Se pasaba horas esperando, tratando de imaginar una escena,
buscando una composición que lo conmoviera. Pensaba y pensaba. Forzaba hasta el
extremo a su memoria y a su ingenio para combinar de la mejor forma posible
esos recuerdos y esas ideas con el solo fin de que su creación sea original y
potente. Rompía bosquejo tras bosquejo que terminaban en el cesto de basura. Es
una tarea inútil pensaba mientras el paisaje se desplegaba generosamente frente
a él. Había perdido, vaya uno a saber dónde, esa innata capacidad de mirar.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
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