Soñé que dormía. No estaba en mí cama. Estaba tendido en una
frondosa alfombra de pasto rodeado de lengas y ñires. Dormía profundo. Podía
sentir la densa humedad subir por mi cuerpo y el aroma dulce del bosque en
diciembre. Los ojos cerrados y la cara sonriente tenía. Seguro que estaba
soñando algo lindo o que ya no estaba, que había dejado de sentir frío.
Cansado de juntar retazos de sueños, en un rompecabezas imposible de armar, me dispuse a dormir de otra manera. Si, voy a dormir para soñar y recordar todo, me dije. Terminé la lectura de La Insoportable levedad del ser , de Milan Kundera , un libro que te quita el sueño y me dispuse a descansar. Soy de dormir corrido, pero a medianoche desperté. Lo primero que hice fue pensar en lo que había soñado y no recordaba nada. No puede ser. Siempre soñamos algo. “No es tan fácil soñar como un todo, los sueños son fragmentos por naturaleza. Si te propones soñar como un todo terminas soñando nada. Porque solo la realidad puede ser percibida como un todo. O sueñas o vives tu realidad.” Mientras dormitaba, la voz insistía en darme este mensaje. Ahora dudo si realmente estuve despierto.
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