Llegó apurada al aeropuerto. La empleada de la aerolíneas le
puso mala cara. Solo equipaje de mano, aclaró y le pasó su documento de
identidad. 13C y ya están embarcando por puerta siete dijo la empleada, como recordándole
que había llegado tarde. Apuró el paso y escucho que por el altavoz la nombraban.
Subió al avión y caminó hasta su lugar. Le costó acomodar el bolso de mano en
portaequipaje, pero pudo hacerlo. Hola ma, me voy unos días afuera, cuando
vuelva te llamo, todo bien, escribió en un mensaje de texto, lo envió y apagó
el teléfono. Abrió la cartera y revisó
de nuevo al vouchert del hotel. No había sido complicado hacerlo. Apenas tuvo
la confirmación del destino que ese hombre buscaba, mientras emitía los boletos
y confirmaba el hotel para él, -casi simultáneamente- confirmo su pasaje y su
alojamiento, en el mismo vuelo y en el mismo hotel. Sentado en la butaca sobre
ventanilla, un hombre de unos cuarenta años, leía un libro. Y si es este,
pensó, no, no creo, sería demasiada casualidad. Levantó la vista y vio a muchos
hombres más que parecían viajar solos. Tengo que estar tranquila, se dijo para
si misma -mientras el avión comenzaba a moverse en la pista- no estoy huyendo
de nada, ni de nadie, solo estoy tratando de cumplir con ese deseo que siempre
albergué, eso que me mantuvo de pie hasta en los momentos más complicados, eso
que me pide, me suplica y incluso a veces me exige, decidirme a salir a ver si
me puedo encontrar de una vez por todas en esta existencia. No alcanzó a
escuchar las indicaciones de seguridad de la azafata y se durmió profundamente.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
Comentarios
Publicar un comentario