Llegué a la escritura motivado por una búsqueda, en principio inconsciente, que se corporizó en mí cuando empecé a tener noción de lo que representaba el haber nacido en un campamento petrolero. Un lugar que, a la vez, era ningún lugar; un hábitat en el que, el único rasgo permanente, estaba conformado por lo provisorio.
De hecho, mi permanencia en Cañadón Seco, duró lo que pudo haber durado la convalecencia posparto de mi madre.
La imagino a ella llevándome en brazos, en el transporte de Mottino y Acuña, mezclada entre los obreros que regresaban a Caleta Olivia.
Apenas unas horas de vida tenía y ya formaba parte de un
colectivo. Un colectivo de obreros, llegados de todos lados buscando el amparo
de eso que se erguía como una sigla que, en ese tiempo, todo lo podía: YPF.
—Nacido en Cañadón Seco —decía cuando me preguntaban—
y criado en Caleta Olivia —agregaba en el intento de transmitir alguna certeza acerca
de mi origen.
Empecé a pensar en esto cuando me vine a vivir a El
Calafate, un lugar que funciona como un no lugar.
—Nacido en Santa Cruz —empecé a responder, estando acá—.
Soy santacruceño — remarco sin tener muy claro que implica dicha afirmación.
La idea de que nuestra identidad es como querer armar
un rompecabezas en medio de la estepa; que, cada intento por darle forma a
eso que somos, termina siendo arrastrado por el viento o cubierto de nieve, me
acompaña desde que empecé a preguntarme: ¿qué será ser santacruceño?
El derrotero histórico hizo que durante la pandemia se
conmemoraran tres acontecimientos que dejaron una profunda herida en nuestra
vida santacruceña:
Los quinientos años de la llegada de Magallanes a
Puerto San Julián, los cien años de las huelgas del 1921 y los cuarenta años de
la guerra de Malvinas.
Con respecto al primero, alguien, desconociendo la
existencia por más de doce mil años de los pueblos aonikenk, chonques,
tehuelches, intentó alguna vez establecer la llegada de la flota española a la
costa de puerto San Julián como día cero de la historia de la Patagonia.
A propósito de esto, no puedo pensarme íntegro, sin
ese vínculo con el pasado. No hay un “ser santacruceño” si no nos reconciliamos
con los que caminaron antes que nosotros este territorio. Comprender y aceptar
que nuestra pertenencia al linaje territorial va más allá de la llegada del conquistador,
resulta crucial.
Así como también no es posible articular un sentido de
pertenencia a esta geografía sin asimilar que somos herederos del colonizador,
del que, inescrupulosamente. vino a apropiarse de esta tierra; el que, en su afán de
poblar, despobló. Del que vino a pasar el invierno huyéndole a la pobreza y el que, en su avaricia por sacarle el jugo a la explotación ganadera,
regó coirones con sangre de obreros. Nuestra memoria, sin lugar a dudas, guarda
la historia de los explotados en este recóndito lugar del mundo. Solo podemos
decidir desde que lado la recordamos.
Nuestra existencia está como signada por la mirada del
conquistador, la avaricia colonizadora y —a propósito de Malvinas— la crueldad
del usurpador.
No hay nada que pueda graficar lo que vivieron
nuestros soldados en el campo de batalla.
A mí, como a muchos de los habitantes que estábamos en
la provincia, nos tocó de cerca, pero no sufrimos el combate. Vimos pasar a los
soldados, experimentamos extrañados los apagones, exaltamos un nacionalismo
inconsistente en contra del usurpador, pero no se nos hizo carne la herida. Después
de la rendición, la bronca contra los que habían usurpado el gobierno argentino,
fue más contundente. Vivimos un duelo postergado por lo que la guerra significó.
Somos como un simulacro de las consecuencias profundas que, esa batalla que no
dimos, nos dejó.
Pienso que, entre los que ya no están y cuyos nombres y lenguaje se
refleja en la toponimia, los carteles de negocios, o el marketing turístico; entre
los que llegaron y fueron parte de la explotación irracional del oro blanco
primero, del oro negro después y del oro oro en la actualidad, en ese crisol de
los que nunca dejaron de pertenecer a los explotados del mundo, está el hilo de
Ariadna de esto que asoma como un laberinto y que llamamos identidad santacruceña.
Mis padres, que vinieron del norte a vivir en el
campamento petrolero, se murieron sin pensar siquiera en esto.
No sé si mis hijos o mis nietos, se lo preguntaran
algún día.
En mí, sigue retumbando la idea de que, tal vez,
nuestra identidad sea no tener identidad; que, nuestro “Ser Santacruceño”, sea
el “No Ser”…
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