Ir al contenido principal

Zafar

-Cuántas veces te lo tengo que decir, -dijo zamarreándolo de la remera- no quiero verte más en esa esquina jugando con esos atorrantes, que lo único que saben hacer es estar todo el día vagando por el barrio.
 
Andrés se mantuvo quieto. Conocía esa mirada, sabía que cualquier cosa que hiciera o dijera podía desatar en su madre una furia aún mayor. Si abría la boca, se la podía tapar de un cachetazo. Si intentaba zafar de sus manos, salir corriendo, las consecuencias podían llegar a ser mayores. A pesar de los años, de que estaba un poco excedida de peso, y que, de tanto fumar, se iba quedando cada vez más lenta, la distancia era tan corta que lo iba a alcanzar antes de llegar a la puerta. Y allí, al lado de esa puerta descascarada por el óxido, colgando del perchero, entre los abrigos, había un cinto. Un cinto de cuero con una hebilla de bronce bien gruesa que ella conserva como único recuerdo de su padre ya muerto. Y a Andrés, de solo imaginar la paliza que recibiría, ya le empezaba a doler el cuerpo.

-¿Entendiste no?  -vociferó ella, acercándose tanto que Andrés solo podía distinguir sus ojos y sentir como le escupía las amenazas en la cara. 

Contuvo la respiración, apretó los labios, se mantuvo en silencio, dejó que de a poco la tensión reinante se fuera aflojando, que hiciera como tantas otras veces en las que, después de maltratarlo verbalmente, las cosas no pasaban a mayores, ella rompía en llanto y se encerraba en el dormitorio hasta que la bronca por la vida que le había tocado se diluía en lágrimas.

Estaba en eso cuando, como la campana salvadora de los boxeadores que están al borde la knockout, el sonido del timbre llegó. 

El bendito timbre una vez más lo salvaba. Como en la escuela, cada vez que anunciaba el final de la clase justo antes de que lo estén por llamar dar la lección. Algo que a él siempre le pasaba, porque que tuvo la suerte de llamarse Andrés Zurita, que en su aula hubiera cuarenta alumnos, y que siempre el llamado se hiciera por orden alfabético y de manera ascendente.

Esa misma suerte que ahora tocaba a tiempo el timbre de su casa y que la obligaba a ella a bajar los brazos, a respirar profundo, a tratar de recuperar la compostura, a mostrarse nuevamente gentil y buena persona, como la conocían todos en el barrio, a ser la mujer trabajadora que se había quedado sola en la vida, que trabajaba para ganarse el sustento, que se esforzaba para que no faltara un plato de comida en la mesa, y criarlo a él para que tuviera un destino distinto que su padre.

-Andá a lavarte la cara al baño y te pones a hacer la tarea, después vamos a seguir esta conversación, -dijo, se acomodó un poco el pelo y fue a ver quién llamaba. 

Entró al baño, cerró la puerta, se miró al espejo, sus ojos se habían acostumbrados a no llorar, no necesitaba lavarse la cara. Le pareció escuchar que ella discutía con alguien. En realidad, no discutía, suplicaba, pedía por favor que la consideraran, que le dieran un poco más de plazo, que entendieran su situación. Pensó en salir del baño para escuchar mejor. Sentir pena por ella, lo desacomodó. No podía explicarse cómo podía pasar del miedo a la pena en tan poco tiempo. Ya le había ocurrido otras veces. Había querido acercarse a ella con la esperanza de recibir un poco de afecto, pero eso hace rato que había dejado de suceder. Lo más seguro era que volviera de nuevo a maltratarlo. No tenía sentido esperar nada de ella.

El visitante se fue. La casa recuperó ese silencio que ella cultivaba medio macabramente. Esperó unos segundos y no dudó, apoyó los pies sobre la tapa del inodoro, abrió el ventiluz, acomodó su delgado cuerpo, giró sobre sí mismo y se dejó caer hacía el patio trasero. Luego corrió. 

Sus amigos del barrio lo vieron pasar. No sabían que ya no volvería a jugar nunca más en esa esquina.

Comentarios

  1. Me ha recorrido un escalofrio! Qué bien lo has contado y qué duro!! Besos

    ResponderBorrar
  2. Duro relato, me sobrecogió... Un abrazo!!

    ResponderBorrar
  3. Me encanta cómo está relatado. Qué lindo pasar por acá de vuelta.
    De todo se aprende, ey. Besos.

    ResponderBorrar
  4. No sabía yo que de tanto fumar la gente se queda lenta... Sí, helada, con esto de la la nueva ley. Pero lenta... ¡Divertido imaginárselo!

    ResponderBorrar
  5. mientras me quedo mirando la bahía con la belleza y las yaguas recien paridas, pienso en qué suerte que hay cosas de las que se puede escapar.

    qué bien lo decis, mecacho!

    ResponderBorrar
  6. Demasiado trágico para empezar el año. Tiene buen ritmo literario el cuento.

    Abrazos y un buen 2011.

    Monique.

    ResponderBorrar
  7. Que presiocidad de escena! Aùn en su dureza...

    Abrazos!

    ResponderBorrar
  8. Después de haberte leído
    queda un nudo en la garganta,
    tan bien dicho, tan real
    que duele.

    Un gran abrazo

    ResponderBorrar
  9. Muy bien llevado el relato y el safe final es sorprendente y liberador

    Estercita

    ResponderBorrar
  10. muy buena entrada :) gracias por pasar por mi blog, besos!!

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

A veces

Hay esperas que calman. Y hay veces en los que, la calma, nos desespera…

Sabor amargo

Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...

Padre cielo XVII

No ha sido fácil levantarse. Las tapas de entrada y el guiso de lenteja rociado con un malbec hicieron lo suyo para que mi sueño tuviera una profundidad que no le conocía. Desayunamos y nos preparamos para regresar. Antes damos una vuelta y nos encontramos con esta hermosa construcción que oficia de templo de Dios. El Dios del colonizador, que ha decretado por los siglos de los siglos la vigencia de este espacio como el lugar en donde lo espiritual puede trascender. El templo artificial a los pies del templo natural. Pienso en todo lo que el hombre a destruido para imponer a su Dios y en lo noble y generosa que se nos ofrece la madre naturaleza como santuario para que nos demos una oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos. Levanto mis ojos hacia la montaña y agradezco, no de rodillas, de pie, este ritual me quiere caminando.