Dulce companía

Golondrina

Hoy es uno de esos días en lo que quisiera detener el vuelo de una golondrina y dejar que mis pensamientos la acompañen, vuelen -aunque sea por un rato- con ella.


Instante

Lo bueno de la fotografía es que se vuelve cómplice de uno a la hora de robarle a la naturaleza esos momentos únicos. Que sin ser muy técnico en la materia, teniendo solo  ganas de jugar un poco con lo que te aparece, podes descubrir composiciones que quizás nunca hubieras imaginado.

Volar

Sentir esa seguridad que solo siente quien tiene en su mente un objetivo claro. Sentr que puedo -como en un vuelo de pajaro- llegar a esa meta que me viene dando vueltas en la cabeza. Desplegar, en toda su amplitud, mi decisión, para ir al encuentro de eso que, aunque parezca lejano,  espera por mí.


Variaciones



Andar y desandar, darse a si mismo la oportunidad de entrar, de salir y de volver a entrar, de jugar y dejar que la realidad juegue con eso que ya no necesitamos controlar…

Transiciones

Salir con la maquina de mirar, bajarse y caminar, girar y girar.  Aceptar mi insignificancia, confiar la  mirada a la inmensidad.

Percepciones

A veces, la realidad,  se degrada y nos confunde. Otras, se ilumina y nos deja ver lo que necesitamos ver, lo que alivia o aliviana nuestra fugaz existencia...

Contemplaciones


Me dejo esperar, me quedo como en pausa, mi mente está despejada, ya no quedan ni rastros de esos sueños que a veces me  atormentan. Puedo estar  así –en esta mañana- en sintonía con el paisaje…

Relación (final)


Llegó apurada al aeropuerto. La empleada de la aerolíneas le puso mala cara. Solo equipaje de mano, aclaró y le pasó su documento de identidad. 13C y ya están embarcando por puerta siete dijo la empleada, como recordándole que había llegado tarde. Apuró el paso y escucho que por el altavoz la nombraban. Subió al avión y caminó hasta su lugar. Le costó acomodar el bolso de mano en portaequipaje, pero pudo hacerlo. Hola ma, me voy unos días afuera, cuando vuelva te llamo, todo bien, escribió en un mensaje de texto, lo envió y apagó el teléfono.  Abrió la cartera y revisó de nuevo al vouchert del hotel. No había sido complicado hacerlo. Apenas tuvo la confirmación del destino que ese hombre buscaba, mientras emitía los boletos y confirmaba el hotel para él, -casi simultáneamente- confirmo su pasaje y su alojamiento, en el mismo vuelo y en el mismo hotel. Sentado en la butaca sobre ventanilla, un hombre de unos cuarenta años, leía un libro. Y si es este, pensó, no, no creo, sería demasiada casualidad. Levantó la vista y vio a muchos hombres más que parecían viajar solos. Tengo que estar tranquila, se dijo para si misma -mientras el avión comenzaba a moverse en la pista- no estoy huyendo de nada, ni de nadie, solo estoy tratando de cumplir con ese deseo que siempre albergué, eso que me mantuvo de pie hasta en los momentos más complicados, eso que me pide, me suplica y incluso a veces me exige, decidirme a salir a ver si me puedo encontrar de una vez por todas en esta existencia. No alcanzó a escuchar las indicaciones de seguridad de la azafata y se durmió profundamente.

Relación VIII


Encendió la computadora, abrió el correo de la agencia: treinta y dos consultas. ¿Cómo hace la gente para vivir viajando? se preguntó. Cuando más complicado estaba todo, más se incrementaban las consultas. Viajes cortos, aprovechar el feriado, promos de algún destino exótico, cualquier cosa y su bandeja de mails se llenaba de consultas. Escaparse, eso era lo que la gente hacía. Escapada, tal vez era eso lo que ella estaba necesitando. ¿Huir? No, no era eso lo que quería o por lo menos lo que creía querer. Suena el teléfono. Clarita le pasa una llamada. Atiende. La voz no le dice nada. Otra de esas tantas consultas telefónicas que casi siempre quedan en nada. ¿Alguna promoción single? Si, tenemos varias alternativas, dice, mientras se acomoda el pelo, como si el del otro lado del teléfono pudieran verla o como si estuviera en una videoconferencia. ¿Aceptan tarjeta? Si, dice, trabajamos con todas las tarjetas y su voz ahora suena como endulzada, con un ritmo más lento, como si estuviera –en un encuentro íntimo- confesando un oscuro secreto. Puede reservar on line o si gusta puede pasar por nuestras oficinas, agrega y por su mente pasa la imagen de ese desconocido acercándose lentamente a su escritorio.

Relación VI


Acomodó el cuerpo en la butaca, dejándolo caer lentamente, como si al así hacerlo, evitara algún dolor, de esos que uno le quedan luego de una larga caminata. Lo hizo también buscando encontrar, en esa butaca, alguna seguridad, esperando tal vez, contener toda esa humanidad, que se percibía tan frágil que la hacía pensar que si –por esas casualidades- alguien abriera la puerta y dejara entrar una brisa, esa ligera brisa sería suficiente para terminar derribando lo poco de autoestima que le había ayudado a salir de su departamento y llegar hasta su trabajo. Levantó la vista, quizás con la esperanza de que Clarita ya no estuviera más ahí, pero no, Clarita seguía con sus manos apoyadas en el escritorio, como estableciendo una barrera, un límite, como bloqueándole cualquier posibilidad de huir de esa conversación que ella no quería tener y  a la que, evidentemente, Clarita no estaba dispuesta a renunciar. Disculpame, dijo, casi en tono de suplica, pero no ahora no tengo ganas de hablar,  tal vez mas tarde, pero ahora no. Sacó el manojo de llaves de su cartera y abrió uno de los cajones de su escritorio, mientras veía como Clarita regresaba a su puesto de trabajo. No te voy a dar el gusto, pensó, no te voy a dejar hurgar en mis sentimientos como quien revuelve la basura de otro, no Clarita, a vos no.

Relación V


Llegó temprano a la oficina, cosa poco común en ella. Clarita ya estaba sentada en su escritorio con la computadora encendida. Siempre igual, siempre sonriente, siempre temprano, siempre eficiente y como preparada para hacerse cargo del mundo. Trató de desentenderse, de no prestarle atención, de hacer como si su llegar temprano no fuera una excepción en su vida laboral. Se quitó el gorro, la bufanda, los guantes, la campera y un sueter que solía ponerse cuando le tocaban estas mañanas frías. Cuando se disponía a ubicarse en su puesto de trabajo, sintió la proximidad de Clarita, que sigilosamente se había levantado y con una taza de café en la mano, venía hacia ella, con, uno vaya a saber, qué intención. ¿Te pasa algo? Le susurró al oído. Ella se dio medio vuelta, sin desacomodar el cuerpo, como queriendo disimular eso de estar pasando un día de mierda. Nada, no me pasa nada. ¿Qué te hace pensar que me puede estar pasando algo? Contesto, pensando en que su respuesta, en forma de pregunta, haría que Clarita retrocediera, o desistiera de continuar con su indagatoria. Pero no, nada de eso pasó. Todo lo contrario. Clarita dio un par de pasos, se puso del otro la del escritorio, apoyó sus manos en él y como disfrutando de esa oportunidad que ella le había servido en bandeja le dijo, ahora en voz alta: Si a vos no te pasa nada, avisale a tu cara querida, porque tenés toda la pinta de haber atravesado un temporal.

Relación IV


Despertó bruscamente. Como cuando uno siente que se quedó dormido o que sin darse cuenta se le pasó la hora. Se sentó en la cama, encendió el velador y miró la hora: eran las cinco de la mañana. Sigo durmiendo, pensó. Mejor no, mejor me levanto y ordeno un poco el departamento, antes de ir a trabajar. El fin de semana había sido un desastre. Todo a contramano. Todo el tiempo ocupada tratando de encontrarle la vuelta a lo que, por un momento creyó poder recuperar, pero que, cuando él la tomó fuertemente del pelo, como para zamarrearla, comprendió que esa relación estaba definitivamente estaba terminada. 


Relación III

Pensó en llamar a su madre, pero decidió no hacerlo. Tengo que ser fuerte se dijo, tengo que empezar a hacerme cargo de las cosas que me pasan. Fue hasta el baño y buscó en el botiquín una de esas pastillas que tomaba para relajarse un poco. Miró el frasquito, estaba casi lleno, como que no había necesitado recurrir a él en todo este tiempo. Tomó una pastillita amarillenta, se la puso en la lengua, abrió la canilla del lavatorio y bebió un gran sorbo de agua para tragarla. Bien, se dijo, ahora a dormir. Puso el despertador a las seis y se tiró boca abajo en la cama. Cuando comenzaba a sentir que su cuerpo no alcanzaba a llenar ese espacio, a tener esa sensación de ausencia del otro que ya no estaba, se durmió profundamente.