Dulce companía

Para que el poder no nos pueda

“ “Poder, poder”, pensó Ben, mirando a Beverly. […] “Todo se reduce siempre al poder. Yo amo a Beverly Marsh; por eso ella tiene poder sobre mí. Ella ama a Bill Denbrough, y entonces él tiene poder sobre ella. […] Pero si él se enamora, Beverly tendrá poder sobre él. Superman tiene poder, excepto cuando hay criptonita alrededor. Batman tiene poder, aunque no pueda volar ni ver a través de las paredes. Mi madre tiene poder sobre mí, y su jefe sobre ella. Todo el mundo tiene algo de poder… salvo, tal vez, los bebés y los niños.”
Después pensó que hasta los bebés y los niños tenían poder, porque podían llorar hasta que uno hiciera algo para calmarlos.”
Stephen King
It (Eso)


Todo el mundo tiene algo de poder, así están dadas las cosas, así se balancean y desbalancean las relaciones. Pero muchas veces es el poder el que gobierna sobre el amor, la solidaridad, el hacer en conjunto. Entonces el poder adquiere una sustancia acuosa, viscosa. Se vuelve un animal peligroso que no deja de acechar, preparado para dar en el momento más oportuno su dentellada mortal.
Como un animal de agua que repta con lentitud por el suelo, avanza el poder, buscando ocupar superficies geográficas y superficies del alma. Como una astuta e inasible serpiente de agua, avanza el poder adoptando la forma oportuna para corromperme y corromperte.
Como un espejo implacable, el poder nos muestra nuestras peores partes, esos lugares donde las elucubraciones y los deseos más secretos nos susurran en tono monocorde y constante. Como un espejo indiscutible, el poder nos muestra las miserias propias y ajenas que nunca nos atrevimos a ver.
Así va, desde el principio de los tiempos, sin que nadie lo haya invitado, a hacer su festín desgarrando, ensuciando, malentendiendo, sospechando, confundiendo, aplastando, tentando, instigando a trepar, sembrando el egoísmo, atrapando, transformando.
Así va, proponiendo turbios placeres de poderío a los profesores que reinan en las mesas de examen sobre sus alumnos; a los policías que reinan en las calles sobre los adolescentes con visera y capucha; a las empleadas públicas que reinan en las oficinas sobre los resignados usuarios de los servicios que allí se brindan.
Así va, sin piedad, eliminando reglas y éticas, convenciendo al oído de las bondades del abuso a los dueños de los kioscos de las terminales de ómnibus y a los comerciantes de las ciudades turísticas, que gobiernan sobre los viajeros que no tienen otra opción que comprarles a precios exorbitantes.
Así va, afinando la puntería, y dispara su dardo venenoso sobre el patovica que decide quién entra y quién no al boliche; su bala mortal sobre el compañero de trabajo recién ascendido; su flecha de fuego en las líderes más bonitas y los líderes más seductores del curso, que tienen la llave de la puerta que lleva a pertenecer o no pertenecer.
Así va, tendiendo sus redes sobre las empresas monopólicas que no permiten elección a los usuarios; sobre los coordinadores de tareas en instituciones y empresas que gozan tomando decisiones; sobre las patronas de las empleadas domésticas que disfrutan del escalón más arriba; sobre los profesionales que se hacen llamar doctor o licenciada antes de decir el nombre; sobre los periodistas que dan a conocer la parte de la verdad que les parece más conveniente; sobre los censuradores silenciosos que no dicen pero censuran las palabras, las ideas, los proyectos; sobre los que se sienten dueños de las calles por tener un auto impensable para la mayoría; sobre los políticos que sin el poder tanto habían prometido…
Así va, como un animal agazapado, avanzando con la certeza de que siempre habrá una nueva víctima. Ensuciando lo más puro, habitando los rincones más vergonzosos de nuestras almas.
¿Cómo detenerlo?
Darle la espalda al susurro que viene trepando.
Usar su espada limpiamente, sin trampas.
Mantener la energía del poder inocente, amistosa y solidaria.
Mirar y mirarnos a los ojos, desde el centro mismo del alma. Buscando en ese acto el corazón que nos une a los demás. Para que el poder no nos pueda.

Fela Tylbor - El libro del Aire
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