Dice que en el establecimiento hay que respetar el uniforme.
Que, si no lo hace, no se le va a permitir el ingreso. Que no está dispuesto a
tolerar este tipo de situaciones que promueven el desorden y que fomentan la
desobediencia entre el alumnado. Lo dice y no lo mira a la cara. Mira el
escritorio en el que tiene desplegado un sinnúmero de carpetas. El alumno si lo
mira. Lo hace de manera desinteresada. Lo mira y piensa en cómo será verse
uniforme. En dejar que su singularidad se diluya y se vuelva uno más en eso que
asemeja a una tropa. El rector sigue con su perorata. Dice que si no cumple con
las normas puede quedar libre. El alumno, mientras tanto, sigue pensando. Está
en otro lado pero vuelve. Le gustó esa opción que le ofrece el sistema. O trae
uniforme o queda libre. No duda. Agradece haber nacido en un país en el que se
puede optar, entre ser uniforme, o quedar libre.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...

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