Se pasaba horas esperando, tratando de imaginar una escena,
buscando una composición que lo conmoviera. Pensaba y pensaba. Forzaba hasta el
extremo a su memoria y a su ingenio para combinar de la mejor forma posible
esos recuerdos y esas ideas con el solo fin de que su creación sea original y
potente. Rompía bosquejo tras bosquejo que terminaban en el cesto de basura. Es
una tarea inútil pensaba mientras el paisaje se desplegaba generosamente frente
a él. Había perdido, vaya uno a saber dónde, esa innata capacidad de mirar.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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