Encendió la computadora, abrió el correo de la agencia:
treinta y dos consultas. ¿Cómo hace la gente para vivir viajando? se preguntó.
Cuando más complicado estaba todo, más se incrementaban las consultas. Viajes
cortos, aprovechar el feriado, promos de algún destino exótico, cualquier cosa
y su bandeja de mails se llenaba de consultas. Escaparse, eso era lo que la
gente hacía. Escapada, tal vez era eso lo que ella estaba necesitando. ¿Huir?
No, no era eso lo que quería o por lo menos lo que creía querer. Suena el teléfono.
Clarita le pasa una llamada. Atiende. La voz no le dice nada. Otra de esas
tantas consultas telefónicas que casi siempre quedan en nada. ¿Alguna promoción
single? Si, tenemos varias alternativas, dice, mientras se acomoda el pelo,
como si el del otro lado del teléfono pudieran verla o como si estuviera en una
videoconferencia. ¿Aceptan tarjeta? Si, dice, trabajamos con todas las tarjetas
y su voz ahora suena como endulzada, con un ritmo más lento, como si estuviera –en
un encuentro íntimo- confesando un oscuro secreto. Puede reservar on line o si
gusta puede pasar por nuestras oficinas, agrega y por su mente pasa la imagen
de ese desconocido acercándose lentamente a su escritorio.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
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