Después venía la distancia. Caminar juntos hasta la costa y una vez allí, ella se quedaba con su cámara en la mano esperándolo. Dejó de temer por las olas que lo podían mojar. De a poco perdió ese miedo a que el mar un día se lo llevara definitivamente. Se sacó de encima esa tensión que el esperarlo le ocasionaba. Superó la tentación de bajar a acompañarlo, de recostarse a su lado e intentar sentir algo de eso que el tan apasionadamente le contaba que sentía. Un día como si nada tomó su cámara y empezó de nuevo a sacar fotos a las gaviotas, a los lobos, los cormoranes, los barcos y a ese bicho raro que se obstinaba en permanecer tan cerca del mar escuchando sonidos que sus ojos no podían ver.
¿Pero acaso crees que se puede vivir así? Dijo, medio como murmurando para sí, tomó otro trago de vino, apoyó las palmas de sus manos sobre la mesa y con un gesto amenazador y ante la mirada distraída de ella, levantó un poco más la voz ¿De donde sacaste esa idea de que hay que ver el día a día? ¿Qué acaso tengo que estar rindiendo examen cada minuto de nuestra existencia? No, no querida, esto no va a funcionar así. O te comprometes conmigo hasta que la muerte nos separe o esto se termina acá, justo en este preciso momento. Iba a agregar algo más, confiado de que sus palabras estaban encauzando la relación, cuando ella se paró, dio una media vuelta y se marchó.

Siempre abierta la puerta a la esperanza...bss
ResponderBorrarEl mar te termina seduciendo. Tal cual....Muchos saludos
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