Hay angustias merecidas, pensé alguna vez, como la que sentí ese día en el que, subidos a su planta de damascos, nos sorprendió el vecino y nos amenazó con acusarnos con nuestro padre, a la noche, cuando este regresara del trabajo. El vecino nunca apareció. Tal vez lo haya dicho sólo para asustarnos. Pero en ese momento no sabíamos eso. El día se hizo largo. Recuerdo que me la pasé encerrado en mi habitación. Sufriendo, anticipadamente, por el castigo que mi padre nos propinaría. El temor se disipó no bien se apagaron las luces de la casa y todos nos fuimos a dormir. La angustia duró un poco más. Cada vez que alguien golpeaba la puerta de casa imaginaba que era mi vecino el que aparecería.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.

Un chico que carga toda la culpa del planeta. Hay que liberarlo ya.
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