Una pareja pasa por la costanera. Van abrazados, como si sintieran frío. Es raro, en estos tiempos, ver parejas que caminen abrazadas. Ella es un poco más baja, lo que le permite a él cruzarle el brazo derecho sobre la espalda y sostenerla arrimada a su cuerpo. Ella lo lleva agarrado por debajo de la espalda. Hablan mirándose a los ojos. Ella tiene toda la atención puesta en él. La mirada, de abajo hacia arriba, concentrada en la escucha, la empequeñece un poco más de lo que realmente es. ¿Cómo será el vivir así, el uno aferrado al otro, sin espacio para nadie más? Tendrán unos cuarenta años, aunque ella parece más joven. Siguen caminando. Si no lo hicieran, sí detuvieran la marcha, tranquilamente podrían completar el abrazo, besarse y quedarse así, ensimismados, en su propio mundo, ajenos a los flamencos, a los cisnes, y patos que pueblan la bahía, y al paisaje de lagos y montañas cubiertas de nieve que los rodea.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.
Gracias por convertir la búsqueda del conocimiento en un viaje apasionante y revelador.
ResponderBorrarRespeto por el compromiso de crear contenidos accesibles e inclusivos para todos los lectores.
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