Dulce companía

La seguí

No te olvides de salir, dijo, en un tono que sonó a sentencia. No podes vivir encerrado leyendo. El mundo no está en los libros, el mundo está afuera y el afuera te exige salir, insistió. Pensé en contarle de un hermoso viaje que había hecho leyendo una novela de la Restrepo, que había estado en otro país, con otros paisajes y otras gentes, que ella –en su afán de andar afuera- jamás conocería, pero desistí de hacerlo. Preparé el termo, la mochila –metí dos libros sin que se diera cuenta- y la seguí.


Siento que volví

Ahora estoy bien, me dice, me estoy recuperando, puedo hacer lo que quiero, atenderme a mí. De tanto cuidarlo a él me estaba yendo también yo. Ahora siento que volví. Comer lo que me gusta. Salir a caminar. Mirar el sol que a veces se asoma en medio de la tormenta. 


Soñar

Puede ser solo un intento. Quizás el último de los tantos que hice en esta búsqueda de lo que parece inhallable. No lo hago con esa voluntad de quien se anticipa derrotado. Tampoco con la fuerza de aquellos tiempos en los indagaba con pasión. Voy tanteando en la oscuridad, sintiendo en mis manos las formas de lo irreconocible, ya sin el temor de otros tiempos en los que me estremecía ante lo desconocido. Las yemas de mis dedos presienten una vibración que mi memoria transforma en imágenes. No es un sueño, no. O por lo menos eso creo en este momento.


Sin fe

Me sentí como la pieza de un rompecabezas que nunca fue armado. Desencajado, lejano, esperando –ya casi sin esperanzas- que alguien encuentre ese encastre que me permita sentir lo que es estar con otro. Me sentí como quien llega, en un viaje sin sentido, a un lugar equivocado. Por un instante me sentí en el tiempo de los que no tienen tiempo, vacío, como sin fe. 


Puedo

Puedo esperar. Dejar que el día siga su curso. Darle la espalda las urgencias que golpean mi puerta. Olvidarme de los días que vendrán y de los que se fueron sin más. Puedo hacer como si no estuvieras tan presente en mis pensamientos. Sentir, aunque sea por un instante, que no hay nada más que ese retumbar de mi corazón que marca el ritmo de mi existencia.


Sin sentdo

-¿Qué haces?, dijo,  en un tono que sonó amenazador.
-Nada, respondí, solo estoy tratando de darle un sentido a las palabras.
-¿De dónde sacaste esa idea de darle sentido a las palabras? Las palabras no necesitan que le des sentido, las palabras tienen o no tienen sentido.

Arranqué despacio la hoja del cuaderno, con mis manos temblorosas hice un bollo con ella y la tiré en el tacho de basura.


En medio de la tormenta

No hay un puerto seguro donde amarrar la conciencia. La deriva no es tan mala como la pintan. La tentación por llegar a tierra firme puede resistirse. Desanclar tu existencia tal vez sea algo más que una necesidad, tal vez, no tengas otra alternativa. No hay vientos que soplen a favor...

La dejo que siga hablando. No hay prédica que se arraigue en mí cuando estoy en medio de la tormenta.