Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
Por amor, o por deber, nos postergamos con el riesgo de apagarnos. Deberíamos tomar ejemplo de las recomendaciones en los aviones que aconsejan ponerse la mascarilla de oxígeno antes de ponérsela a quien está a nuestro cuidado.
ResponderBorrarUn abrazo
Que bueno el ejemplo de Alis! Así debiera ser.
ResponderBorrarAbrazo