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Damascos

Hay angustias merecidas, pensé alguna vez, como la que sentí ese día en el que, subidos a su planta de damascos,  nos sorprendió el vecino y nos amenazó con acusarnos con  nuestro padre, a la noche, cuando este regresara del trabajo. El vecino nunca apareció. Tal vez lo haya dicho sólo para asustarnos. Pero en ese momento no sabíamos eso. El día se hizo largo. Recuerdo que me la pasé encerrado en mi habitación. Sufriendo, anticipadamente, por el castigo que mi padre nos propinaría. El temor se disipó no bien se apagaron las luces de la casa y todos nos fuimos a dormir. La angustia duró un poco más. Cada vez que alguien golpeaba la puerta de casa imaginaba que era mi vecino el que aparecería.

Comentarios

  1. Un chico que carga toda la culpa del planeta. Hay que liberarlo ya.

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