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Relación VIII


Encendió la computadora, abrió el correo de la agencia: treinta y dos consultas. ¿Cómo hace la gente para vivir viajando? se preguntó. Cuando más complicado estaba todo, más se incrementaban las consultas. Viajes cortos, aprovechar el feriado, promos de algún destino exótico, cualquier cosa y su bandeja de mails se llenaba de consultas. Escaparse, eso era lo que la gente hacía. Escapada, tal vez era eso lo que ella estaba necesitando. ¿Huir? No, no era eso lo que quería o por lo menos lo que creía querer. Suena el teléfono. Clarita le pasa una llamada. Atiende. La voz no le dice nada. Otra de esas tantas consultas telefónicas que casi siempre quedan en nada. ¿Alguna promoción single? Si, tenemos varias alternativas, dice, mientras se acomoda el pelo, como si el del otro lado del teléfono pudieran verla o como si estuviera en una videoconferencia. ¿Aceptan tarjeta? Si, dice, trabajamos con todas las tarjetas y su voz ahora suena como endulzada, con un ritmo más lento, como si estuviera –en un encuentro íntimo- confesando un oscuro secreto. Puede reservar on line o si gusta puede pasar por nuestras oficinas, agrega y por su mente pasa la imagen de ese desconocido acercándose lentamente a su escritorio.

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Soñar no cuesta nada

Cansado de juntar retazos de sueños, en un rompecabezas imposible de armar, me dispuse a dormir de otra manera. Si, voy a dormir para soñar y recordar todo, me dije. Terminé la lectura de La Insoportable levedad del ser , de Milan Kundera , un libro que te quita el sueño y me dispuse a descansar. Soy de dormir corrido, pero a medianoche desperté. Lo primero que hice fue pensar en lo que había soñado y no recordaba nada. No puede ser. Siempre soñamos algo. “No es tan fácil soñar como un todo, los sueños son fragmentos por naturaleza. Si te propones soñar como un todo terminas soñando nada. Porque solo la realidad puede ser percibida como un todo. O sueñas o vives tu realidad.” Mientras dormitaba, la voz insistía en darme este mensaje. Ahora dudo si realmente estuve despierto.

No ser

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La memoria espectral de los frigoríficos

Cuando miro las fotos de los frigoríficos —ese primer intento de desarrollo industrial, que surgió como complemento del oro blanco que representó la lana ovina—, no me pregunto por qué dejaron de funcionar, porque eso tiene relación con factores externos a nosotros. Lo que me provoca —el entrecruzamiento de fotos de “ estas ruinas, impregnadas de la temporalidad” (1) , que reflejan un momento de la ocupación capitalista del territorio—, es pensar en cómo, el abordaje del pasado, puede ayudarnos a entramar los hilos de un futuro que no deja de ser incierto. ¿Son estas fotos un espejo en el que nos podemos mirar para empezar a reconocernos? Ahí se me aparece, Florida Blanca, ese asentamiento español, que -cuando deciden abandonarlo- lo prenden fuego. Imagino al aónikenk observando esa escena. Ellos que eran nómades por naturaleza, que más tarde sucumbieron frente al proceso de colonización de la tierra, tratando de entender, el porqué de esa destrucción. Pienso tambien en los ...