrigue, frente a la proximidad del invierno. 


Acostumbrados


Es como si se estuviera apagando, como si –a medida que pasan los días- hubiera alguien que la fuera borrando. El poder verla así, cuando amanece, me impone cierta nostalgia por eso que no se alcanza ver pero que indiscutiblemente está. Se me ocurre pensar que tal vez nos hemos acostumbrado tanto a su menguar y a su volver a crecer, que nadie duda que se vuelva a completar. Me incomoda ese acostumbramiento. Prefiera empezar el día pensando que quizás esta sea la última luna que vaya a ver, que esta noche la humanidad se desayunará con la noticia de que ya no está. Por eso decido quedarme contemplando su pasar mientras comienza a clarear.

Perdido


Se pasaba horas esperando, tratando de imaginar una escena, buscando una composición que lo conmoviera. Pensaba y pensaba. Forzaba hasta el extremo a su memoria y a su ingenio para combinar de la mejor forma posible esos recuerdos y esas ideas con el solo fin de que su creación sea original y potente. Rompía bosquejo tras bosquejo que terminaban en el cesto de basura. Es una tarea inútil pensaba mientras el paisaje se desplegaba generosamente frente a él. Había perdido, vaya uno a saber dónde, esa innata capacidad de mirar.


Palabras gastadas


Tantas palabras gastadas, dichas al pasar, solo por decirlas, sin una intención definida. Tanto andar repitiendo consignas que a nadie entusiasman. Me fui a remar. Tomé mi cámara, mis remos y mis ganas de ver salir esta luna y solo eso. Y aunque se hizo esperar, allí está. No hizo falta decir nada. No hizo falta llamarla, ni hacer un acto, ni elaborar una proclama. Ella asoma generosa, plena y alimenta –sin reclamarme nada- esa, por momentos,  insoportable  necesidad de hacer silencio, necesidad también de dejar a las palabras a un costado de mi existencia.

Elijo dejarme llevar


No necesito pensar, como no necesito remar, solo desplazarme, dejarme llevar, aprovechar el ritmo del oleaje. No busco un milagro por ello debe ser que no he probado caminar sobre las aguas. Estoy en esos días en los que me alcanza  con flotar. Y digo flotar y no salir a flote, porque no he tocado fondo, aún no. Solo he probado sumergirme un poco en esta realidad azulada, y he tratado de elegir un rumbo, aunque con poco éxito. El oleaje me puede, por ahora, por eso elijo dejarme llevar.


Composición

Es solo una flor más me digo. Pero está ahí, en el lugar indicado, para resaltar sus colores con ese fondo azul que se pierde en la distancia. Y es entonces cuando adquiere otra dimensión. Cuando pasa a ser más que una flor, cuando la empieza a percibir como una composición y a darse cuenta que sin ella, puesta ahí como la podemos ver, el paisaje no sería igual.


Nostalgia

Cuando siento que ya no me queda lugar en tierra firme, salgo a remar. Es como huir de esa multitud de almas que se han puesto de acuerdo para llegar todas juntas y ocupar cada centímetro de esta bendita ciudad. Y a los deseos de que se sientan bien, a las ganas de atenderlos, se le suman esos sentimientos contradictorios de quien se siente extraño en su lugar. Y es ahí, cuando aparecen esas ganas de recuperar soledad, esa nostalgia por ese tiempo que ya fue y que irremediablemente no volverá.


Respirar


A veces es mejor parar, recostarse, en el primer lugar que se ofrezca, generoso, para horizontalizar tu existencia, para salirte –aunque sea por unos minutos- de esa postura tan vertical, del que avanza, aunque no sepa para donde va. A veces, es mejor desplegar nuestra humanidad sobre un un frío bloque se cemento, que nada tiene para decirte  y solo respirar.


Patagonia

Si no soplara viento, este lugar, sería espectacular, dice un visitante y yo pienso que si no soplara viento, si no nevara torrencialmente, incluso, si no temblara, este lugar no sería PATAGONIA.


Naturaleza y arte

El cielo de El calafate, a veces, cuando atardece, se enciende y te sorprende. Los fuertes vientos del pacifico, que se dan contra esa gran muralla que es nuestra cordillera, pasan y en su pasar, provocan un revuelo de nubes que se muestran de inimaginables formas. En esto, como en tantas otras cosas, no hay con que darle a la naturaleza. Ella juega con las formas, los colores y los movimientos sin prejuicio alguno, como seguramente solo pueden hacerlo los verdaderos artistas.



Símbolo


Ya no se lo encuentra tan seguido. De ser la insignia más importante de tantas generaciones, de pasar a ser la divisa más atractiva del mercado, de estar como un emblema tatuada en tantos cuerpos, ya no se la encuentra tan seguido. Tal vez, sea solo un síntoma de cómo hemos naturalizado la violencia, de cómo nos resulta más fácil ver una película de guerra que una que hable del amor, de aceptar –sin que nada nos conmueva- la vigencia de un mundo sin paz.


Cambios


En gran parte de mi existencia, el poder mirar fue más que importante. Ver para creer era la consigna y se respetaba a rajatabla. Por razones que desconozco, mi vista comenzó a menguar y entonces, el olfato empezó a ser importante. Te podía respirar en la distancia y saber –sin que medie explicación alguna- cuando algo olía mal. Últimamente, estoy como más sensorial. Puedo percibir si hay onda o no. Ya no necesito fijar la vista, ni aspirar profundamente, solo dejarte venir, y dejar que ese sensor que anida en mí interior, avise, si puedo contar con vos o si debo cuidarme de vos.

Comunicarse


El hombre ha desarrollado múltiples formas artificiales de comunicación. La sensación que tengo es que el uso de las mismas nos ha distanciado a las personas entre nosotras y con las demás especies de la naturaleza.

Palabras


Nunca pierdas la capacidad de sorprenderte, practica la contemplación, préstale atención a cada momento de tu existencia; la naturaleza, la humanidad, el mundo en el que vivimos, siempre tendrá algo que despertará tu entusiasmo, tu admiración. Busca también tu sorprender, huye de las rutinas que empobrecen y que solo sirven para hacerte previsible, controlable, útil para el mercado. Siempre recuerdo esas palabras. Me las dijo una vez mi amigo Juan y han sido muy significativas para mi existencia.


Buenos Aires


Está cambiando el aire. Lo hace con fuerza. Como si ya no soportara más permanecer así. El aire que respiramos por varios días viaja a unos cien kilómetros por hora rumbo al Atlántico. Se lleva nuestros suspiros, nuestros enojos y todo aquello con lo que lo cargamos mientras circula por nuestro organismo. El aire que llega viene desde el Pacifico. Atravesó la cordillera y aunque su permanencia entre nosotros es casi efímera, se respira bien, limpio, como aire nuevo.


Ver que pasa


Parece simple. Sentarse –aunque sea una vez al día- y empezar a escribir, a tratar de plasmar una idea, un pensamiento o lo que surja. Escribir, de eso se trata. Sin que nadie te obligue a hacerlo. Pasan los días y de golpe te das cuenta que ya ni siquiera lo intentas. Y cuando quieres retomar, te cuesta. Como si tus dedos no pudieran teclear o estuvieran desacostumbrados. Voy a probar empezar de nuevo, solo para ver que pasa.