Ansiedad de mí, siento, dijo la chica que atiende la panadería
mientras envolvía las medialunas. De no poder encontrarme. De terminar con mi
existencia desparramada en la cama como si fuera una frazada que no cubre a
nadie ya con su calor. Son veinte pesos, dice y se queda esperando que busque
en mi bolsillo la plata para pagarle.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...

Profunda conversación para una situación tan cotidiana.
ResponderBorrarEl miedo de no encontrarme lo comparto con ella, es lamentablemente un compañero habitual.
Un abrazo