Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
cuando abrí tu blog, pensé en que no te había contado la emoción que me causa la imágen que lo encabeza.
ResponderBorrarpero ahora...., ahora me he quedado colgada de esa luna!
y me la llevo!
aplausos