Hago una pausa y por un momento me quedo observando a la ciudad en la que vivo. Desde este lugar uno puede percibir, a ese “otro lado”, como una gran isla, en donde la soledad tiene otras formas de manifestarse. En ella, como dice Sabina: algunas veces gano y otras veces pongo un circo y me crecen los enanos; algunas veces doy con un gusano en la fruta del manzano prohibido del padre Adán; o duermo y dejo la puerta de mi habitación abierta por si acaso se te ocurre regresar; más raro fue aquel verano que no paró de nevar.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.
Feliz Navidad! Ya tienes nombre chino...
ResponderBorrarTienes suerte de ver y hacer todas esas cosas en tu isla solitaria.
ResponderBorrarUn abrazo
Gracias por tu visita. ES agradable tu blog.
ResponderBorrarY, acaso haces bien dejando la puerta abierta..., por si regresa.
Bicos