Dulce companía

Quietud

No sabía qué hacer. Sí seguir así, indiferente, dejando pasar el tiempo -como si alguna vez hubiera creído en eso que su abuela repetía, cada vez que se peleaba con un pariente, de que el tiempo lo curaba todo- o levantar vuelo. La abuela también creía que la  quietud te aproximaba a la muerte, pensó y movió un poco sus alas. Pero no estaba acostumbrada a volar sola. Necesitaba del aleteo del otro para impulsarse.

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