Dulce companía

Eternidad


Puedes probar, me dijo, puedes intentar darle a tu existencia ese segundo de eternidad que dura la eternidad; o puedes seguir así: pausadamente en calma, deslizando pensamiento que no van a ningún lugar, que no necesitan tampoco ir a ningún lugar, que se presienten efímeros, que se pueden dejar pasar, como esa eternidad, que sin que nos demos cuenta, se nos va descuidadamente de las manos.


Déjalo


No pierdas el tiempo, ocúpalo en otra cosa. Deja que las cosas pasen, que caigan esas hojas amarronadas, que la próxima tormenta aliviane a ese cerezo, los desabrigue, frente a la proximidad del invierno. 


Acostumbrados


Es como si se estuviera apagando, como si –a medida que pasan los días- hubiera alguien que la fuera borrando. El poder verla así, cuando amanece, me impone cierta nostalgia por eso que no se alcanza ver pero que indiscutiblemente está. Se me ocurre pensar que tal vez nos hemos acostumbrado tanto a su menguar y a su volver a crecer, que nadie duda que se vuelva a completar. Me incomoda ese acostumbramiento. Prefiera empezar el día pensando que quizás esta sea la última luna que vaya a ver, que esta noche la humanidad se desayunará con la noticia de que ya no está. Por eso decido quedarme contemplando su pasar mientras comienza a clarear.

Perdido


Se pasaba horas esperando, tratando de imaginar una escena, buscando una composición que lo conmoviera. Pensaba y pensaba. Forzaba hasta el extremo a su memoria y a su ingenio para combinar de la mejor forma posible esos recuerdos y esas ideas con el solo fin de que su creación sea original y potente. Rompía bosquejo tras bosquejo que terminaban en el cesto de basura. Es una tarea inútil pensaba mientras el paisaje se desplegaba generosamente frente a él. Había perdido, vaya uno a saber dónde, esa innata capacidad de mirar.


Palabras gastadas


Tantas palabras gastadas, dichas al pasar, solo por decirlas, sin una intención definida. Tanto andar repitiendo consignas que a nadie entusiasman. Me fui a remar. Tomé mi cámara, mis remos y mis ganas de ver salir esta luna y solo eso. Y aunque se hizo esperar, allí está. No hizo falta decir nada. No hizo falta llamarla, ni hacer un acto, ni elaborar una proclama. Ella asoma generosa, plena y alimenta –sin reclamarme nada- esa, por momentos,  insoportable  necesidad de hacer silencio, necesidad también de dejar a las palabras a un costado de mi existencia.