Dulce companía

Cada día más paranoicos


Celos enfermizos y sentimiento de complot permanente son los distintivos de la patología que no para de crecer; en tiempos individualistas, la paranoia es la reina.


Como la pareja llega media hora tarde, enseguida sospecha de una infidelidad. Al sorprender secreteando a los compañeros de trabajo, cree que le están serruchando el piso. Y si encima no lo saludan, confirma el complot. He aquí los silogismos de un paranoico, un personaje como cada vez hay más y cuyos distintivos son: yoismo extremo (yo el bueno, el elegido, el mejor) y desconfianza absoluta del entorno (ellos los malos, tontos, infieles, traicioneros).

La paranoia es casi tan vieja como el hombre, pero los expertos estiman que el siglo XXI individualista y competitivo es un caldo de cultivo especialmente adecuado para este tipo de patología, que tiene tres niveles. La "paranoia cotidiana" es la versión más leve y frecuente: uno tiene ideas persecutorias o celos injustificados pero son temporales y controlables: uno razona y vuelve, tarde o temprano, a su estado de "normalidad". Ahí es cuando un amigo o la pareja lo vuelve a los carriles con los frecuentes comentarios: "no seas paranoico", "no te persigas" o "el mundo no termina en tu ombligo".

Pero a veces la crítica es inútil y empiezan los problemas. Lo más grave es la "psicosis delirante paranoide" que está marcada por la alucinación: sentirse el elegido por algún dios o una víctima de algún complot universal son ejemplos de esta enfermedad que suele requerir internación.

En el medio está el "trastorno paranoide de la personalidad". "Son personas cuya vida está cimentada en la idea de que ellos albergan elementos positivos y están convencidos de que del exterior provienen los ataques por envidia o maldad", define el psicólogo social Juan Fernández Romar, docente agregado en su materia de la Universidad de la República. Entonces, los celos se vuelven enfermizos (con contratación de detectives o cámaras) y la sensación de complot es permanente.

Pero el paranoico no disfruta de su vigilancia; es su mecanimo de defensa y de hecho, una "mochila muy pesada" porque se mantiene en tal grado de alerta que"no se distiende y no goza", añade el psicólogo. O tiene una descarga de hostilidad brutal en la casa, pero afuera se muestra sociable, hace chistes y se mantiene siempre bajo control (ver nota aparte).

No hay estadísticas locales de este mal. En Estados Unidos, un relevamiento estableció que el 2% de la población (leve mayoría de mujeres) padece de las versiones más graves de la paranoia. Pero sólo contaron quienes consultan, lo que no ocurre siempre. "Se trata cuando el conflicto es intolerable, tanto para la persona que sufre horrible como para el entorno (familia, amigos) que simplemente no lo aguantan más". El tratamiento combina la psicoterapia con fármacos, aunque no existe medicamento específico.

En los casos más graves, sin embargo, nunca aparece la sensación de enfermedad.

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Nadie tiene claras las causas de un trastorno paranoide. Puede que la sobreprotección (aquello de "mi hijo es el mejor y el más lindo") como las circunstancias de abuso en la infancia, contribuyan, pero no hay evidencias concluyentes.

Una certeza es que la adicción tanto al alcohol como a la cocaína generan ideas paranoides, según Fernández Romar. El consumidor de la droga blanca, por ejemplo, experimenta reacciones orgánicas como "la inflación yoica" (se siente Superman) y la "hipervigilancia del exterior", enumera el experto. Y continúa: "Por eso es una droga tan funcional en algunas profesiones de riesgo como los guardaespaldas y policías porque aumenta la atención y genera recelo externo".

Las condiciones sociales son otro camino a la paranoia. En tiempos individualistas y de incertidumbre económica y laboral: "La época actual propicia ideas paranoides". Fernández Romar cita el caso de la "delación", toda una política empresarial que consiste en el fomento de la "traición" a los compañeros. "El argumento es que el que no cumple las normas daña a la empresa y te perjudica como miembro integrante. Entonces delatar se convierte en una obligación moral y de hecho, puede significar un ascenso. Esto genera una actitud de vigilancia y propicia los rasgos paranoides: cuidado del orden jerárquico, desconfianza y sobredimensión del hecho de acatar; decirse `soy bueno, siempre llego en hora y estoy cuando me lo piden`".

Es más: los paranoicos suelen ser rigurosos y meticulosos en sus trabajos por lo que se vuelven muy codiciados para el mercado laboral. Son un aliado seguro del jefe porque también mantienen una lealtad incondicional en pos de su ascenso.

Radiografía
Celosos, delirantes y rencorosos con respeto a la autoridad

Celos enfermizos. La paranoia conduce a la duda constante sobre la lealtad de su pareja. Todo el tiempo sospecha e incluso llega a instalar mecanismos de vigilancia con cámaras o detectives. A la vez, presiona: "¡Decime la verdad!", increpa a menudo a su compañero o compañera. La presión lleva a menudo al efecto contrario pues la pareja siente miedo y suele buscar satisfacción en la infidelidad. O al menos lo piensa a menudo y se siente culpable.

Delirio. La sospecha permanente es ya un principio de delirio porque el paranoico imagina escenas de traición de sus seres cercanos. Sin embargo, en cuadros más graves, aparecen historias mucho más desprendidas de la realidad, como sentirse elegidos por una entidad divina. El término paranoia, del griego, significa ver realidades paralelas.

Rencor. Un paranoico no olvida fácilmente una discusión o un insulto. Como está en alerta permanentemente, no perdona a las personas que han tenido entredichos con él. Puede traerlos a colación aún muchos años después.

Autoridad. Sienten respeto a la autoridad, sea laboral, religiosa o política.

Vigilantes. El paranoico puede sentir inclinación hacia profesiones de control o represión, como la Policía o el Ejército.

El dato

Una historia paranoide

La historia uruguaya no es un ejemplo de salud mental y de hecho, favorece las ideas paranoicas, según el psicólogo social Juan Fernández Romar. "La dictadura implantó un régimen paranoico (no hables, no te metas...) con aquello de los enemigos de un lado y otro. Esto marcó a una generación", razona. Encima, el país se ha vuelto una gerontocracia (las normas las ponen personas mayores), lo que transforma a la uruguaya en una sociedad "muy controladora", según Fernández Romar. Y el enorme Estado omnipresente hace que se respire la sensación de que siempre hay un testigo, un Gran Hermano del que cuidarse.

Hostil en casa, pero muy sociable afuera

El paranoico suele ser reservado de su intimidad; en ámbitos sociales no habla demasiado sobre circunstancias domésticas o miente porque abrirse sería abrirse a quienes ve como sus "enemigos".

Una vez en casa, sin embargo, son "malhumorados, irritables y pueden incluso ejercer violencia psicológica sobre su pareja o los hijos", asegura el psicólogo social Juan Fernández Romar.

Es el caso más común de "doble vida", porque en reuniones de trabajo o sociales son amables y distendidos. La dualidad se explica en que "desarrolla un modo de relacionarse preservando una imagen externa de honestidad y rectitud muy autorreferencial. Son los que dicen: `en la vida hay que ser honestos`", continúa Fernández Romar.

La violencia íntima, por su parte, podría explicarse en que el paranoico duda a menudo de la lealtad de las personas más cercanas. Y su violencia sería una coraza para mantenerlos a raya.

A nivel de superficie, el paranoico da la sensación de una alta autoestima, pero algunos analistas sospechan que en el origen del trastorno se da el escenario contrario. Es decir que el sentimiento de debilidad es lo que lleva a estas personas a una estrategia defensiva paranoide: "Yo soy bueno, pero débil, entonces debo cuidarme de los demás que son malos".

Fernández Romar añade un factor social al desarrollo de este tipo de trastornos. En un mundo individualista y competitivo, las redes sociales han perdido su vigencia.

"Los factores que daban cohesión (el barrio de toda la vida, el trabajo de toda la vida, la pareja de toda la vida) ya no están presentes. Ahora los vínculos son más intensos e instantáneos. Antes, uno se compraba una heladera y era para toda la vida: hoy vivimos en el reino de lo obsoleto porque todo está previsto que se rompa de acá a pocos años. Esa movilidad lleva a que la persona le cueste más confiar o que esté más en guardia para no correr el riesgo de sufrir", asegura el psicólogo.

La inseguridad social, entonces, puede influir en la inseguridad personal. Y ahí nace la desconfianza hacia el entorno. Pero hay una diferencia entre bromear con aquello de que si la oreja se pone colorada, alguien está hablando mal de mí y de verdad sospecharlo.
Fuente:
  • El País
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