Levanto la vista y veo la cruz clavada como una espada en la roca. Recuerdo que hace una década, con la excusa del fin del milenio, surgió la idea de plantar una cruz en la isla como para curarla de su soledad. Los preparativos fueron muy intensos. El 31 de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, cuando el reloj diera la ultima campanada, se encenderían los fuegos artificiales detrás de la cruz y el pueblo daría rienda suelta a los festejos. Todos esperamos con ansia ese momento. Levantamos nuestras copas y nos asomamos por la ventana para ver el espectáculo. Debe haber sido una de las noches más frías y ventosas que recuerde para esa fecha. El espectáculo no empezó. De manera esporádica algunas explosiones se dejaban ver, pero nada tenían que ver con lo que se había anunciado. Después aparecieron las llamaradas de fuego. Un espectáculo dantesco rodeo la isla y el festejo se frustró. Los hombres que estaban en ella preparando todo, debieron ser evacuados y no hubo que lamentar victimas. La isla recupero su soledad.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.
Que tengas muy felices fiestas.
ResponderBorrarUn abrazo muy grande.
La soledad no tiene amigos...
ResponderBorrarUn abrazo