Dulce companía

Momentos mínimos

... Pero se vio frente a una dificultad: por su porte, el barco no podía ser remolcado hasta el lago. Para llevarlo hasta la costa y poder botarlo iba a ser necesario cortar cables de luz, romper caminos y veredas y movilizar a una cantidad importante de empleados públicos. La provincia autorizó el asunto y una cuadrilla de operarios viajó hasta la localidad para ponerse a trabajar en el caso. Cinco días después la nave logró atravesar el casco céntrico del pueblo y así fue como el nuevo barco de Campbell, finalmente, tocó las aguas del lago Argentino. Feliz con el resultado, el empresario y navegante pionero pagó un capón con vino para todos los que intervinieron en la faena. Méndez, desde luego, no se lo quiso perder. Cuentan que en esa comida la bebida se lució por lo abundante y que no fueron pocos los que se volcaron más al tinto que a la carne. La celebración siguió en El Gran Judas y es aquí donde conviene hacer un paréntesis. El Gran Judas es una caldera en medio de la Patagonia fría. Así lo describe Sopeña en uno de sus viajes al Hielo Continental: “Para no perder su estirpe de vieja población de frontera, subsiste dignamente, en una cortada a media cuadra de la avenida principal, un reducto de luces rojizas y damas de compañía, como si el tiempo volviera atrás, a la Patagonia de principios de siglo. Su nombre tiene reminiscencias bíblicas. Se llama El Gran Judas. No se sabe si por lo del beso, lo de la traición, o por ambas cosas a la vez, que pueden producirse al transponer sus puertas”. Para ser francos, El Gran Judas tiene menos lírica que la que le imprimió Sopeña en su relato, pero es cierto que allí adentro hace calor de veras. Una rubia sospechosamente rubia que trabaja en el lugar, y que cobra en dólares porque la oferta de foraneos crece cada día más, termina el relato de la pelea de Méndez. Pero antes pide una copa. Pagada la copa, la dama sigue: —Que sí, que sí, que sí —dice con rara manera—, que vinieron para acá todos borrachos de ese asado en lo de Campbell, el de los barcos, y que estaban todos como locos y descontrolados. En eso lo vemos a Méndez, que empieza a discutir con otro tipo, un empleado público, me dijeron después. Y el loco le hace frente y Méndez, que no se queda atrás y viene cada dos por tres por acá y se siente el dueño. Entonces, se empezaron a dar y el intendente terminó tirado ahí afuera, en la vereda. Fue un despiole. La rubia imita los insultos que se propinaban los oponentes y brinda detalles de la reyerta, que no viene al caso reproducir. Días después, el mismo Méndez admitió en declaraciones radiales que había estado en el Judas y que seguiría yendo porque así lo había hecho cuando era empleado del hospital y porque no encontraba razones para dejar de hacerlo ahora. De la pelea de Méndez, hablaba todo el pueblo, un pueblo que se acostumbra a la desmesura y que va perdiendo la inocencia de pago chico a medida que llegan dólares y euros en cantidades industriales. Camino ahora por las calles ordenadas del centro de la comarca, rumbo a las oficinas de Méndez. En la Municipalidad, un edificio verde agua que todavía conserva la austeridad que el centro ya no tiene, un secretario del intendente nos dice que el jefe no está, que viajó a Alemania para promocionar los hielos eternos en una feria internacional, acompañado por el secretario de Turismo de la Nación, Enrique Meyer. Méndez sí que sabe de contrastes: ahora aprendió a vivir en aviones pero durante muchos años lo hizo arriba de una ambulancia, como chofer del hospital público.

Párrafo del libro de Gonzalo Sánchez “La patagonia vendida” cuya segunda edición se encuentra disponible en las librerías del pueblo.

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