Dulce companía

Relación V


Llegó temprano a la oficina, cosa poco común en ella. Clarita ya estaba sentada en su escritorio con la computadora encendida. Siempre igual, siempre sonriente, siempre temprano, siempre eficiente y como preparada para hacerse cargo del mundo. Trató de desentenderse, de no prestarle atención, de hacer como si su llegar temprano no fuera una excepción en su vida laboral. Se quitó el gorro, la bufanda, los guantes, la campera y un sueter que solía ponerse cuando le tocaban estas mañanas frías. Cuando se disponía a ubicarse en su puesto de trabajo, sintió la proximidad de Clarita, que sigilosamente se había levantado y con una taza de café en la mano, venía hacia ella, con, uno vaya a saber, qué intención. ¿Te pasa algo? Le susurró al oído. Ella se dio medio vuelta, sin desacomodar el cuerpo, como queriendo disimular eso de estar pasando un día de mierda. Nada, no me pasa nada. ¿Qué te hace pensar que me puede estar pasando algo? Contesto, pensando en que su respuesta, en forma de pregunta, haría que Clarita retrocediera, o desistiera de continuar con su indagatoria. Pero no, nada de eso pasó. Todo lo contrario. Clarita dio un par de pasos, se puso del otro la del escritorio, apoyó sus manos en él y como disfrutando de esa oportunidad que ella le había servido en bandeja le dijo, ahora en voz alta: Si a vos no te pasa nada, avisale a tu cara querida, porque tenés toda la pinta de haber atravesado un temporal.