-Nos queda la esperanza de un pasado que ronda en nuestros
sueños alimentando ilusiones de un tiempo que vendrá. No como un regalo ni una dádiva
del colonizador. No. Hay en cada gesto que reconstruimos un símbolo de lo que
fuimos. Deben saber que no nos resignamos. Que estamos más allá de lo que ninguno
de ustedes pueda imaginar-, dijo, mientras observaba atento y ceremonioso como
el Inca arengaba desde la escalera dando muestras de una autoridad y presencia
que imponía –con naturalidad- un respeto y una consideración que pocas veces he
visto.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
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